6. Lienzo #2
Movido por la contradictoria belleza que le suscitaron aquellos diseños, Ramis se aproximó a los lienzos posando sus ojos enfurecidos en sus trazos.
Era una imagen que contenía más que simple tinta.
Aquel lienzo representaba el motivo de la decadencia de Lenov, de la muerte de sus progenitores y posterior exterminio de Las Cruzadas.
Pero también halló en él su razón de ser, el motivo de aquella sed de venganza que sacudía tan fuerte su alma y que ardía en su interior con ímpetu.
—Todavía me cuesta creer que eran ellos los culpables detrás de todo esto —confesó Samil—. ¿Por qué? ¿Cuál será su objetivo? ¿O tan solo hacen el mal por mero placer?
Ramis caviló la respuesta durante unos segundos.
—Poco me importan sus motivos —bramó, mientras ejercía un grado más de presión al cerrar sus puños—. Tan solo deseo que experimenten el dolor que me han causado. Que sufran en sus propias carnes una ínfima parte de lo que yo…
El sonido áspero y metálico de una armadura interrumpió al Capitán cuando, en el espejo que sellaba la entrada de la habitación, emergió una silueta femenina.
—¿Interrumpo? —preguntó Kaselea desde el otro lado de la entrada, dejando solo entrever una parte de su cabeza.
—Oh, adelante querida, vienes en el momento idóneo —dijo Samil mientras invitaba a la comandante a entrar con un gesto de su mano—. Tan solo maldecíamos a Grifford por querer acabar con la humanidad, nada importante.
—Por fin te encuentro, Capitán —dijo Kaselea dirigiéndose hacia Ramis con cierta premura.
Los ojos marinos del lenovense se clavaron en el rostro agrietado de la comandante.
—¿De qué se trata?
—Acompáñame y te lo mostraré —pidió Kaselea—. Un pequeño obsequio por vuestro compromiso con Capital.
—Kaselea hace mucho que no disfruta de compañía masculina —intervino Samil—. Yo en tu lugar estaría alerta, Capitán.
La comandante se tornó con cierta agresividad hacia su compañero de tez delicada, fulminándole con la mirada.
—¿Es preciso que cuentes mi vida amorosa en público?
—Oh, vamos querida, no he dicho nada que el Capitán no sepa ya —la sonrisa traviesa de Samil se acentúo—.
Desprendes feromonas por cada uno de tus poros, se te nota a leguas, querida amiga —volvió su mirada hacia Ramis—.
Te aconsejo fervientemente que vigiles tu retaguardia, Capitán.
Kaselea aprovechará cualquier distracción para sobarte el trasero, es su fetiche favorito.
Ramis arqueó su ceja derecha hasta su límite.
—Serás zorra —susurró Kaselea entre dientes.
—Estaré… alerta, supongo —respondió el Capitán, aun sin entender del todo la conversación.
Samil, aún manteniendo aquella sonrisa pícara en su rostro, se acercó a Ramis. Con un rápido movimiento, sostuvo la mano del fornido lenovense y, sin que este se lo esperase, le dedicó un beso tan suave como repentino en el dorso de su mano.
—Gracias por tu colaboración Capitán, con tu descripción y el garabato rápido que he hecho puedo seguir cumplimentando el libro.
Ramis frunció el ceño y miró detenidamente el dorso de su mano, aún confundido.
—Por aquí, Capitán —indicó Kaselea abriendo la puerta—. No tenemos mucho tiempo.
Ramis sacudió levemente su cabeza para abandonar las dudas que empezaban a formarse en su mente. Dirigió su mirada hacia la puerta, donde Kaselea le hacía gestos con la cabeza, invitándole a acompañarla al exterior.
Una vez Ramis alcanzó el umbral del habitáculo, Kaselea dejó que fuera él quien abandonase la estancia en primer lugar para así poder dedicarle una última mirada asesina a Samil.
El comandante de cabellos de seda le respondió con un guiño y una sonrisa tan malvada como juguetona.
Los guardias a merced de Valtyra que aquella mañana custodiaban el acceso al cuartel mantuvieron su posición de firmes incluso cuando Cincela y Verso pasaron por su lado y maldijeron el momento en el que decidieron visitar aquel lugar.
Verso todavía seguía con su carismático tembleque de piernas, mientras que Cincela mantenía su rostro arrugado en rabia.
—Odio que me hablen así —espetó ella mientras daba un puntapié a una pequeña piedra en el camino—. ¿Quién se ha creído que es? ¿Qué insinuaba con aquello de “cuánto de mí queda en mi ser”?
—Un comentario un tanto desafortunado —respondió el clérigo que miraba en todas direcciones temiendo que aquellos comentarios llegasen a oídos de Valtyra—. To-to-toda la razón.
—Y más si se trata de la comandante del Cinco, pues tiene un carácter un tanto difícil de sobrellevar —dijo la voz de una mujer tras los jóvenes—. Aunque intente decir algo con toda la amabilidad posible, siempre suena con ese deje desagradable.
Movidos por la familiaridad de aquella voz, ambos jóvenes se voltearon en busca de su origen.
Entre los puestos mercantiles y el vaivén de soldados, pudieron diferenciar la figura de una mujer que caminaba hacia ellos.
Su corto cabello platino estaba adornado con una delgada trenza que bailaba al son de su andar.
Cicatrices del color de la carne surcaban su rostro, levemente camufladas por maquillaje.
A su lado, un corpulento hombre embutido en acero blanco y dorado propio de Lenov, los observaba con una sonrisa.
—A Valtyra hay que quererla tal y como es —prosiguió Kaselea cuando por fin alcanzó a Cincela y Verso—. Si no ha cambiado en todos estos años, no va a cambiar ahora.
—No pienso volver a visitarla nunca más —maldijo Cincela entre dientes.
La comandante de rostro agrietado soltó una carcajada con tanta fuerza que rivalizó con la de Ramis.
—Espero que no generalices ese odio hacia todos los comandantes —dijo Kaselea mientras se acomodaba la trenza entre su cabello—. De hecho, tu padre y yo te estábamos buscando, preciosa. Hay algo que quisiera enseñaros.
Cincela y Verso intercambiaron miradas de confusión para, segundos después, volverlas a clavar en Ramis.
—Dice ser un presente de parte de Capital —aclaró el Capitán con firmeza—. Por nuestro compromiso para con el reino.
—Y no os pienso dar más pistas, así que, ¡en marcha!