2. Rigor #2
—Ah, cierto, el libro. Ya lo había olvidado —recordó Jedena con una sonrisa irónica—.
Tienes razón comandante del Seis; seguir con el avance del libro es nuestra máxima prioridad ahora.
Si queremos aumentar nuestra probabilidad de victoria en la guerra que se avecina, debemos cumplimentarlo cuanto antes.
Kaselea sonrió creyendo, por una vez, haber vencido la cabezonería de la comandante del Diez.
—Sin embargo, son miles los mensajes que recibo por parte de los ciudadanos capitenses a diario. Mensajes de temor. El miedo se ha apoderado de ellos. Los ciudadanos de este reino viven intranquilos, víctimas del terror de tener que convivir con un emisario entre nuestros muros.
—Pero ellos no la conocen —se atrevió a decir Samil.
—Ni tu tampoco, comandante del Nueve —replicó Jedena, sus ojos esmeralda se entornaron, desprendiendo aquel halo intimidante que tantos Hiniur habían presenciado momentos antes de perder la vida—.
Como sabéis, además de comandante, ahora soy gobernante de Capital y, como tal, me debo al reino.
Me debo a los capitenses. Y, en efecto, el miedo se ha apoderado de los corazones de nuestra gente, y no les culpo por ello.
¿Creéis que mirar hacia otro lado es la solución al problema?
Como bien habéis dicho, esa chica… —Jedena detuvo su discurso, tratando de buscar las palabras adecuadas mientras observaba las puntas de su tridente—…
es un monstruo. ¿Acaso habéis olvidado que, si la mancha negra de su cuello despierta de nuevo, podría matarnos a todos con suma facilidad?
¿No creéis que eso sea precisamente lo que los emisarios pretenden?
¿No habéis pensado que quizás, durante todo este tiempo, el plan de Grifford haya sido atacarnos desde dentro?
—Jedena golpeó la mesa con la palma de su mano, sobresaltando levemente al resto de comandantes—.
¡Maldita sea! ¿Acaso no veis que pretende hacerse con los cuatro reinos?
Primero cayó Davá, el más vulnerable de los cuatro.
Le siguió Brevodia. Luego Lenov, que ahora le sirve como fortaleza.
Pero Capital es el reino más preparado militarmente y Grifford sabe que podríamos repeler un ataque directo con facilidad —dejó pasar varios segundos para que los comandantes cavilasen una respuesta—.
Podríamos atribuir infinidad de descalificativos hacia Grifford, pero insensato no sería uno de ellos.
Grifford sabe lo que hace, es un hombre curtido en la guerra.
No enfrentará a Capital usando la misma estrategia que empleó con los demás reinos.
Entonces, ¿qué le queda? ¿Cómo tomará el último de los Cuatro Reinos?
¿Cómo se hará con el control de la última barrera de la humanidad?
Nadie se atrevió a desafiar la contundencia de Jedena. Sus pupilas, del color de la primavera, recorrieron la sala, posándose sobre cada uno de sus compañeros.
—Yo os lo diré, comandantes —prosiguió, sin dejar apenas tiempo de respuesta—. A través de la chica.
El silencio que siguió fue roto por el tintineo que las cadenas de oro del turbante de Valtyra emitieron cuando esta ladeó su cabeza.
—No falta lógica en tus palabras, Jedena —se atrevió a decir—.
Pero, como he dicho antes, son meras suposiciones.
Hasta que mis hombres avancen en la investigación y lleguemos a desentrañar los verdaderos motivos de este crimen, todo lo que hay son eso: meras suposiciones.
Mientras tanto, deberíamos seguir completando el libro.
Jedena arqueó una ceja.
—¿Y dejamos a la chica deambular por el reino libremente?
—Enciérrala si es lo que el pueblo necesita —respondió Valtyra, manteniendo su expresión intacta, no dejándose amedrentar—.
Lo que hagas con ella no me importa. Pero toda investigación requiere de tiempo.
No quisiera dar un veredicto precipitado sin haber agotado todas las posibilidades antes.
Mi reputación y la de mi escuadrón están en juego.
Jedena se acomodó el yelmo sobre la cabeza, la crin plateada se precipitaba por los costados hasta acariciarle los hombros.
—Primero, le pediremos a Ramis que colabore con el libro y nos relate qué fue exactamente lo que vio en su travesía hasta Capital.
Conocer a qué nos enfrentamos es crucial para alcanzar nuestra victoria —la voz de Jedena se propagó con un eco metálico cuando habló a través del yelmo—.
