5. Asterismo #2
Las sillas estaban cubiertas por un forro lavanda. Cristales preciosos adornaban la mesa central junto a pergaminos apilados en perfecta armonía. Ambos jóvenes tomaron asiento y miraron a la comandante cuyo medio rostro se ocultaba por la cortina de humo proveniente del incienso.
—¿Qué os inquieta? —preguntó.
—Han llegado a nuestros oídos sus habilidades para interpretar lo divino, señora —comenzó a decir Verso, escrutando la habitación con cierto canguelo—.
Para un clérigo de Lenov como yo es algo digno de admirar, pues ninguno de mis maestros, aunque arduos estudiosos de la materia, logró jamás interpretar…
Valtyra comenzó a hojear uno de los montones de pergaminos que se extendían sobre la mesa. Extrajo uno y lo desdobló. El papel envejecido estaba moteado por infinidad de gotas de tinta que parecían seguir alguna especie de patrón.
—…logró jamás interpretar un sueño como tal y desconocemos si usted nos podría ayudar —acabó de decir Verso con su ceño fruncido.
La comandante, sin pronunciar palabra, extendió su brazo para alcanzar las piedras preciosas esparcidas sobre la mesa. De entre todas ellas, escogió un delicado lingote de cuarzo rosa que parecía resquebrajarse con la mirada.
Sin ejercer demasiada presión, partió la piedra rosada y sostuvo una de las mitades en su mano. Extrajo de entre sus ropajes un pequeño mortero de cristal que reflejó la luz de las velas, dispuso el fragmento rosa en su interior, y comenzó a molerlo.
—Para ser un aprendiz de clérigo eres muy atrevido, muchacho —puntualizó sin abandonar su tarea—. Poner en duda mi habilidad acarrea un alto coste. El último que se atrevió a hacerlo perdió su lengua.
Verso tragó saliva.
—No era mi intención cuestionar…
—Polvo de estrellas —interrumpió Valtyra de pronto, mostrando a sus invitados el contenido del mortero.
De entre los diferentes utensilios esparcidos por la mesa, Valtyra seleccionó ahora un pequeño cuenco cuyo interior guardaba una sustancia viscosa.
Rebuscó entre los pliegues de su pañuelo y extrajo también una pluma del color de la noche que utilizó para impregnar su punta de aquella viscosidad.
Una a una, fue humedeciendo las motas de tinta dibujadas en el pergamino.
—Esto que veis, es sangre de Davá —explicó la comandante al ver los rostros incrédulos de sus invitados—.
Una mezcla que allí elaboran a partir de la salvia y resina de sus arces y robles milenarios.
Escaso material que nos abastecen nuestros hermanos davenses y que escaseará todavía más ahora que el reino es tan solo un recuerdo.
Tras humedecer cada punto con aquella sustancia pegajosa, Valtyra roció el polvo de cuarzo rosa sobre el pergamino, cubriendo la hoja en su totalidad. Alzó el papiro y lo sacudió levemente eliminando el polvo de estrellas que no había conseguido adherirse.
—Desde lo alto del cuartel, los miembros del escuadrón Cinco gozamos de unas vistas privilegiadas —explicó Valtyra sin perder la seriedad que la caracterizaba—.
Las noches donde la madre luna se muestra completa son aquellas que mejor se aprecian las estrellas.
Mi cometido es plasmar en el papel los patrones que la noche me muestra.
Los puntos negros que veis sobre el pergamino no son más que la posición de las estrellas en esas noches de luna llena.
Una vez más, Valtyra hurgó entre los pliegues de su pañuelo.
Tras unos segundos, extrajo otra pluma, pero al contrario que la anterior, esta era tan blanca como el marfil.
Untó la punta de tinta y, con cuidado, trazó líneas entre aquellos puntos que habían conseguido retener el polvo de estrellas, alineándolos y formando patrones y formas geométricas.
Una vez unió los puntos, Valtyra alzó el papel hacia la ventana, dejando que los rayos del sol acariciasen el dibujo.
—Interesante —dijo mientras examinaba los patrones recién formados.
Cincela y Verso se miraron confundidos, sin entender las intenciones de la comandante al hacer todo aquello.
Con cierta urgencia, Valtyra se aproximó a un pequeño armario de la sala.
Lo abrió y, de entre sus estantes, eligió un libro de páginas polvorientas y envejecidas que allí descansaba.
Se dirigió de nuevo a la mesa, acomodándose en su sillón y dejando caer aquel tomo sobre el mueble con un golpe tal que la reverberación se apreció en las llamas de las velas circundantes.
Moviendo sus dedos con agilidad, la comandante navegó por los capítulos apresuradamente hasta que, de pronto, se detuvo en una de sus hojas.
—¿Acudís a mí por mera curiosidad? —preguntó mientras repasaba los párrafos con su dedo—. ¿O hay algo más?
—Un sueño, señora —puntualizó Verso, despeinando su flequillo tratando de mantener sus dedos nerviosos ocupados.
—Un sueño donde una figura divina iluminaba el cielo, deshaciendo toda oscuridad. Un ente que me ofrecía su mano y me arropaba con sus brazos, para luego… desaparecer —aclaró Cincela.
—Según mis escasos conocimientos —continuó Verso—, podría tratarse de Vastali y, ya saben lo que dicen: solo se muestran en sueños cuando tienen un comunicado importante que dar en el mundo mortal.
Valtyra, por primera vez, despegó sus ojos del libro para clavarlos en los del aprendiz.
—¿Y tú te crees esas estupideces?
—Bueno, en la orden creemos que los sueños donde una luz…
—Te he entendido la primera vez que lo has dicho, mocoso —interrumpió ella tajantemente—.
Pero los sueños no son presagios del futuro, ni visiones de lo que aún está por acontecer.
Y mucho menos manifestaciones de Gheva o sus semejantes.
¿Pero qué clase de tonterías os enseñan en Lenov?
Los sueños no son más que eso; sueños. Materializaciones de nuestro inconsciente, de nuestras vivencias y experiencias.
De nuestras preocupaciones más profundas. Nuestro yo más puro. Nada más.
Valtyra extendió el papiro frente a los jóvenes mostrándoles los patrones que los puntos rosados que habían logrado adherirse formaban.