6. Lienzo
A diferencia del resto de cuarteles, la entrada del Nueve carecía de puertas.
Tampoco disponía de guardias o soldados que lo custodiaran.
Desde fuera, el cuartel que regentaba Samil consistía únicamente en un semicírculo opaco de jaspe negro cuya entrada no eran más que dos cortinas de telas muy finas de un alegre verde primaveral.
El comandante de cabellos de algodón subió por los brillantes escalones que conducían a la entrada de su fortaleza. Ramis, aún cuestionando las intenciones del capitense, avanzó cauteloso tras él.
Una vez accedieron al interior, el Capitán se detuvo unos instantes. El olor a óleo y pintura le abofeteó de inmediato, seguido por un aroma a lavanda y jazmín que le pareció inusualmente agradable.
El cuartel era muy diferente a como Ramis se lo había imaginado.
No se dividía en plantas ni contaba con patios o amplias terrazas en la fachada.
El lugar que lideraba el del Nueve, consistía únicamente en una diáfana sala circular.
En vez de paredes, tenía espejos que jugaban con la percepción de las profundidades.
El techo estaba formado por largas cristaleras tintadas de diferentes colores que proyectaban sus reflejos en el suelo creando un mar de arcoíris.
Samil se acercó al espejo situado en la parte más alejada de la estancia.
—Por aquí Capitán, no se deje embelesar por la belleza de mi cuartel —dijo, guiñándole un ojo.
Apoyó su mano sobre la superficie pulida y esta se abrió poco a poco cuando un haz de luz recorrió la mano del comandante. Siguiendo la petición del capitense, el Capitán se acercó y, como el comandante antes que él, atravesó el umbral del cristal reflectante, accediendo al interior del espejo.
—Adelante, toma asiento y ponte cómodo —dijo, cerrando la puerta cuando el Capitán hubo entrado—. ¿Fruta?
Ramis se giró hacia Samil que se acercaba a él con una bandeja repleta de jugosas frutas. El Capitán ladeó con la cabeza rechazando la invitación. El comandante frunció el ceño para, seguidamente, encogerse de hombros.
—Tú mismo —dijo, catapultando un gajo de mandarina y atrapándolo con la boca—. ¿Qué te parece mi pequeña guarida, Capitán? ¿Has visto alguna vez tanta belleza en un solo lugar?
Ramis se detuvo para mirar cuidadosamente cada detalle.
La habitación era más larga que ancha. Estaba construida con madera de troncos albinos, con vidrieras en su parte superior que coloreaban la habitación.
Los flancos estaban adornados con vegetación silvestre, en una profusión de frutos y flores de colores tan llamativos que difícilmente podrían pasarse por alto.
Frente al Capitán, en el extremo contrario de la habitación, descansaba un cómodo diván de aterciopelado forro purpura.
Por todas las paredes se podían observar numerosos cuadros de pinturas extravagantes que parecían haber sido ilustrados por el comandante.
—¿Los has hecho tú? —preguntó tras salir de su asombro.
—¿Los cuadros? Todos y cada uno de ellos —respondió Samil sosteniendo la obra que se apoyaba en el atril frente a él para mostrársela al lenovense—. ¿Qué me dices de este?
Ramis dirigió su mirada hacia el dibujo tan rápido como le fue posible.
Entrecerró sus ojos, tratando de descifrar lo que la ilustración representaba.
Pudo observar un hermoso paisaje detallado meticulosamente: gruesos árboles en los laterales y aves sobrevolando libremente la esponjosidad de las nubes junto a prados primaverales que invitaban a caminar sobre ellos.
Sin embargo, el resto de la ilustración reflejaba todo lo contrario.
Allí no se alzaban árboles, ni vegetación, ni nada que tuviese una forma lógica.
En su centro, un sin fin de trazos negros y grises adquirían el protagonismo, líneas caóticas que se retorcían y entrelazaban unas con otras, enmarcadas por unas manchas y salpicaduras rojizas que parecían estar siendo absorbidas por la vorágine.
—Me va a disculpar, comandante, pero no estoy seguro de entender lo que representa —admitió Ramis mientras se frotaba los pelos de su barba recortada.
—El día de nuestro juicio final, ni más ni menos —aclaró él con una inusual firmeza—.
Es mi obra más reciente, Capitán, y de la que más orgulloso me siento —Samil señaló con el dedo los trazos oscuros que conformaban el dibujo—.
Estas líneas representan la guerra que nos tocará vivir y como ves, va absorbiendo las manchas rojas de los laterales.
Manchas que simbolizan la sangre de nuestros hermanos, que darán su vida en vano, pues la humanidad no tiene ninguna posibilidad —volteó el lienzo, apoyándolo sobre el atril de nuevo—.
O al menos eso es lo que nos han contado.
Ramis frunció el ceño.
—Una ilustración algo violenta y pesimista para tratarse de ti.
Samil cubrió su boca con la mano y unió cuatro dedos sobre sus labios en un intento por disimular la sonrisa que comenzaba a formarse.
—¿Para tratarse de mí? —el comandante no se pudo contener más y soltó una carcajada—.
Capitán, hasta en las pesadillas más violentas y oscuras hay belleza.
