La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 5. Asterismo
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5. Asterismo

A travesar el castillo de Capital se había vuelto algo rutinario para Cincela.

Tras varias semanas entre sus paredes, ya conocía sus rincones y pasadizos como la palma de su mano.

Incluso había tenido tiempo de entablar una relación formal con alguno de los que allí prestaban servicio, como lo fue el caso del soldado que custodiaba la entrada del edificio aquella mañana, y que deseó a los jóvenes un feliz día a la salida del mismo.

El cuartel comandado por Valtyra no estaba muy alejado del castillo.

Ambos lenovenses transitaron el camino principal hasta llegar a él, deteniéndose de vez en cuando en algún puesto comercial de los que salpicaban el reino.

Les llamó especialmente la atención una armería artesanal que exponía armaduras elaboradas y exportadas de Brevodia, según indicaba el mercader.

También se detuvieron en una pequeña tienda regentada por una mujer de avanzada edad y un tanto grosera que vendía artículos relacionados con Gheva.

Verso no pudo contenerse y adquirió un par de amuletos, de los cuales regaló uno a Cincela.

Tras demorarse más de lo esperado, llegaron a las puertas del cuartel del escuadrón Cinco.

La entrada estaba custodiada por dos soldados cuyos ojos podían intuirse detrás de las estrechas rendijas rectangulares de los yelmos que cubrían sus cabezas.

Ojos que se clavaron en los jóvenes a su llegada, y cuya mirada los acompañó hasta que se detuvieron ante ellos.

—Déjame esto a mi —susurró Verso, llevándose una mano al pecho—. Si hay algo que se me da especialmente bien es tratar con personas de mente cerrada. Después de todo, he pasado media vida divulgando la palabra de Gheva entre quienes no eran precisamente muy afines a ella.

Con una decisión impropia de él, dio un paso hacia los guardias, situándose frente a ellos y tosió forzosamente, aclarándose la voz antes de hablar.

—Buenos días, corpulentos y feroces custodios de este gran cuartel.

Los soldados, sin abandonar la seriedad de sus semblantes, respondieron cruzando sus armas frente al aprendiz, cerrando el paso.

Cincela sonrió y ladeó la cabeza, dudando del cuestionable don de gentes que su compañero afirmaba tener.

—¿Es aquí el escuadrón Cinco? —preguntó antes de que Verso volviese a hablar—. Quisiéramos reunirnos con la comandante Valtyra.

Los soldados se mantuvieron firmes en su posición, observando el brillo carmesí procedente del iris de la joven que se reflejaba ahora sobre la superficie pulida de sus yelmos.

—Somos los lenovenses que viajamos junto al Capitán Ramis, tan solo pretendíamos…

—Adelante —espetó de pronto uno de ellos—. Nuestra señora se encuentra en la segunda planta.

Tras sus palabras, los guardias irguieron sus armas, dejando libre el paso hacia el interior.

—La próxima vez, deja que hable yo primero —susurró Cincela irónicamente al oído del aprendiz antes de adelantarse y entrar en el edificio.

Verso, aún atónito por el poder de convicción de Cincela, sacudió la cabeza y volvió en sí.

—¡Pero espérame!

Como todo en Capital, el edificio estaba construido a partir de jaspe negro y adornado con detalles de un platino brillante en sus muros. Pero, para su sorpresa, la decoración de aquel lugar distaba mucho de lo que Verso o Cincela habían imaginado para un cuartel capitense.

Lo que primero atrajo su atención fue la disposición de las únicas ventanas presentes en la estancia, todas ellas ubicadas en lo alto de sus paredes.

Tenían formas muy peculiares que jamás habían visto, como si tuviesen un cometido más aparte del de permitir el paso de la luz.

Algunas tenían forma de medialuna y otras estaban superpuestas encima de terceras, creando un efecto lupa, parcialmente ocultas tras cortinas de visillos de un morado casi transparente.

El enladrillado estaba adornado con patrones anómalos dibujados a mano y simbología que los jóvenes no lograron comprender. Bajo sus pies, una alfombra de un morado más intenso que el de las cortinas se extendía ante ellos, invitándolos hacia el interior de la sala.

Siguiendo la trayectoria que marcaba el tapiz, Verso vislumbró a lo lejos unas escaleras que ascendían hacia la siguiente planta. Con un semblante repleto de dudas y un imperceptible movimiento de sus cejas, invitó a Cincela a subir por ellas.

Sutiles ráfagas de aire helado los acariciaron mientras subían, acompañadas por lo que parecían ser susurros de voces en la oscuridad.

La única iluminación en aquel pasadizo con escaleras de caracol provenía de unas velas consumidas incrustadas en la pared, cuyas llamas titilantes se mecían al compás de la corriente de aire que los siguió durante su recorrido.

—¿Seguro que este es el cuartel de la comandante Valtyra? —preguntó Verso de pronto, deteniéndose—. ¿O es aquí donde vive el mismísimo Yavan?

Cincela, que encabezaba la marcha, cesó su avance para tornarse hacia el aprendiz. Verso pudo intuir la silueta de su compañera entre la oscuridad, especialmente su ojo derecho, pues el brillo rojizo que desprendía no era rival para la penumbra que los rodeaba.

