4. Anticipación
A delante, Capitán, le estábamos esperando.
Siguiendo la voz de Jedena, Ramis se adentró en la sala de reuniones.
Aunque allí había asientos sin ocupar, la densidad del ambiente cubría aquellos sitios vacíos.
Los escudos de acero que decoraban el enladrillado reflejaban la luz que se filtraba a través de la vidriera lateral, iluminando el jaspe negro que revestía las paredes.
Estandartes con el emblema de cada escuadrón ondulaban tras los asientos de los comandante, indicando así su lugar correspondiente.
Las cortinas de plata y alguna armadura completa que descansaba sobre su soporte de madera embellecían la estancia.
Los comandantes siguieron con la mirada a Ramis mientras se adentraba cada vez más en la habitación. Cecil volteó su reloj.
—¿De qué se trata? —preguntó el Capitán una vez alcanzó la mesa, dirigiendo sus ojos de zafiro hacia Jedena.
—Samil, muéstraselo.
El comandante del Nueve se incorporó. Su pelo dorado, tan esponjoso como el algodón, reflejó la luz de la sala al moverse.
Tras una sonrisa juguetona, Samil dejó caer frente al Capitán un voluminoso tomo encuadernado en cuero.
Movido por la curiosidad, Ramis deslizó sus dedos sobre el papel ajado, descubriendo a través de ellos infinidad de dibujos hechos a mano que venían acompañados de breves descripciones en sus márgenes.
—¿Qué es esto?
—Si te preguntas quien es el artista de semejantes obras maestras, lo tienes justo delante —indicó Samil reverenciándose en agradecimiento—.
Me he tomado la libertad de añadir polvo de estrellas en los bordes para darles ese toque brillante.
Considero que los dibujos tienen un acabado más vistoso así, ¿no crees?
—¿Esa era la urgencia que decías tener al pedirme el polvo de estrellas? —replicó Valtyra, sus dedos entrelazándose, formando un triángulo sobre sus labios mientras su mirada asesina fulminaba al comandante del Nueve.
—Uy, ¿lo he dicho en voz alta? —contestó Samil con una sonrisa traviesa.
—Debí imaginarme que lo utilizarías para alguna necedad de las tuyas —Valtyra entrecerró los párpados y suspiró resignada.
—Eso que ves Capitán, es un recopilatorio de los Hiniur que se han avistado hasta el momento —explicó Jedena, retomando el tema inicial de la reunión—.
Como sabes, están cambiando. Evolucionando.
Ya lo sufrieron en Brevodia con aquellos Hiniur capaces de soportar las tormentas del valle Vanu.
Más tarde, nuestros vecinos de Davá también sufrieron las consecuencias de la existencia de Hiniur capaces de utilizar el fuego para arrasar bosques y valles.
En ambos casos consiguieron tomar el reino.
Está claro que los Hiniur comunes, a los que llevamos décadas enfrentando, no serían capaces de algo así.
—Estoy de acuerdo —respondió Ramis, aún con su ceño fruncido, sin saber hasta dónde quería llegar la comandante.
—Y es por eso —prosiguió Jedena—. Que hemos decidido elaborar un bestiario que recopile toda la información de las nuevas formas que van apareciendo.
Si queremos tener alguna posibilidad en esta batalla, debemos conocer bien al enemigo.
La información que hemos recopilado hasta ahora es gracias a los testimonios de Ilma, de Yskar y de todo aquel que ha presenciado alguna de estas variantes.
Kaselea se acercó al lenovense. Con dedos agiles, comenzó a hojear el libro hasta dar con una página en concreto.
—Estos son, Capitán —señaló—. Según la descripción de la reina Ilma, los Hiniur que tomaron Davá —la comandante volteó varias páginas más hacia delante, deteniéndose en un apartado titulado Rango Alto —.
Y este de aquí es quien los lideraba. Este Hiniur fue el que trajo las llamas a los bosques davenses.
