7. Cantera
E l cuartel de Kaselea no estaba muy alejado del que comandaba Valtyra. El sendero estaba cubierto de gravilla y rocas, lo que dificultaba el acceso hasta su entrada. Avanzaban con cautela, cuidando cada paso, temerosos de tropezar con alguna irregularidad en el terreno.
Al llegar a la boca del cuartel se dieron cuenta de que no había escaleras ni ningún otro acceso evidente al interior. Tampoco exhibía una infraestructura majestuosa ni señales de entrenamiento o preparativos para la guerra, a diferencia de lo que habían podido observar en los demás cuarteles.
El de Kaselea consistía únicamente en un gran montículo construido a partir de rocas negras amontonadas de forma incoherente. Un agrietado marco de madera envejecida delineaba lo que parecía ser la entrada y un par de antorchas llameaban incasables a cada lado.
—Si llegan a preguntarme, jamás hubiese adivinado que este montón de piedras eran en realidad un cuartel —susurró Verso a Cincela llevando una mano a su boca para ocultarla.
—Adelante, pasad —invitó Kaselea mientras se adentraba en la oscuridad de aquella especie de caverna.
Una plataforma de madera los recibió al llegar. Las diversas grietas y hendiduras en su superficie hablaban de lo concurrida que era a diario y del peso que había soportado a lo largo de los años. Cuerdas colgantes se mecían en cada extremo, junto a un sistema de poleas que aseguraban los lados.
Una vez se situaron sobre la plancha de roble, cuatro paredes de piedra maciza los rodearon cuando las manos callosas de Kaselea accionaron la polea y la plataforma comenzó a descender.
La oscuridad les envolvió de inmediato, pues aquellas paredes rocosas no permitían ni un resquicio de luz en su interior.
Avanzaban despacio, sintiendo cada tirón de la polea oxidada, cuyas cuerdas no parecían muy estables.
A medida que se adentraban en la penumbra, el olor a azufre era más evidente y el repiqueo metálico en la distancia, más molesto.
Tras varios tirones más y algún que otro temblor debido a la inestabilidad de la plataforma, la luz, de pronto, les cegó.
Una gruta subterránea laberíntica se abrió ante sus ojos.
El techo de piedra estaba adornado con infinitas hileras de farolillos colgantes que coloreaban la cueva de un tono anaranjado artificial.
Los miembros del escuadrón, de rostros cansados y ropajes llenos de polvo y tierra, trabajaban con tesón la piedra de alrededor.
—Si os lo preguntáis, y por vuestras caras deduzco que así es, este es mi cuartel —indicó Kaselea mientras seguía accionando el juego de poleas, adentrándose todavía más en las profundidades de sus dominios—.
Estas son las grutas reales que conducen a las montañas próximas al reino.
Mis padres antes que yo fueron los encargados de extraer el jaspe negro para abastecer a Capital de él.
Una vez alcanzaron demasiada edad para respirar el azufre de estas cavernas, tomé yo el puesto de encargada de las minas.
Tras aquellos segundos de luz, la plataforma siguió descendiendo, volviendo a encerrarlos en la más absoluta oscuridad.
—Aparte de mis funciones como comandante, debo seguir con el legado de mi apellido y encargarme de la extracción del jaspe negro que tanta riqueza ha otorgado a nuestro reino.
A medida que Kaselea accionaba las poleas, más se adentraban en las fauces de la montaña. La plataforma se iluminaba de forma intermitente cada vez que sobrepasaban una nueva planta.
—El obsequio que os quiero entregar es algo que Álvar me encomendó personalmente antes de partir hacia las estrellas —añadió la comandante—.
No sé muy bien por qué, pero a vosotros los lenovenses os tenía en mucha estima y quería agradeceros con estos presentes vuestro compromiso con Capital. Especialmente a ti, Cincela.
Fue al sobrepasar una planta más y la luz de los faroles iluminó a los invitados, cuando Kaselea notó los ojos bicolor de la joven lenovense clavados en ella.
—¿…a mí? —preguntó.
—Algo vio Álvar en ti, preciosa —respondió la comandante con una sonrisa—. No sabría decirte por qué, pero él veía esperanza en tus ojos. Él creía que, llegado el momento, tú serías una pieza clave para alcanzar la paz.
Una nube de polvo se levantó cuando la plataforma llegó al final de su recorrido, interrumpiendo la respuesta de Cincela.
Allí, la gruta no se adentraba en el interior de la montaña y tampoco se veían trabajadores ni jaspe que extraer.
Allí tan solo encontraron una gran lámina de acero incrustada en la pared de la roca que se erguía imponente ante ellos.
—Por aquí —indicó Kaselea cuando se acercó a la placa de acero y generó un suave haz de luz que cubrió su mano.
La puerta de hierro se abrió, aletargada, cuando la comandante apoyó sus dedos sobre ella, revelando el interior.
En aquella especie de cueva la luz era escasa, tan solo iluminada por la poca que proyectaban los cuatro faroles que se mecían de un lado a otro sobre sus cabezas.
El sonido provocado al andar por el suelo cubierto de gravilla y tierra acompañó el son de las pisadas de los lenovenses a medida que accedían.
En uno de los laterales se desplegaba un gran mapa que parecía ilustrar las diferentes rutas halladas en el cuartel subterráneo. En el marco del mapa, en la esquina inferior, Cincela logró leer una firma: Samil .
