1. Sepelio #3
—Ciudadanos de Capital —bramó, rompiendo el silencio—.
Orgullosos y valerosos guerreros de éste nuestro hogar.
Hoy es un día triste en la historia de nuestro reino; nuestro rey, Álvar, ha abandonado este mundo para sentarse junto a Gheva, como no podría ser de otra manera.
A partir de este día, nos observará desde las estrellas junto con todos los soldados que antes que él, también dieron su vida por el bien.
Jedena se detuvo unos segundos dejando que los rayos de aquel atardecer acariciasen su semblante. No sabía explicar por qué, pero de alguna manera notó que Álvar estaba ahí presente contemplando su despedida. Tras unos segundos más, por fin volvió de su ensimismamiento.
—De ahora en adelante —prosiguió—, tanto Farco como yo, estaremos al mando del gobierno de Capital, pues esa era la voluntad de Álvar. Sé que el reino no conocerá jamás mejor guía que él, pero os aseguro que haré todo lo que esté en mis manos para estar a la altura.
Jedena detuvo su discurso unos instantes para tragar saliva e intentar deshacer el nudo que se había empezado a formar en su garganta.
—Antes de que la luz de la luna bese el reino —prosiguió— incineraremos su cuerpo. Quien así lo desee, puede acercarse y despedirse. Que la luz de Gheva os ilumine. Que la luz de Gheva le ilumine.
Tras su discurso, la comandante se acercó al féretro dorado, se arrodilló y apoyó su frente sobre él, susurrando palabras que nadie alcanzó a escuchar.
Al concluir, se levantó y regresó junto al resto de sus compañeros, cediendo el lugar a la comandante Valtyra, quien se acercaba ahora a la urna de oro para despedirse.
—Ya lo dijo Álvar en su día —dijo Ramis cuando Jedena volvió al grupo situándose junto a él—. Capital no podría tener mejor sustituto que tú, Jedena.
—Eso espero, Capitán —respondió ella mientras miraba al horizonte tratando de mantener la compostura—. Eso espero.
—Es una lástima que Farco y los demás no vayan a tener siquiera la oportunidad de despedirse —prosiguió Ramis—. Que un acto así acontezca en un momento donde los integrantes del reino se hallan divididos es una prueba más de que ha sido una muerte provocada.
Jedena clavó su mirada en la de Ramis. Sus ojos vidriosos mostraban tristeza y furia a partes iguales.
—Han asesinado a mi hermano, Capitán —espetó la comandante, su respiración parecía agitarse con cada nueva palabra—.
No me cabe duda de que esto es obra de Grifford.
Álvar era su mayor amenaza, el único entre todos nosotros que podía enfrentarlo.
Lo ha privado de la vida como a una vil rata, aprovechando que los comandantes estamos divididos y el reino vulnerable.
El tono de las palabras de Jedena oscilaba entre la furia y la tristeza, fruto de la impotencia que sentía.
—Juro, Capitán, con mi hermano de cuerpo presente como testigo —prosiguió ella— que no descansaré hasta ver el cráneo de Grifford incrustado en mi tridente.
—Tenemos el mismo propósito entonces, comandante —respondió Ramis—. Aunque las profecías dicten lo contrario, tengo fe en la humanidad. Creo en nuestra victoria.
—Álvar también la tenía —respondió ella casi de inmediato—. Nosotros seguiremos su convicción. Seremos la encarnación de Álvar en el mundo y su espíritu nos guiará en el campo de batalla hasta alcanzar la victoria. Seremos la última voluntad del rey.
Ramis se tornó hacia Jedena, pero ella tenía sus ojos fijos en la explanada principal, observando como Valtyra se arrodillaba ante al féretro mientras susurraba unas últimas palabras.
—Y podéis contar con Lenov en ese cometido, comandante —inquirió Ramis—. O al menos con aquellos lenovenses que aún vivimos. De hecho, ya hemos logrado unificar los cuatro grandes reinos, algo necesario para llevar a cabo la voluntad de Álvar.
—Y ese es solo el primer paso —añadió Jedena, cerrando su puño con fuerza—.
Nos adheriremos a su estrategia. Si él creía en ella, nosotros también lo haremos.
En su nombre, en el nombre de Capital, en el de la humanidad…
vengaremos su muerte y la de todos los hombres y mujeres que, al igual que él, sacrificaron sus vidas con la esperanza de un futuro en el que nuestra raza pueda prosperar.
Ramis posó su mano sobre Jedena, asintiendo.
—Nos encargaremos de que así sea.
La noche cayó sobre Capital sumiendo al reino en oscuridad, excepto por la explanada frente al castillo pues, las llamas que ahora devoraban a Álvar, iluminaban los rostros de los presentes.
A medida que el manto de la noche cubría el reino, los habitantes de Capital fueron abandonando el lugar. Algunos de los comandantes ya dormían pero otros requirieron de un tiempo más para despedirse de su rey.
La madrugada la encontró sola, contemplando las cenizas de lo que quedaba del cuerpo de su hermano.
No fue hasta que el fuego extinguió hasta el último resquicio de Álvar, que apartó la mirada del baile que le ofrecían las llamas.
Fue entonces cuando Jedena abandonó el lugar y se dirigió a su dormitorio con la esperanza de que el sueño pudiera aliviar su dolor y de que la aurora le otorgara la fuerza necesaria para gobernar Capital, pues ese era su cometido ahora.