3. Condena
E l repique de las campanas de la catedral resonó por todo el ancho de Capital. Debido a su estruendo, las aves que descansaban bajo su amparo alzaron el vuelo, batiendo sus alas hacia el albor que emergía en el horizonte y que bañaba el reino con sus primeros rayos de luz.
A medida que el amanecer iluminaba el paisaje, los ciudadanos despertaron de su sueño imbuyendo las calles de vida.
Los mercaderes abrieron las puertas de sus comercios.
Los herreros avivaron las llamas de su forja.
Los panaderos llenaron cada rincón con el aroma de la masa de trigo recién horneada, que se esparció por cada recoveco de la ciudad.
—Nunca imaginé que el reino del jaspe negro tuviese amaneceres tan bellos como este —indicó Verso, acercándose al balcón y reposando sus endebles brazos sobre la barandilla—. No tienen nada que envidiar a los que disfrutábamos en Lenov.
Cincela sonrió. Aunque sobresaltada por la repentina entrada del clérigo en su alcoba, la comodidad de tener a un compañero como él en medio de todo aquel caos pesaba más que cualquier otra cosa.
—Es precioso —respondió ella cerrando los ojos, dejando que la brisa matutina meciese su cabello—. Siempre pensé que el mundo más allá del bosque Aurora era gris y tétrico. Un mundo que no conocía cosas tan hermosas como el amanecer tras las montañas o el cantar de los pájaros.
—Fuimos un tanto prejuiciosos, todo sea dicho —señaló Verso, clavando su mirada en el horizonte—. El paisaje de Capital al menos es muy bonito. Bueno… salvo por aquella mota oscura a lo lejos.
Cincela giró levemente su cabeza mirando hacia el norte, donde Verso señalaba con su dedo.
—Te refieres a Lenov, ¿verdad?
Él asintió.
Era irónico como el reino más fiel a Gheva se cubría con tonalidades oscuras ahora.
No se percibía ni un ápice del característico color blanco y dorado que antaño vestía.
El resistente muro, que tanto oleaje había soportado, se hallaba derruido.
Las imponentes estatuas de los Vastali no eran más que infinidad de fragmentos de mármol esparcidos por el suelo.
Sus rincones y sus calles, que tantas carcajadas de niños despreocupados habían acogido, que tantas historias de amor había presenciado y que bajo su abrigo, tantos habitantes habían criado, ahora estaban untados con la sangre de aquellos que alguna vez vivieron bajo su cobijo.
—El reino de la luz —añadió Verso, observando al lejano Lenov desde el balcón—, tomado por unos Hiniur que amenazan con erradicar la humanidad.
Y nosotros que creíamos que jamás saldríamos de sus muros…
—suspiró mientras ladeaba la cabeza, como tratando de negar la realidad—.
Cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo.
Hubo unos segundos de silencio.
—A veces yo también pienso en ello —confesó Cincela—. Creí que viviría una vida en casa, rodeada de mis libros, el mar y el cariño de mis abuelos. Y de pronto me veo obligada a huir lejos. A decir adiós a personas antes de lo que me hubiese gustado…
Verso se giró, clavando su mirada en Cincela.
El dolor que reflejaban los ojos de su compañera era tan evidente que el aprendiz no pudo resistir la tentación de acercarse a la cama y sentarse en la silla frente a ella, intentando arrancar una sonrisa de aquellos labios que ahora se curvaban de tristeza.
—¿Sabes? —dijo—. Creo que alguna vez te lo he dicho, pero, para mí, la única persona que puedo llamar familia eres tú.
Y si algo te pasara… —Verso volvió su mirada hacia la terraza—.
Me sentiría como si me arrancaran un pedazo de mí.
Supongo que esto es lo que llaman amor familiar.
Ese amor incondicional hacia una madre o un hermano del que tantas veces he leído pero que nunca llegaba a entender del todo. Hasta que te he conocido a ti.
Cincela le dedicó una sonrisa cargada de cariño. En silencio, la joven abandonó la comodidad de la cama y, sin que Verso se percatara de sus intenciones, le regaló un cálido beso en la mejilla, desatando un rubor que se apoderó de su semblante.
—Gracias por acompañarme en este disparate —le susurró ella mientras despegaba sus labios de la piel de Verso—. Y gracias también por…
Cincela se quedó paralizada de pronto, con los ojos abiertos hasta su límite, mirando al infinito.
Los pálpitos de su corazón resonaban con fuerza en sus oídos.
Un susurro cargado de maldad comenzó a dictar palabras y pensamientos en su mente.
Palabras imbuidas de terror, perfidia y crueldad, en una lengua que le era totalmente desconocida pero que, a su vez, comprendió a la perfección.
Muerte, agonía, silencio.
Casi al instante, una mueca de dolor recorrió el rostro de Cincela que contrajo sus facciones angelicales en un mar de arrugas.
Se dirigió al balcón mareada, caminando de lado a lado.
Acabó apoyada sobre la pared y se concentró en controlar su respiración agitada.
Necesitaba un momento de reflexión, un instante para ella misma.
Pasados unos segundos, se dejó caer sobre la barandilla de piedra. Se llevó entonces una mano temblorosa a la mancha oscura que adornaba su nuca. La joven se retorció de angustia a medida que la quemazón que sentía se volvía más intensa e insoportable en aquella zona.