Ramis observó el dibujo con detenimiento.
Era una ilustración donde un Hiniur de mayor tamaño que los comunes adquiría el protagonismo.
A diferencia del resto, este poseía las escamas de un rojizo oscuro que recordaba a la lava.
El pelaje de su espalda era de un ocre apagado y con puntas azuladas, así como sus ojos.
La figura se erguía sobre sus dos patas traseras.
Algo que le llamó la atención fue su cola, pues era tan grande como el cuerpo y tan pesada que la bestia parecía no poder vencer su peso y estar condenado a arrastrarla tras de sí, dejando un hundimiento en la tierra a su paso.
Sobre la ilustración podía apreciarse un nombre: Sombraardiente; Rango Alto .
—Como puedes observar, Capitán, los hemos clasificado en cuatro rangos —explicó Jedena, tomando ahora la palabra—.
Rango Bajo; perteneciente a los Hiniur comunes que estamos acostumbrados a tratar.
Le siguen los Hiniur de rango medio; ligeras variantes de los comunes que adquieren características y propiedades físicas adicionales tales como aletas o alas —Jedena dirigió su dedo índice hacia la página del bestiario que se mostraba ahora ante Ramis—.
Y eso que ven tus ojos, son los Rango Alto; mucho más evolucionados que los Hiniur comunes.
Estos ya no solo gozan de características físicas adicionales, sino de poderes capaces de rivalizar con lo divino.
—¿Sombraardiente? —preguntó Ramis leyendo en voz alta el título que encabezaba la imagen.
—¿Te gusta, Capitán? —inquirió Samil, echando hacia atrás los mechones de su flequillo con una mano—.
Es así como Kaselea y yo decidimos llamarlo.
Si vamos a tratar con variantes de Hiniur ahora, tendremos que ponerles nombre.
Como cuando de pequeño me regalaban algún animal por mi aniversario; tardaba semanas en ponerles nombre.
Siempre he sido tan indeciso para eso… —Samil suspiró—.
Aún recuerdo a Lienzo, mi felino bonito.
Su pelaje era tan blanco que solía perderlo los días de nieve —El comandante alzó su mirada al cielo—. Allá donde esté, espero que esté bien.
Ramis siguió volteando más páginas. Se detuvo en el apartado Rango Medio , en una ilustración que le llamó la atención. El dibujo mostraba Hiniur que parecían comunes, salvo por el pelaje de su espalda, que era más voluminoso y se extendía por su lomo, descendiendo hasta casi cubrir sus patas.
—¿Nocheumbría? —leyó.
—El pelaje negro que tienen les cubre casi la totalidad de su cuerpo y, según nos describió Yskar, parecían sombras en la noche —explicó Kaselea, señalando la ilustración con su dedo repleto de cicatrices—. De ahí su nombre.
—Esa variante de Hiniur fue la que atacó Brevodia —aclaró Jedena—. Como puedes observar, se trata de Hiniur con un pelaje más abundante que los comunes. Además, poseen propiedades que les ayudan a soportar las bajas temperaturas y desplazarse por la nieve con suma facilidad.
El rostro de Ramis se debatía entre la furia y la agonía cuando visualizaba aquellas ilustraciones, cuando imaginaba aquellas bestias adentrándose en los reinos de Brevodia y Davá, reduciendo a cenizas las ciudades a su paso y segando las vidas inocentes de sus habitantes.
—Cuatro, ¿cierto? —interrumpió el lenovense de pronto mientras volteaba las hojas—. Has mencionado cuatro rangos. ¿Cuál es el que falta?
Jedena esbozó una sonrisa mientras se inclinaba sobre la mesa, extendiendo su mano hacia el libro.
Con un sutil movimiento de dedos, pasó las páginas hasta detenerse en una en particular.
En ella se ilustraba la silueta de un hombre cuya mirada destilaba un brillo muy alejado de lo humano.
