La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 8. Restricción
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8. Restricción

L a Arena era, sin duda, el lugar con el que Cincela siempre había soñado. Una gran explanada circular y árida repleta de muñecos de heno, un sinfín de armas de madera que poder empuñar y un reconocido espadachín que le acompañase en su baile de espadas. Alguien tan diestro como Ramis.

El Capitán levantó una nube de polvo cuando emprendió una carrera hacia su hija.

Ella fintó hacia un lado provocando que su cabello dorado se meciese en su movimiento, revelando, por un momento, su iris carmesí al mundo.

Ramis, subestimando las capacidades de su hija, falló la estocada.

Cincela aprovechó la ocasión para coger impulso y asestar el golpe de gracia, pero para vencer a alguien como su padre haría falta algo más que piernas ágiles.

El Capitán se acuclilló en respuesta, como un felino que acecha a su presa, esquivando así la estocada para, seguidamente, levantarse tan rápido como había descendido.

Su espada viajó por delante de él; la punta buscaba el cuello de su hija.

Sin embargo, el filo dorado que sostenía Cincela logró interponerse a tiempo, deteniendo el golpe con un chasquido metálico que resonó por toda la Arena.

Las miradas de Ramis y Cincela se cruzaron por encima de sus filos.

Una gota de sudor surcó la frente del Capitán.

Ella jadeaba exhausta pero sonriente, como si aquello la llenase de felicidad.

Tras cederse mutuamente aquel momento para recomponerse, padre e hija se separaron de nuevo con un leve empujón, dando comienzo así a un nuevo asalto.

Cincela avanzó hasta Ramis moviéndose de lado a lado, arrastrando los pies en su carrera para, como su padre antes que ella, levantar una densa nube de polvo.

El Capitán frunció el ceño a medida que la polvareda cubría todo a su alrededor.

Descendió sus brazos, la punta de su filo besó el suelo.

Relajó sus músculos, cerró los ojos y se concentró en los sonidos que le circundaban.

Pudo percibir el sonido del viento que se deslizaba entre las columnas que sostenían el peso de las ostentosas terrazas que eran testigos de aquel duelo.

Escuchó voces en la lejanía, casi como susurros, que provenían del interior del castillo.

Finalmente, pudo oír sonidos de pisadas.

Pasos invisibles que friccionaban contra la gravilla y que se aproximaban hacia él tras la cortina de polvo.

Sonaron primero a su izquierda. Cesaron.

Los escuchó entonces a su derecha, cesando a los pocos segundos nuevamente. Y, de pronto, los escuchó tras él.

Ramis abandonó su trance, se volteó alzando su espada diagonalmente para detener el filo dorado de su hija que pretendía golpearle en la espalda. Tras el ataque fallido, Cincela volvió a ocultarse entre la nube de polvo y con ella, la espada dorada que empuñaba.

Como había hecho momentos antes, Ramis adoptó una posición relajada, llenando sus pulmones de aire mientras descendía sus brazos. Cerró sus ojos una vez más, prestando atención a los sonidos de su entorno.

Tras unos segundos de silencio, logró percibir las torpes pisadas de Cincela a su derecha.

El último de los Cruzados alzó entonces su espada en aquella dirección, esperando colisionar con el arma de auronita.

Pero su estocada solo sirvió para esparcir ligeramente la polvareda y percatarse de que su hija había conseguido burlar su oído.

Cuando Ramis aun asimilaba lo acontecido, la espada de Cincela emergió entre el polvo desde el lado contrario, abrazando el cuello del Capitán y dejándolo sin más alternativa que sucumbir al filo.

Ramis no pudo hacer más que sonreír y envainar su espada de vuelta en su funda.

—¿Dónde has aprendido eso?

Cincela deshizo la envoltura y, como su padre, envainó también su arma.

—Un hombre me dijo una vez que la clave para vencer un enfrentamiento difícil es adaptarse a él.

Ramis se dio la vuelta hacia Cincela. La miró durante unos segundos, aún manteniendo su sonrisa, aquella que, lejos de manifestar rabia o ira, transmitía el orgullo que sentía hacia su hija.

—Sin duda, ese hombre del que hablas te instruyó a la perfección.

Un palmoteo repentino rompió aquel momento. El sonido de aquellos aplausos entrecortados llamó la atención de ambos lenovenses, obligándoles a voltearse en su dirección. Alguien, desde la penumbra del castillo, se acercaba hacia ellos.

—Así que esa es la destreza de un Capitán y una futura Capitana de Lenov. No me sorprende que se os tenga en tan alta estima y consideración.

A medida que la silueta iba acercándose, la luz del día fue revelando el rostro de una mujer de cabellos oscuros, recogidos hacia atrás y fijados por una pinza de madera celeste.

Su mirada era penetrante y familiar, tanto que, por un instante, Ramis creyó ver en aquellos ojos el reflejo de la mirada de Álvar.

—No podemos perder la costumbre de asestar unas estocadas siempre que se presente la oportunidad, Jedena —respondió el Capitán retirándose el yelmo, revelando su corto cabello castaño moteado de arena—. Cualquier momento muerto es bueno para entrenar.

