3. Condena #2
—Y te admiro por ello, Verso —dijo Cincela algo más recompuesta—. Pero sigo sin entender donde quieres llegar con esto.
—Eres una lenovense —intervino Ramis alzándose del suelo, su armadura perlada reflejaron los rayos del sol en su ascenso—.
Pero por tus venas ahora corre sangre Hiniur, hija mía.
Un mal que busca aprovechar cualquier momento de debilidad para apoderarse de ti.
Al estar próxima a alguien como Verso, a alguien tan vinculado a la imagen de Gheva, ese Hiniur que vive en ti parece despertar.
Cincela miró a Verso con una mueca de tristeza cuando empezó a entender lo que intentaban decirle.
—¿No se supone que el Éfir que me suministró Álvar detendría la germinación? —preguntó Cincela de pronto, llevándose la mano a la nuca, sus cejas se contrajeron, arrugando su frente con rabia—. Esa cosa no debería despertarse nunca.
Ramis ofreció una mano a su hija, invitándola a levantarse.
—Ven, sígueme.
Sin pronunciar una palabra, Cincela aceptó la solicitud de su padre y juntos cruzaron el umbral de la habitación, adentrándose en ella.
Avanzaron por la alcoba hasta colocarse frente al espejo situado en la entrada.
Ella se sentó frente al cristal, mientras Ramis se mantenía erguido detrás de ella.
Cuando sus miradas se encontraron a través de sus reflejos, el Capitán apoyó sus manos sobre los hombros de su hija antes de hablar.
—Creemos que el cometido de la germinación de Grifford es apoderarse lentamente de ti —explicó el Capitán—.
El Éfir consiguió detener ese avance. Pero la germinación, aunque dormida, sigue en ti.
Desconocemos el motivo todavía, pero creemos que cualquier contacto relacionado con lo divino es capaz despertarla.
Las hirientes palabras de su padre provocaron un revuelo de emociones en Cincela. Por una parte, la furia rugía en su pecho, ansiosa por vengarse. Pero también sentía tristeza y pesar ante la idea de tener que alejarse de aquel que siempre la había acompañado desde que partieron de Lenov.
—¿Entonces no podré estar con Verso nunca más? —preguntó Cincela contemplando su propio reflejo en el espejo, consciente de cómo su ojo derecho lucía ahora el color de la sangre.
—Nunca es una palabra muy severa, hija—explicó Ramis devolviéndole la mirada a través de los mechones de su flequillo otoñal—.
El Éfir ha contrarrestado gran parte de los efectos y no creemos que lo aquí acontecido ahora sea habitual.
Pero deberéis ser precavidos con el hecho de pasar demasiado tiempo juntos.
Dad gracias por que pudimos calmar los efectos de la germinación a tiempo pues, de lo contrario, el simple contacto visual con Verso podría haber sido un detonante para la mancha negra de tu cuello— Ramis irguió la cabeza, y su cabello, despeinado por el forcejeo previo con su hija, volvió a acomodarse en su característica forma de M—.
O lo que es peor; la mancha podría haberse apoderado por completo de ti y haberte obligado a reptar por el suelo en busca de carne humana eternamente.
Cincela apartó los mechones dorados que caían sobre el lado derecho de su rostro, observando, a través del espejo, cómo la marca de su maldición se expandía aún más que antes, cómo ahora su ojo derecho adquiría esa tonalidad rojiza propia de un Hiniur y no parecía querer volver a su tono azulado habitual.
—Soy un monstruo.
—No digas tonterías, hija mía.
—¡Mírame, papá! —exclamó la joven manteniendo su cabello en alto—. Cada vez que esa cosa me posee, me convierte un poco más en uno de ellos. Pronto la mancha me cubrirá el rostro entero y…
—No lo hará si somos precavidos —interrumpió Ramis, sus zafiros clavándose en ella a través del cristal—.
Es cierto que, cada vez que la mancha se extiende, nunca vuelve a contraerse del todo.
Como he dicho, su finalidad es apoderarse de tu ser hasta convertirte en uno de ellos.
Es por eso que debéis evitar a toda costa que algo como lo aquí acontecido ocurra de nuevo.
Ramis se tornó hacia el extremo izquierdo de la habitación, donde Verso escuchaba las crudas explicaciones del Capitán.
—Aprendiz, acércate —ordenó.
—Quizás no debería…
—Acércate he dicho.
El clérigo caminó hasta situarse junto al Capitán y Cincela. A su llegada, Ramis rodeó al clérigo con uno de sus brazos y lo situó frente al espejo.
—¿Os dais cuenta? —dijo el Capitán—. Nada ocurre. El Éfir administrado, aunque tarde, es poderoso. Tan solo debéis cuidar el contacto físico entre los dos.
A pesar de que las nuevas limitaciones no eran de su agrado, Verso sonrió aliviado al comprobar que el Éfir estaba surtiendo efecto y le permitía pasar algo de tiempo con Cincela.
Sin embargo, la idea de no volver a experimentar otro beso como aquel pesaba más en su corazón de lo que esperaba.
Desde que lo había recibido, un extraño mariposeo revoloteaba en su estómago, obligándole a esbozar una sonrisa cada vez que recordaba aquel momento.
—Evitaremos el contacto físico entonces —añadió Cincela, contemplando a Verso con cierta tristeza en sus ojos—. Pero no quisiera no volver a verle nunca más.
—Eso no pasará —afirmó Verso, esbozando una sonrisa forzada—. Seremos cautelosos.
—Bien, eso me tranquiliza —dijo Ramis aliviado.
La puerta de la sala se abrió de pronto.
Todos se voltearon hacia la entrada, donde pudieron vislumbrar una imponente figura femenina.
Una silueta tan estirada como autoritaria.
El tridente plateado que sostenía entre sus manos apuntaba hacia el interior de la habitación dirigiendo sus picos hacia Cincela.
—¿Qué es todo este alboroto?
—Nada por lo que preocuparse, Jedena —respondió Ramis irguiéndose, su mano se desplazó instintivamente hacia el mango de su espada—. Un pequeño percance que ya ha sido resuelto.