En lo referente a la chica, buscaré el momento adecuado para comunicárselo personalmente. Dejadlo en mis manos.
Jedena apoyó el mástil de su tridente sobre su hombro y se acomodó la visera del yelmo, ocultando sus ojos a los presentes, aliviándolos de aquel pavor que infundían.
—Doy por finalizada la reunión de hoy, pues hay otros asuntos que requieren de mi atención ahora. Que la luz de Gheva os ilumine un día más, comandantes.
El primero en abandonar la sala fue Cecil, que emprendió una carrera hacia la planta baja del castillo mientras sostenía su reloj en las manos y maldecía en susurros.
“Llego tarde, llego tarde, llego tarde” se le escuchaba decir a medida que descendía por las escaleras de caracol.
Jedena y Valtyra fueron las siguientes en abandonar el habitáculo mientras cuchicheaban acerca de los próximos pasos a seguir acerca de la investigación que envolvía la muerte de Álvar.
Kaselea y Samil permanecieron sentados en la mesa un rato más. La comandante estaba cabizbaja, su cabello ondulado cubriendo su semblante, la delgada trenza que siempre lucía sobresaliendo del mismo y meciéndose por delante de ella.
Samil descendió entonces su cabeza, buscando la mirada de su compañera a través de la cortina de pelo mientras gesticulaba una sonrisa juguetona, tratando de contagiársela a la comandante. No lo logró.
—Si me pidieran plasmar sobre el lienzo la personificación de la derrota, sin duda, usaría tu rostro como inspiración.
Kaselea levantó su cabeza levemente, clavando sus ojos en Samil. El comandante sonrió, pero ella mantuvo su semblante apagado.
—Oh, vamos, mi querida amiga —Samil apoyó ambas manos sobre las mejillas de Kaselea, estirando delicadamente sus comisuras con los pulgares, hasta conseguir una sonrisa tan forzada como desalmada—. La chica estará bien, cuidaremos de ella.
—No es justo —afirmó Kaselea al tiempo que el comandante retiraba sus manos—. Veo la inocencia en sus ojos. Esa chica no ha sido la causante de una atrocidad así.
—Tampoco yo quiero dudar de ella —confesó Samil, acomodándose el flequillo de seda con sus dedos—.
Es una chica preciosa y esa mancha negra no le hace justicia, la verdad sea dicha.
Pero si nos ceñimos al relato de Álvar, ella perdió el control en el Bosque del Lamento.
Entiendo que Jedena quiera ser precavida, aunque debo reconocer que encerrarla en la sala de contención me parece que es ir demasiado lejos —Samil suspiró—. Pobre muchacha.
—No perdió el control.
Samil frunció el ceño.
—Tu convicción me hace creer que tú misma estuviste allí, amiga.
—Piénsalo —insistió Kaselea—. Si nos ceñimos al relato de Álvar, Cincela acabó poseída por la mancha hasta el punto de acabar por si sola con el Hiniur colosal que les atacó.
—Uh, me estremezco solo de pensarlo.
—Pero, dentro de esa locura —prosiguió la comandante—, sigue habiendo mucho de ella misma. ¿Por qué no atacó a Álvar? ¿Por qué no atacó a su padre o al clérigo?
Samil se quedó pensativo ante la afirmación de la comandante, mientras enredaba sobre su dedo uno de sus mechones dorados.
—Deberías ser tú quien comandase el escuadrón Cinco, amiga mía, y no Valtyra. Ese don tuyo para la deducción está muy mal aprovechado.
Kaselea suspiró.
—¿Qué más dará? Jedena tiene la última palabra siempre. Si ella decide que se la vigilará desde la sala de contención, así se hará.
Levantándose de su asiento, Kaselea agarró su bastón de madera y su yelmo azabache.
—¿Te vas? —preguntó Samil, incorporándose—. No tendrás la poca decencia de dejarme solo, ¿verdad?
—Debo seguir con el pedido especial que me encomendó Álvar para la chica. Lo tengo prácticamente terminado, pero faltaría repasar un par de detalles— Kaselea suspiró—. Al menos espero que eso la anime un poco.
Samil sonrió mientras ladeaba la cabeza mirando a la comandante. Kaselea frunció el ceño repleto de cicatrices.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada, amiga, solo que hoy te ves especialmente hermosa.
Kaselea no pudo evitar una sonrisa.
—Eres un idiota.