Al fondo de la sala se levantaba un robusto escritorio de piedra tallada y, justo tras él, una estantería repleta de pequeños muestrarios de cristal que contenían piedras preciosas que Kaselea parecía coleccionar.
La comandante se dirigió al lado derecho de la habitación, acercándose hacia unos armarios empotrados en la propia roca.
—Suena irónico, pero Álvar me encomendó está tarea el día justo antes de su muerte —explicó Kaselea a medida que abría las puertas del mueble—.
Decía que fue testigo del poder que emana de ti, preciosa.
Y, como he dicho, él creía que ese poder sería una gran ayuda en la guerra que se avecina.
Así que, como todo aquel que presta su vida al servicio de Capital, deberás ir preparada.
Kaselea abrió el armario en su totalidad.
Sobre un soporte de madera descansaba un yelmo como el que Ramis sostenía en sus manos ahora.
Una obra metalúrgica perlada que recordaba a la que solían portar Los Cruzados lenovenses, abierta por los ojos pero que, a diferencia del yelmo de su padre, tenía la visera más hendida, perfilando los ojos que recordaban a los de un halcón.
El pelaje celeste que caía de su punta se precipitaba por los laterales hasta acariciar sus hombros como una cortina de seda.
Aun aturdidos por la belleza de aquella pieza de metal, los tres lenovenses vieron que Kaselea abría el segundo armario y revelaba una armadura tan brillante que pareció iluminar la sala de pronto.
Como el yelmo, la armadura también recordaba a la de Ramis, salvo por su tono blanco, que parecía ser más refinado.
La coraza estaba recortada por los laterales y ensalzaba la parte del pecho con delicados trazos dorados.
Las placas níveas de las piernas recordaron a los primeros rayos del sol en un día de verano.
La capa, apoyada sobre un saliente, no era sino un manto de oro que parecía ondular por sí mismo.
—No ha sido fácil pulir el jaspe negro hasta conseguir este tono blanquecino pero, tras días de duro trabajo, mis chicos han dado con los colores de Lenov —afirmó Kaselea orgullosa mientras sus agrietadas manos acariciaban la pieza de artesanía.
—Desde luego, tus herreros no tienen nada que envidiar a los brevodianos, comandante —aseguró Ramis sin apartar su mirada de aquella reliquia.
Cincela se acercó con pies cautelosos mientras su rostro se dejaba apoderar cada vez más por el asombro.
—Esto es… —murmuró, acariciando la suave crin del yelmo—. Precioso.
—¡Adelante, pruébatelo! —exclamó Kaselea—. De no ser tu talla, tendremos que empezar el proceso de nuevo.
Una a una, Cincela, con la ayuda de su padre y Verso, fue colocándose las piezas de jaspe hasta cubrir su cuerpo con aquella majestuosidad. Aunque algo ajustada, era más cómoda de lo que parecía desde fuera.
—Es casi idéntica a una armadura de Lenov —añadió Verso, sus ojos brillaban de asombro.
Cincela sonreía mientras observaba su reflejo a través de los cristales que Kaselea almacenaba en las estanterías de alrededor. Lucir los colores de Lenov le recordó a Azhna y lo orgulloso que se hubiese sentido al verla con aquel atuendo.
Ojalá pudieses verme hoy.
—¿Y qué es una Capitana de Lenov sin un arma digna del puesto que ostenta? —añadió Kaselea abriendo un último armario—. ¿O acaso pretendías acudir a la guerra empuñando ese cuchillo de cortar pan?
Cincela descendió la mirada, posando sus ojos sobre la faca que Verso le entregó y que ahora acomodaba en su funda.
El tercer armario dejó ver su interior: una espada tan afilada como elegante, un arma digna de una Capitana de Lenov.
Como la que ella hubiera blandido de haber sido lo que algún día estuvo destinada a ser.
El mango de hierro estaba envuelto en cuero negro y su filo era tan dorado y brillante como las estrellas.
Cincela se aproximó despacio hacia el arma y la contempló a escasos pasos de ella durante unos instantes, hasta que extendió su mano, empuñándola por fin.
Se acoplaba perfectamente a la forma de su mano, como si, de alguna manera, desease permanecer allí para siempre.
La joven acercó la hoja a escasos centímetros de sus ojos mientras esta parecía devolverle la mirada reflejando la escasa luz que circundaba la sala.
—Aurionita —aclaró Kaselea, sus cicatrices se arrugaron al sonreír—. Es el metal más dorado que podemos obtener aquí en Capital. Brillante como el oro, ligero como la pluma y afilado como el frío. Es de los metales más escasos y difíciles de extraer.
—Es muy cómoda al tacto —dijo Cincela cortando el aire con el filo—. Y ligera —clavó su mirada en la comandante—. Gracias.
—Ahora sí que pareces toda una Capitana —añadió Verso—. Te sienta realmente bien.
—Es lógico que mi hija luzca bien los colores de Lenov, muchacho —añadió Ramis, fulminando con sus ojos marinos al clérigo—. Lo lleva en los genes.
—Sí señor —respondió él, nervioso al notar la voz del Capitán dirigirse a él—. Usted también se ve atractivo con ellos.
Ramis frunció el ceño.
—No empecemos.
Las carcajadas de todos resonaron por la gruta y su eco se propagó por la sala, inundándola de felicidad.