Un ser que infundía un poderío superior al resto de Hiniur.
Un monstruo cuya mera representación en papel provocó que Ramis contrajese su rostro en una mueca de furia cuando alcanzó a leer el título.
—Grifford…
—Por encima de los Rango Alto solo hay un rango más —explicó Jedena—.
Un rango reservado a aquellos Hiniur que abandonan esta dimensión para alcanzar el plano divino, convirtiéndose en los mismos dioses que rigen este nuestro universo.
Estoy hablando del más alto nivel evolutivo Hiniur; El Rango Emisario.
Sin abandonar la mueca de ira, Ramis asintió varias veces, asimilando la información que le transmitía la comandante del Diez.
—Ya veo —sus ojos, que un momento antes estaban clavados en el papel, se posaron en el rostro de Jedena—. Y mi presencia hoy aquí no tiene otro fin que describiros a Grifford y los Hiniur que atacaron Lenov, ¿cierto? Sus poderes, su apariencia…
—No exactamente —interrumpió Jedena, como si por fin el lenovense hubiese formulado la pregunta que tanto ansiaba—.
Verás Capitán, Álvar me aseguró que tomasteis un desvío hacia el Bosque del Tormento durante vuestra marcha hacia Capital.
Según su relato, sufristeis un ataque allí.
Me contó que en un principio os acecharon Hiniur comunes, que hicisteis frente sin mayor contratiempo.
Pero, de forma repentina, sufristeis el encuentro de un Hiniur muy superior al resto.
Según Álvar; una criatura del tamaño de las puertas que protegen nuestro reino.
—Un Colosonte, Rango Alto —intervino Samil llevándose una mano al pecho—. Ese nombre es mío.
—Sí, así es —asintió Ramis—. El engendro que por poco acaba con todos nosotros.
Caminaba sobre sus dos patas traseras. De gran estatura y negras astas de puntas afiladas, tan rojizas como sus ojos.
El pelaje de su lomo era largo; cubriendo parcialmente su piel escamada y caía en cascada hasta rozar el suelo…
—¿Estas tomando nota de todo esto, Samil? —preguntó Kaselea.
—No tengo mis utensilios de dibujo aquí —respondió el comandante anotando con una pluma lo que Ramis describía en un papel envejecido—. Capitán, ¿le importaría acompañarme a mi cuartel?
Ramis asintió con contundencia.
—Lo que sea para ganar ventaja en esta guerra que se avecina.
—¡Pero que predisposición tiene usted, Capitán! —exclamó Samil, un repentino rubor se apoderó de su rostro, obligándole a llevarse una mano a la boca—. Allí podrá explayarse todo lo que necesite. Sin prisas, ni nadie que nos moleste. Tan solo usted y yo, Capitán.
Ramis frunció el ceño mientras Samil esbozaba una sonrisa cada vez más pícara.
—¿Crees que podrás tener la ilustración terminada para la reunión de mañana? —preguntó Jedena obligando a Samil a disipar las imágenes perversas que empezaban a formarse en su mente.
Él se permitió suspirar plácidamente.
—Por favor, la duda me ofende —replicó llevándose, una vez más, su flequillo hacia atrás.
—Bien, en ese caso, detendremos nuestra reunión en este punto —sentenció la del Diez, abandonando la comodidad de su asiento—. Continuaremos mañana. Podéis volver a vuestros quehaceres, comandantes.
Tras las palabras de la líder capitense, el comandante de cabello sedoso y ropajes coloridos se apresuró hacia Ramis y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos.
El Capitán, aún sin tiempo para procesar el gesto, se vio obligado a seguir a Samil cuando este tiró de su mano, dirigiéndose hacia la salida.
—Sígame, Capitán —dijo con un tono juguetón—. Eso es, justo ahí, detrás de mí.
Ramis frunció el ceño, confuso.
Samil le guiñó un ojo en respuesta.