La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 3. Condena #3
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3. Condena #3

Jedena descendió su tridente y escrutó la habitación. El desorden era evidente. Verso todavía temblaba y su rostro lucía tan pálido como los rayos del sol que comenzaban a colarse por la ventana. Miró hacia Ramis y él, percatándose de su postura amenazante, retiró la mano de su espada.

Cincela ocultó su cuello con la mano. Clavó sus ojos en la comandante del Diez y esta, a su vez, pareció advertir el ojo carmesí que le devolvía la mirada.

—Ya veo —murmuró con un ligero deje de desconfianza—. Espero que haya sido resuelto para siempre.

Ramis se giró para mirar a ambos jóvenes a los ojos, recordándoles la advertencia que les había dado momentos antes.

—Un pequeño contratiempo que no volverá a suceder.

—Bien —dijo la comandante, dirigiendo sus pupilas esmeralda hacia Ramis—. Debe acompañarme, Capitán. El resto de comandantes y yo misma requerimos de su presencia en nuestra reunión de hoy.

Ramis frunció el ceño ante la petición repentina de la líder capitense.

—Acudiré de inmediato.

Jedena asintió. Sin mediar más palabras se volteó, dándoles la espalda, dispuesta a abandonar la habitación.

—Antes de venir, cúrese los cortes —advirtió la comandante, girando levemente su cabeza, únicamente mostrando su perfil a los lenovenses—. Aunque haya sido un pequeño contratiempo, parecen heridas preocupantes.

Tras sus palabras cargadas de ironía, Jedena abandonó la sala. Los lenovenses emitieron un suspiro, soltando el aire que habían estado conteniendo.

Ramis se acarició la herida de su clavícula gesticulando una mueca de dolor.

—Debo irme —dijo dando varios pasos hacia la entrada antes de detenerse—. Nuestra estancia en Capital parece que va a extenderse más de lo previsto. ¿Por qué no aprovecháis el tiempo para conocer el reino? Más allá de estas paredes hay una ciudad entera por descubrir.

Cincela y Verso intercambiaron miradas.

—Deberíais visitar a Valtyra —continuó Ramis acomodando su espada en la funda—.

El poder de deducción que ostenta es alabado por muchos y temido por otros tantos.

Hay quienes aseguran ser capaz incluso de ver mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden alcanzar a captar.

Dicen que puede comunicarse con Gheva usando su intuición para interpretar los surcos de las estrellas.

Me pregunto qué opinión le merecerá aquel sueño que tuviste hace dos noches, hija.

—¿Es eso cierto? ¿Una comandante capaz de interpretar sueños?

—preguntó Verso con un brillo en sus ojos—.

No quisiera contradecirle Capitán pero me sorprende que alguien de Capital posea ese don.

En la orden, tan solo los grandes maestros tenían acceso al estudio de los sueños y el subconsciente.

No es un arte fácil de dominar, pues requiere estar en plena sintonía con el plano divino.

Y me atrevería a decir que no hay nadie en el mundo más conectado a Gheva que los maestros clericales de Lenov.

—¿Por qué no la visitáis y lo comprobáis vosotros mismos? —invitó el Capitán caminando hasta situarse en la entrada de la habitación—. Hagáis lo que hagáis, no olvidéis lo que hemos acordado.

Ambos jóvenes asintieron en respuesta. Tras una última mirada cómplice, Ramis abandonó la alcoba dejando tras de sí un fuerte silencio.

Un silencio cargado de tensión. Verso clavó sus ojos en Cincela, buscando respuestas en su mirada, mientras ella, en un intento de disimulo, le sostuvo la mirada, aunque su rostro revelaba la tormenta interna que la consumía.

—Estoy horrible ¿verdad? —preguntó mientras se apartaba los mechones de pelo que cubrían la marca negra de su rostro y miraba con su ojo carmesí a Verso.

—Horrible es el sabor de la leche podrida —confesó el aprendiz—. O peor, ¿recuerdas cuando estuvimos en el bosque Aurora?

Una suave sonrisa iluminó el rostro de Cincela mientras asentía.

—Cuando caía la noche y nos disponíamos a dormir y yo me quitaba mis botas…

¿Recuerdas ese olor? ¡Puaj! ese aroma a alcantarillado sí que era horrible.

No entiendo mucho de belleza femenina, la verdad sea dicha, pero bajo mi punto de vista, estás…

—Verso volvió a clavar sus ojos en ella.

Instintivamente se posaron en sus labios y un ligero tembleque nervioso se apoderó de su voz—. Bueno, estas preciosa.

—¿De verdad lo crees? —preguntó la joven mirándose de nuevo al espejo, esforzándose por verse con los mismos ojos que la veía Verso.

—Y el insensato que piense lo contrario… tendrá que acostumbrarse, ya que esta es tu nueva tú.

Cincela sonrió, dejando que sus mechones dorados, al caer, ocultaran la mancha.

—Además, no se nota tanto —prosiguió Verso—. No pienses en ello, demos un paseo por Capital y despejemos la mente ¿te parece? Visitemos a la comandante del Cinco. ¿Quién sabe? Quizás nos pueda dar alguna explicación acerca de tu sueño.

—Y quizás nos pueda mostrar algo más acerca de las Bendiciones —añadió Cincela, tratando de quitarle importancia al color de su ojo—. Desde que fuimos testigos de cómo Álvar empleaba la suya, he querido aprender más acerca de ellas.

—¿Y a qué esperamos?