—¿Tienes miedo? —le preguntó esbozando una pequeña sonrisa.

—¡Por favor! —exclamó Verso—. ¿Qué te hace pensar eso?

El dedo índice de Cincela apuntó hacia las piernas del aprendiz. Verso, siguiendo la trayectoria que le indicaba, reparó en el castañeo constante que emitían, fruto del temblor que sufrían.

—No debe de quedar mucho más —respondió ella retomando la marcha—. No te quedes atrás.

Tras varios minutos más entre la oscuridad de aquel pasadizo, los jóvenes por fin alcanzaron la segunda planta.

Una vez allí, Verso posó sus ojos en una puerta a su derecha.

Sin importarle nada más, caminó rápidamente hasta situarse frente a ella.

El barniz que la bañaba le otorgaba un brillo mágico que emitía reflejos de un tono violáceo.

Un gran cartel tallado en la propia madera dejaba entrever un nombre.

—Valtyra, comandante del Cinco —leyó, entrecerrando sus ojos—. Debe de ser aquí.

El clérigo se giró hacia Cincela, su frente fruncida en una expresión de confusión. Volvió a dirigir la mirada hacia la puerta y, apoyando ambas manos sobre ella, trató de empujarla empleando todas sus fuerzas. Sin embargo, sus intentos fueron en vano, pues la puerta permaneció inmóvil.

—¿Qué ocurre, Verso?

—Me encantaría tener una seria charla con el arquitecto de este lugar y saber qué pasaba por su cabeza al diseñar estas puertas —dijo entre jadeos, su frente perlada de sudor—. Es una puerta plana, no tiene pomo. No hay forma de abrirla.

Aún incrédulo, se dispuso a realizar otro intento, esta vez utilizando todo el peso de su cuerpo al empujar, pero la puerta se negó a ceder.

—Déjame probar a mí —propuso Cincela, aproximándose tras observar los intentos fútiles del clérigo.

Verso, al percatarse de la presencia de la joven, se apartó de un saltó recordando la advertencia de Ramis.

Cincela entonces apoyó sus manos sobre la puerta y, como su compañero antes que ella, la empujó empleando todas sus fuerzas.

Pero, una vez más, la puerta pareció resistir cualquier intento de ser abierta.

—¿Será posible? ¿Pero qué clase de entrada es esta? —se quejó el clérigo.

—La precisa para evitar que un par de mocosos entrometidos accedan donde no deben —dijo una voz tras de ellos.

Pese a su delicada tez, Valtyra irradiaba una autoridad imponente.

Su cabello negro estaba elegantemente recogido por un pañuelo que cubría su cabeza, dejando caer suavemente algunos mechones que enmarcaban su rostro.

La prenda estaba adornada por bisutería de oro y piedras preciosas a juego con los brazales de plata y anillos de rubí que lucía.

Una ostentosa gargantilla dorada adornaba su cuello, realzando su silueta con elegancia y dotándola de un aspecto más intimidante.

—Di-di-disculpe señora, no pretendíamos molestar —balbuceó Verso, agachando su cabeza al no poder sostener la mirada punzante de la comandante.

—¿Qué queréis? —preguntó Valtyra con rigidez.

—Habíamos pensado que quizás, ya que nuestra estancia en Capital parece que va a ser más duradera de lo previsto…

—¿No me has oído? —volvió a interrumpir la del Cinco—. ¿Qué queréis?

Las manos nerviosas de Verso empezaron a entrelazarse con más ímpetu.

—Que-que-queríamos conocer más acerca de los comandantes de Capital —expuso el clérigo por fin—. Vuestra grandeza es conocida por todo el mundo y queríamos presenciarla de primera mano.

Valtyra miró a ambos jóvenes durante unos segundos dejando que el silencio imperase.

—Eres la hija del Capitán Ramis, ¿cierto? —inquirió de pronto con un tono firme.

—Así es.

—Y tu debes ser ese clérigo empalagoso que nunca se despega de ella.

—Ni yo mismo podría haberlo expresado mejor, señora —respondió Verso haciendo una reverencia de nuevo.

Valtyra ladeó la cabeza mientras parecía reflexionar la proposición de los lenovenses.

—Hoy estáis suerte. Mi próxima reunión con la comandante Kaselea se ha retrasado, lo cual me brinda una hora de disponibilidad. Ni más, ni menos.

—Una hora es tiempo más que suficiente —aseguró Verso con entusiasmo.

La del Cinco se aproximó a la puerta mientras un haz de luz recorrió su mano derecha.

Sin ejercer mucha fuerza, apoyó sus dedos sobre ella y esta comenzó a ceder, abriéndose lentamente ante ellos.

El haz de luz que la envolvía se disipó en un instante cuando la entrada, ahora abierta, reveló lo que se encontraba en su interior.

—Pasad —ordenó Valtyra adentrándose en la oscuridad de la habitación.

La sala era muy diferente a lo que Cincela habría esperado.

Cortinas casi transparentes surcaban las paredes.

Las sombras proyectadas por las llamas de las velas se mecían al compás sobre el enladrillado.

El fuerte aroma del incienso acompañó a los lenovenses hacia el interior.

Una robusta mesa de roble se erguía en el centro, donde Valtyra les esperaba.

—Sentaos.