Y, allá donde hay belleza, hay arte. Los artistas como yo tan solo nos encargamos de mostrar esa belleza ante aquellos ojos que no alcanzan a verla —se llevó la mano hacia los mechones de algodón que bailaban sobre su frente, peinándoselos hacia atrás—.
Pero mucho me temo que no estamos aquí hoy para debatir sobre el arte y sus diversas variantes.
Si lo deseas, te puedo enseñar el resto de mis obras otro día y, quien sabe, quizás me atreva a plasmar la belleza que emana de ti también, Capitán.
Ramis frunció el ceño. Samil, despreocupado, se aproximó a un extremo de la sala, sentándose sobre un sillón colindante cubierto de delicadas telas situadas frente a un atril que sostenía un lienzo en blanco.
De un lado del atril, el comandante de blusa colorida extrajo una paleta de colores que humedeció con agua.
—Dime pues, Capitán, ¿cómo es el Colosonte que os atacó en el Bosque del Tormento?
Ramis nubló su vista, mirando a la nada mientras imágenes de aquel día se catapultaban en su mente: cómo aquellas fauces que emergían amenazantes de entre la vegetación del bosque inundaban de pavor el entorno; cómo los ojos de fuego los observaron desde las alturas con la amenaza de arrebatarles la vida, algo que, de hecho, estuvieron a punto de lograr.
Aquel día falló como Capitán. Falló también como amigo, compañero y padre.
Aquella aberración logró anular su cometido por defender a los suyos con tan solo un bufido.
Fue capaz de aturdir a Álvar de un solo golpe.
Verso, irónicamente, por poco pierde la vida en uno de los lugares más sagrados del mundo.
Y Cincela abandonó su humanidad aquel día para convertirse en…
—La bestia más terrible que mis ojos han contemplado jamás —confesó Ramis por fin volviendo en sí.
Samil, pensativo, se frotó el mentón pensativo con el extremo del pincel que ahora sostenía en su mano.
—Y, artísticamente hablando, lo más bello que hayan contemplado los míos —sonrió levemente—. Disculpa Capitán, continúa.
Ramis mantuvo su ceño fruncido unos instantes, tras los cuales, volvió a focalizar su mirada entre las franjas que separaban el suelo recreando, una vez más, los sucesos de aquel día.
—Aun dedicando media vida a combatir a los Hiniur, no ha sido hasta enfrentarme a esa bestia que temí realmente por mi vida —confesó el Capitán, su expresión se arrugó acorde a la impotencia que sentía—.
Su estatura rivalizaba con la de los árboles de alrededor.
Su pelaje abundaba en su lomo y caía por sus costados hasta acariciar el suelo, extendiéndose tras él como un tapiz de ceniza.
Tras varios golpes más del pincel sobre su barbilla, Samil comenzó a dar vida a lo que el Capitán describía.
—Y un par de astas —prosiguió Ramis, sus zafiros se perdieron en el infinito mientras recordaba—. Astas del color de la muerte que delineaban su mandíbula y cuyas puntas rojizas sobresalían por delante de su rostro, apuntando a su próxima víctima.
—¿Ojos?
Ramis guardó silencio unos segundos.
—Del color de la lava, más brillantes que los de un Hiniur común.
—¿Algo más a destacar? —preguntó el comandante sin dejar de dibujar trazos sobre el lienzo.
Ramis dudó unos segundos.
—Sus brazos —dijo al rato— eran resistentes como el mármol, capaces de quebrantar hasta el acero brevodiano.
Tras unas últimas pinceladas, el comandante, de pronto, volteó orgulloso el lienzo hacia el Capitán.
—¿Algo así?
La voz de Samil devolvió al lenovense a la realidad y fijó sus dos orbes celestes en la ilustración. Abrió su boca levemente, como queriendo balbucear algo, pero las palabras se negaron a formarse.
—Parece tan…—Ramis calló tratando de organizar sus palabras—…real.
—A ver si te vas a pensar que nombran Artista Oficial del reino a cualquiera —comentó el comandante mientras repeinaba los pelos de sus cejas con dos dedos—. No por nada me encargan a mí la tarea de ilustrar a los Hiniur.
Tras sus palabras, Samil abandonó el sillón aterciopelado. Se aproximó a uno de los flancos de la sala y apoyó el lienzo junto con el resto de ilustraciones que allí descansaban.
Ramis barrió con los ojos aquel mar de obras que parecían devolverle la mirada. En ellas se ilustraban criaturas con formas y colores que incluso para alguien como el Capitán, lograron provocarle un escalofrío que recorrió su espalda.
—¿Todo eso son Hiniur?
—Todos y cada uno de ellos, mi querido y apuesto Capitán.
Ilustraciones basadas en las descripciones que me habéis proporcionado los que habéis sido testigos de las nuevas variantes —Samil alzó uno de los lienzos en alto—.
Aquí puedes ver el que me describió Ilma y, en este otro…
—dijo sosteniendo otra de las ilustraciones—, algunos que avistaron espías de Valtyra. Y, aquellos de más allá son…
—Grifford y Regina —acabó de decir Ramis cerrando los puños.