—¡Cincela! —exclamó Verso dirigiéndose hacia ella, procurando que sus torpes pisadas no tropezasen con la tela de su túnica.
—Quema… —maldijo ella entre dientes, conteniendo las ganas de gritar—. ¡Quema!
—Vale, no te muevas, permanece tranquila, buscaré a alguien ¿Té? ¿Te preparo un té calentito? —respondió él agitado, dando pasos frenéticos en todas direcciones y llevándose las manos a la cabeza.
Cincela rompió la paz de la estancia con un fuerte alarido de voz discordante y oscura.
La mancha de su cuello comenzó a propagarse rápidamente hacia su oreja derecha hasta envolver gran parte de su rostro con escamas del color de la noche.
La mancha continuó su recorrido sin piedad mientras Cincela, desesperada, clavaba sus dedos en su cara, como queriendo frenar el avance de las escamas para así detener el insoportable ardor que le provocaban.
Horror, pavor, llanto.
Las escamas siguieron avanzando, extendiéndose con rapidez hasta alcanzar su ojo derecho, envolviéndolo con el brillo carmesí propio de los Hiniur. Dos colmillos afilados como agujas emergieron de cada una de las comisuras de sus labios, mientras sus ojos, cargados de odio, se fijaron en Verso.
Oscuridad, sangre, dolor.
—¿Cincela? —se atrevió a decir Verso con las manos en alto mostrando así su rendición.
La lenovense se desplomó contra el suelo. El clérigo frunció el ceño por aquella reacción y dio un par de pasos nerviosos en su dirección.
—Cincela dime algo, por favor.
El susurro resonó en la mente de la joven una vez más.
Ira, ego, desdén.
Levantó la cabeza, revelando sus colmillos amarillentos con una sonrisa desalmada. Como una serpiente, empezó a desplazarse hacia el clérigo, arrastrándose por el suelo con la única ayuda de sus brazos para avanzar.
La puerta de la habitación se abrió con un fuerte golpe cuando Ramis irrumpió en la sala y, como un halcón que se abalanza sobre su presa, saltó sobre Cincela.
—¡Verso, aléjate! —ordenó el Capitán mientras trataba de contener a su hija.
Odio, rencor, venganza.
Cincela se retorció desesperadamente, luchando por liberarse de la presa que ejercía su padre.
Con un movimiento brusco, consiguió voltearse.
Tras unos segundos de forcejeo, logró burlar la sujeción de Ramis, clavando las garras en su espalda y hundiendo sus colmillos en su clavícula.
Algunos de sus arañazos aterrizaron sobre su armadura, pero otros lograron penetrar el acero y desgarrar su ropa hasta alcanzar su piel.
—¿No me has oído? —gritó el Capitán con una furia evidente en su tono—. ¡Apártate de ella!
Verso obedeció por fin, situándose en el extremo contrario de la habitación, alejándose lo más posible del balcón. Poco a poco, Cincela fue volviendo en sí. Sus brazos volvieron a adquirir un tono rosado, sus colmillos se retractaron y sus chillidos se apagaron.
Ramis, exhausto, la sentó en el suelo con cierta dificultad.
—Cincela —llamó el Capitán zarandeándola—. Cincela, hija mía, soy yo.
Tras una tensa pausa, ella alzó su cabeza.
Con la mirada perdida, observó a su alrededor y trató de dar explicación a lo que allí había ocurrido.
La mancha negra en su cuello se había vuelto a contraer, pero ahora era aún más prominente que antes, extendiéndose hasta alcanzar su ojo derecho que se teñía de un rojo chillón.
—¿Papá? —preguntó confusa—. ¿Qué ha pasado? Me siento… extraña.
Verso se aproximó preocupado hacia el balcón para comprobar por sí mismo que todo se había tratado de un episodio pasajero.
—No te acerques —ordenó tajante el Capitán—. Al menos por ahora, permanece alejado de ella.
Cincela, aún recomponiéndose, frunció el ceño.
—Está pasando tal y como previmos los comandantes y yo en nuestra última reunión —explicó Ramis—. A partir de hoy, deberéis ser cautelosos con acercaros demasiado.
—¿Cómo? —preguntó Cincela, llevándose una mano a la frente, tratando de recuperarse del mareo—. Verso es quien más tiempo está conmigo, no puedes prohibirnos algo así.
—Sí que puede —intervino el aprendiz mirándose con temor las palmas de las manos—. Creo que empiezo a entenderlo.
—Explícame —exigió Cincela—, porque no voy a aceptar algo tan absurdo como eso.
El clérigo tomó una profunda bocanada de aire antes de hablar y dirigió su mirada asustadiza hacia la joven.
—Soy un clérigo de Lenov, Cincela —explicó, sus ojos ligeramente humedecidos—.
Aunque aprendiz, soy clérigo al fin y al cabo.
He dedicado mi vida entera a estudiar la palabra de Gheva y, por esa razón, estoy muy vinculado a su imagen y a su credo —descendió su cabeza—.
Y todo lo que ello conlleva; como el rechazo hacia el mal y en especial, hacia los Hiniur.