—Me alegra oír que dispones de tiempo ahora Capitán —dijo la comandante—. Precisamente venía buscando eso de ti: tu tiempo.

Sobre el rostro de Jedena se dibujó una ligera sonrisa cargada de ironía. El reflejo de su mirada, lejos del rigor que solía infundir, parecía ocultar algo.

—No parecen ser buenas noticias —respondió Ramis frunciendo el ceño—. ¿De qué se trata?

—Lo que vengo a contar no va a ser de vuestro agrado, Capitán —la comandante suspiró antes de proseguir—. Solo espero que no abandones esa compostura que tanto te esfuerzas por mantener y entiendas por qué lo hago.

Ramis guardó silencio, frunciendo su ceño un poco más. Jedena, sin abandonar aquella falsa alegría, aspiró aire mientras buscaba las palabras adecuadas.

—Los ciudadanos del reino están intranquilos desde vuestra llegada —dijo finalmente, dirigiendo su mirada hacia Cincela—. Concretamente por tu presencia, joven.

—Un ejército Hiniur aumenta su número a cada segundo que pasa, ¿y les preocupa mi hija? —preguntó Ramis interponiéndose entre Jedena y Cincela, cesando el contacto visual entre ambas y captando la atención de la comandante.

—Les preocupa que el Hiniur de su interior despierte y no pueda controlarlo —la mirada gélida de Jedena se posó de nuevo en el Capitán—. Yo personalmente también creo que…

—Sí que puede controlarlo, maldita sea —el incremento de la furia de Ramis podía apreciarse en el tono de su voz.

—No, no puede, Capitán. Recuerda el episodio que presenciamos hace unos días en la alcoba de tu hija. De no ser por ti, quizás ese clérigo no hubiese vivido para contarlo.

Ramis apretó su mandíbula. Soltó el aire antes de hablar, tratando de contenerse.

—¿Y qué sugieres?

Jedena se aclaró la garganta, pareciendo no inmutarse ante los intentos de Ramis por intimidarla.

—Existe una sala que nosotros llamamos de contención donde Álvar pasaba sus días cuando enfermaba. Una sala vigilada día y noche, con personal atento a cualquier necesidad que pueda tener.

Ramis dio un paso al frente situándose más próximo a Jedena.

—¿Queréis encerrar a mi hija? —su tono resonó como el choque del acero contra el yunque—. ¿Es eso lo que tratas de decirme?

—Yo no emplearía el término “encerrar”—respondió Jedena sin perder su aparente paz—. Va a estar vigilada y abastecida de cuantos cuidados precise.

—Encerrada entonces —puntualizó Ramis tajante dirigiendo una mano hacia la empuñadura de su espada—. No lo toleraré, Jedena.

—No hay otra opción, Capitán. Si queréis permanecer en Capital, esa es la condición que debéis asumir. Al menos hasta la vuelta del resto de comandantes pues será entonces cuando decidamos entre todos como afrontar esta situación.

Ramis desenvainó su espada. El sonido del acero afiló aún más la tensión que ya se respiraba. Una vez la extrajo de su funda, el Capitán alzó la hoja en alto y, con un leve juego de sus pies, se dio la vuelta para mostrar su espalda a la comandante y apuntar con su arma hacia Cincela.

—Entonces tendréis que acabar conmigo —dijo manteniendo el filo diagonalmente, dirigiendo la punta hacia su hija.

Cincela frunció el ceño. Se inclinó hacia un lado buscando el contacto visual con Jedena quien, aun sin perder su serenidad, tenía ahora sus ojos envueltos en un antifaz lumínico.

Surcos geométricos se entrelazaban entre sí cubriéndole el contorno de sus ojos, de los cuales emanó una luz tan pura que incluso obligó a Cincela a entornar los ojos.

—¿Padre?

—Cree estar apoyando su espada en mi cuello —explicó Jedena a medida que su sonrisa se ensanchaba—. Una actitud un tanto impulsiva para un hombre que ostenta el título de Capitán de Las Cruzadas.

Los surcos de luz provenientes de la Bendición ilusoria de la comandante se desvanecieron de entre sus ojos esmeralda. Ramis, percatándose de lo ocurrido, giró su cuello mirando de reojo tras él, donde la comandante se encontraba.

—No lo toleraré, Jedena —repitió Ramis, volteándose completamente hacia la comandante—. Estamos dispuestos a luchar junto a Capital en este conflicto, arriesgando nuestras propias vidas si ello fuera necesario, abandonando nuestro hogar para siempre, ¿y es así como nos lo pagáis?

Por primera vez, Cincela sintió el poder que irradiaba la Bendición de Jedena y cómo había conseguido detener el ataque de su padre sin siquiera moverse.

A pesar de enfrentarse a un hombre tan hábil en el arte de la guerra como Ramis, ella mantuvo su barbilla erguida, mirándolo desafiante por encima de los hombros.

—Como actual gobernante de Capital, debo velar por la seguridad de mi pueblo. Creía poder llegar a un acuerdo contigo, Capitán pero, a juzgar por tus actos, no eres un hombre con el que se pueda razonar.