5. Asterismo #3
—Esto, muchacho —dijo señalando uno de los trazos en la hoja con su dedo índice que estaba adornado con finas cadenas de oro—.
Esto es a lo que realmente debes prestar atención.
El cielo es la barrera entre nuestro mundo y lo divino.
Cuando Gheva desea ponerse en contacto con la humanidad, lo hace utilizando las estrellas, comunicándose a través de sus brillos.
Cincela aproximó con cautela el dibujo hacia su lado de la mesa.
—¿Por qué le resultan interesantes estos patrones en concreto? —preguntó de pronto.
—Porque al consultarte, muchacha, se muestran ante mí La Carroza de Seraphia y El Centinela de Arothia.
La constelación de Seraphia solo se muestra ante grandes cambios y presagia un periodo de avance y movimiento drásticos.
La última vez que la contemplé, Álvar perdía la vida —su dedo ahora señaló otro de los patrones—.
Junto a ella, brilla también el Centinela de Arothia, la figura femenina por excelencia.
Hermana de la Luna y madre de la raza de los hombres.
Me indica que este cambio vendrá de la mano de una mujer.
—¿Se refiere a mí?
—Posiblemente.
Valtyra señaló entonces un patrón curvilíneo que delineaba el margen izquierdo del dibujo y que hasta ahora había pasado desapercibido.
—Aparece El Llanto de Izh que, como sabréis, es el Sabio encargado de retener nuestros pecados cuando abandonamos este mundo para asegurarnos un próspero ascenso hacia las estrellas.
Esta constelación simboliza sus lágrimas y, en este caso, están atravesando a Seraphia, bañando con su humedad el cambio que ella presagia.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Cincela, clavando sus pupilas bicolor en la comandante.
Valtyra mantuvo su mirada fija en la joven, observando cómo el iris carmesí de la lenovense ardía como el fuego de las velas que la iluminaban.
—Significa que ese cambio vendrá acompañado de pesadumbre y terror y creo que empiezo a entender a qué se refiere.
La comandante se levantó de la silla dirigiéndose hacia el armario y devolvió el libro en la estantería.
—¿Hasta qué punto eres capaz de controlarlo? —preguntó sin voltearse.
Cincela frunció el ceño.
—Tu marca —se giró y mostró únicamente su perfil—. ¿Cuánto de ti queda en tu ser?
Cincela se llevó la mano al rostro mientras acariciaba la aspereza de la mancha oscura que le cubría el ojo. Dejó que el silencio contestase por ella.
—Ya veo —contestó Valtyra manifestando media sonrisa.
La incomoda conversación se cortó de pronto cuando alguien, desde el otro lado de la puerta, llamó repetidas veces.
—Adelante —bramó la comandante.
El rostro de un miembro de su escuadrón asomó tras el umbral.
A diferencia de los soldados a los que Cincela estaba acostumbrada, este vestía con telas negras que cubrían casi todo su cuerpo, dejando visibles únicamente los ojos.
En su antebrazo, cerca de la muñeca, se distinguía la tinta de un dibujo de una cabeza de león, similar al que ondea en las banderas de la Capital.
—Mi señora, disculpe importunarla —se reverenció—. Necesito urgente una audiencia con vos, hemos encontrado algo que puede que le resulte…
—Mas vale que merezca la pena, soldado —aseveró la comandante, molesta—. Ya sabes lo mucho que odio que se me interrumpa cuando…
El soldado arrojó un objeto sobre la mesa que se deslizó hasta detenerse a pocos centímetros de Valtyra. Era un utensilio de madera, con forma ovalada, cuyas púas en la parte interna estaban manchadas, al parecer, de sangre seca.
—Lo hemos encontrado en la zona del asesinato —aclaró—. Entre la sangre de Álvar, y creemos que…
—¡NO! —gritó Valtyra, levantándose de su asiento con brusquedad, sobresaltando a los presentes—. No delante de ellos —la comandante dirigió su mirada despectiva hacia los lenovenses—. Ellos ya se iban, ¿verdad que sí, mocosos?
—¡Así es, señora! —respondió Verso tembloroso, mientras tiraba del brazo de su compañera e intentaba hacerla reaccionar—.
No queremos hacerle perder más tiempo a la comandante, ¿verdad que no, Cincela?
Ha sido muy hospitalaria con nosotros y, todo sea dicho, las cadenas de oro y el pañuelo le dan un toque muy… ¿Cincela?
Verso dejo de tirar. Ella, molesta, permaneció en silencio, manteniendo un duelo de miradas con Valtyra. La comandante le devolvía la mirada con una media sonrisa que oscilaba entre la burla y la ira.
—Sí, tienes razón —dijo por fin, aún con su ojo carmesí y el turquesa clavados en Valtyra—. Será mejor que nos marchemos, tenemos cosas más importantes que hacer.
—Espero que hayáis sacado algo en claro de esta conversación y no me hayáis hecho perder mi tiempo en vano —espetó mientras Cincela abandonaba la comodidad de su asiento.
—Sí, señora —balbuceó Verso, acercándose a la puerta—. Gracias a su sabiduría, está todo muy claro.
Valtyra volvió a su semblante serio habitual.
—Entonces largaros de una vez. Fuera de mi vista.
Verso agarró con fuerza el brazo de Cincela una vez más, forzándola a ponerse de pie.
A pesar de los tirones, la joven mantenía su mirada furiosa clavada en la comandante mientras era arrastrada fuera de la sala.
No fue sino hasta que la puerta se cerró tras ella que rompió el contacto visual con la comandante.
—Maldita bruja —gruñó.