La última voluntad del Rey (El Eco de los Dioses 2) 2. Rigor
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2. Rigor

A delante —ordenó Jedena golpeando la culata de su tridente contra el suelo—. La reunión de hoy es de vital importancia.

La mesa de reuniones lucía impoluta. Los diferentes adornos de la sala parecían seguir con la mirada a los comandantes que accedían al interior.

Muchos eran los asientos vacíos ahora, incluido el central que perteneció a Álvar.

Los líderes de los escuadrones que aún permanecían en Capital se situaron de pie frente a su sillón correspondiente, esperando las siguientes instrucciones de la comandante del Diez.

Ella barrió con la mirada a los presentes y realizó un gesto con la cabeza que dio inicio al minuto de silencio.

Tras dejar correr aquellos angustiosos segundos, Jedena tomó asiento y, junto a ella, el resto de comandantes.

Cecil apoyó su reloj de arena sobre la mesa y lo volteó. Jedena se retiró el yelmo de jaspe negro mostrando su semblante impasible al mundo.

—Nunca pensé que viviría lo suficiente como para dirigir una reunión como la que hoy nos acontece —apoyó el yelmo sobre la mesa, la crin plateada acarició la superficie—.

Nuestro cometido no es otro que dar con el culpable de la muerte de Álvar; mi hermano y legítimo rey de este reino.

Sobre él recaerá la ira más severa de Capital.

Valtyra ¿Hay novedades que quieras compartir con la mesa?

La comandante del Cinco mantuvo sus ojos entrecerrados, clavados en los de Jedena. Tras unos segundos, contrajo su frente manifestando así la molestia que sentía.

—Nunca me han gustado las prisas, Jedena —las cadenas de oro y demás adornos del pañuelo que envolvía su cabeza resonaron al ladear—. Mis espías trabajan de sol a sol estudiando meticulosamente la escena del crimen. Es un trabajo lento y laborioso, no puedo pedirles más a mis hombres.

Jedena asintió en disculpa.

—Es un asunto que me perturba el sueño y me ocupa la mente durante el día. Disculpa mi impaciencia.

Valtyra suspiró antes de proseguir.

—Pero, respondiendo a tu pregunta; así es. Tenemos novedades que podrían interesar a los presentes.

Valtyra atrajo las miradas de los demás comandantes, quienes fijaron su atención en ella de inmediato.

—Aunque todavía es precipitado sacar conclusiones firmes— prosiguió, calmando el apetito de las miradas curiosas—. Hemos averiguado algo nuevo.

—Te escuchamos.

Valtyra alargó aquel momento de silencio, disfrutando de la expectación que infundía.

—Si hay algo que podemos afirmar con certeza, es el hecho de que Álvar fue asesinado —dijo por fin—.

Tanto el corte en su pecho como el de su garganta son claros indicadores de ello.

Según el diámetro y la forma de las heridas, podemos asegurar que fueron propiciados por una espada, aunque no por una hoja común.

De hecho, me atrevería a decir que los cortes no fueron ocasionados por un arma de las que forjamos aquí en el reino.

—Corroboro las palabras de mi compañera —intervino Samil acomodándose el cuello de su blusa multicolor, guiñando un ojo a Valtyra tras interrumpirla—.

Durante mi visita al cuartel Cinco e inspeccionar las heridas de Álvar por mí mismo, pude llegar a la misma conclusión que la comandante.

Como sabéis, nuestras armas son arte. Una delicia de la artesanía metalúrgica.

Las heridas que ocasionan son tan profundas como bellas.

Limpias. Sin desgarros ni fisuras. Cortes tan perfectos, tan bellos…

—suspiró—. Sabría distinguirlos aun con los ojos vendados.

—Bien —respondió Jedena—. Entonces eso nos conduce a nuestra primera conclusión: el culpable no es de Capital.

—Ni humano —replicó Valtyra casi de inmediato.

Los presentes fruncieron el ceño mientras dirigían su atención hacia la comandante del Cinco.

—Veréis —prosiguió Valtyra—. Mis hombres han encontrado huellas donde supuestamente Álvar perdió la vida. Mas que huellas, diría que son pisadas de una bestia. Un monstruo.

—…Hiniur —susurró Kaselea.

—No es cosa de Hiniur —replicó Jedena—. Álvar no perdería la vida ante criaturas que llevamos décadas enfrentando.

—¿Grifford? —preguntó nuevamente Kaselea, esta vez elevando el tono más de lo normal.

Todos miraron a Valtyra, expectantes ante una explicación para la pregunta recién formulada. La comandante del Cinco ladeó aún más la mueca de su semblante.

—Tampoco —aseguró—. Aunque hasta ahora hayamos creído lo contrario, si Grifford hubiese aparecido tan cerca de Capital, los soldados que custodian las murallas se hubiesen percatado de su presencia.

Como sabéis, su maldad puede olerse a leguas.

Además, ese día estaban todos los comandantes que partían del reino con Álvar, incluida tú, Jedena. Y nadie vio nada. ¿Me equivoco?

—No hubo incidentes —aseguró ella casi de inmediato—. Los comandantes partieron en paz aquella noche.

—Hallar al culpable nos va a ocupar más tiempo del esperado— espetó Cecil, llevándose las manos a su melena y despeinándola, intentando ahogar allí el estrés provocado por la caída de la arena en su reloj.

—Por tanto, eso nos conduce a varias conclusiones —sentenció Valtyra, extrayendo de entre los pliegues de su pañuelo un pequeño pergamino que desdobló—. La primera de ellas: el asesino es alguien ajeno a Capital. La segunda: el arma que porta es foránea.

Jedena miraba los surcos de madera de la mesa mientras cavilaba sobre un posible culpable.

—La idoneidad del momento y lugar del asesinato nos conduce a nuestra tercera conclusión —prosiguió Valtyra—.

Se trata de alguien que estaba al tanto de nuestro plan.

Alguien que conocía la partida de los comandantes aquel día.

Alguien que sabía que Álvar acudiría a las afueras del reino para desearles un grato viaje, fuera del amparo de nuestras murallas —dejó pasar unos segundos para que los oyentes asimilasen sus palabras—.

Y cuarta y última conclusión: Es un monstruo.

Hubo un silencio tan prolongado que la arena en el interior del reloj de Cecil se agotó de nuevo, obligándolo a voltear el artefacto una vez más. Con un fuerte estruendo, Jedena se alzó de sus aposentos tan repentinamente que sobresaltó al resto de los integrantes.

—La hija del Capitán.

—¿Cincela? —exclamó Samil, incrédulo—. Pero si es una niña de lo más adorable. Y hermosa, ¡Quien tuviera ese cabello tan brillante! Tengo que averiguar qué utiliza para lavárselo.

—Todos vimos de que fue capaz aquel día cuando llegaron a Capital— recordó Jedena, usando su tridente para dar un golpe contra el suelo—.

Todos fuimos testigos de cómo el mal se apoderaba de su voluntad, convirtiéndola en un monstruo capaz incluso de hacer frente a mi hermano.

Esa niña… está maldita —los comandantes guardaron silencio ante la contundencia de sus palabras—.

Además, la he visto blandir una especie de faca.

Una reliquia antigua. Desconozco su procedencia, pero claramente no es un arma forjada por ningún artesano capitense.

—También estuvo presente durante la reunión donde decidíamos qué escuadrones abandonarían el reino y cuando— intervino Valtyra pensativa, observando su reflejo a través de los brazales de oro que adornaban sus muñecas—.

La chica era conocedora entonces del momento exacto en que los comandantes, junto con Álvar, abandonarían el reino. Podría ser una posibilidad.

—Además —continuó Jedena—, la muchacha es incapaz de controlar esa bestia cuando se apodera de ella.

Según el testimonio de mi hermano, antes de llegar a Capital, tanto él como los lenovenses se desviaron hacia el Bosque del Lamento y allí la hija del Capitán volvió a perder el control.

Su Hiniur interior casi se apoderó de ella por completo.

—El Capitán Ramis se encontraba con ellos en aquel incidente, ¿verdad? —intervino Kaselea, dejando a un lado de la mesa la brocha con la que se aplicaba el colorete sobre los pómulos—. Podríamos preguntarle a él y escuchar sus palabras antes de sacar conclu…

—¿De verdad crees que el Capitán accedería a algo así?

—interrumpió Jedena fulminando a la comandante del Seis con la mirada—.

¿Y qué esperas que diga? ¿Qué delate a su hija y nos la entregue sin más?

No, comandante, esto es algo que debemos guardar en secreto, al menos hasta la vuelta del resto.

Será entonces cuando discutiremos este asunto y, entre todos, daremos con una solución.

Hasta entonces, la chica debe permanecer vigilada.

—¿A qué te refieres exactamente con vigilada? —preguntó Kaselea, arrugando la frente. Las cicatrices que surcaban su rostro se abrieron ligeramente con la mueca, dejando escapar un hilo de sangre que recorrió su semblante.

Jedena clavó sus ojos afilados en la comandante que osaba contradecir sus palabras, mirándola fijamente durante varios segundos. Lejos de desviar sus ojos, Kaselea aceptó aquel duelo de miradas.

—La chica deberá permanecer en la sala de contención —determinó Jedena por fin—. Al menos hasta el regreso de los demás.

Kaselea miró a Samil, asegurándose de que no era la única que había escuchado aquel disparate. La mirada del comandante de cabello sedoso también reflejaba ese deje de impotencia que resultaba de enfrentarse a la testarudez de Jedena.

—De todas formas —intervino Valtyra, asegurando los nudos de su turbante mientras lo acomodaba en la cabeza—. Aunque las pruebas puedan apuntar en esa dirección, es precipitado dar una conclusión todavía.

—Valtyra tiene razón —intervino Kaselea, aferrándose a la afirmación de su compañera—.

Además, estamos reuniendo información sobre las nuevas variantes de Hiniur ¿verdad?

Eso debería ser nuestra prioridad ahora.

Si los lenovenses sufrieron un ataque allí, interesa saber qué les ataco y cómo lo hizo.

Sin su testimonio, no podremos avanzar con el libro.