1. Sepelio #2
Cincela llevó su mano a su nuca y buscó la marca negra que la recorría. Mientras deslizaba la yema de sus dedos, notó la rugosidad de su piel en aquella zona. Sin embargo, esta vez no parecía tan áspera como en los días anteriores y aquello, de alguna manera, la alivió.
—Creo que sí —aseguró— al menos ya no me quema al tocarla.
—Cuanto me alegra oír esas palabras, hija mía.
Ramis entonces se tornó para clavar su mirada en Verso.
—De hecho, quien luce un semblante preocupante eres tú, pequeño aprendiz.
Verso frunció el ceño y se inclinó hacia el espejo de la entrada hasta poder divisar su reflejo en él.
—¿Tanto se me nota? —preguntó palpándose la cara con nerviosismo.
—Tu rostro es un poema, Verso —puntualizó Cincela, soltando una leve risa—. Conocemos demasiado bien esa cara que pones cuando intentas ocultar algo.
—A ver, cuéntame, clérigo problemático —suspiró Ramis, dejándose caer sobre la pared y cruzando sus brazos—. ¿En qué lío te has metido esta vez?
—No es lío señor, es solo que…
Verso clavó su mirada en Cincela buscando su aprobación antes de compartir el relato. Ella asintió dibujando una pequeña sonrisa.
—Cincela ha tenido un sueño en el que aparecía un Vastali —dijo por fin—. En la orden tenemos la convicción de que esa clase de experiencias son intentos del más allá de comunicarse con nosotros y…
—¿Un Vastali? —interrumpió Ramis mientras se tornaba hacia su hija—. Es curioso porque yo…
La puerta volvió a interrumpir la conversación. Ramis frunció el ceño con molestia, girándose bruscamente hacia el origen del sonido.
—Adelante —bramó a regañadientes.
La puerta se abrió lentamente. Tras ella emergió la silueta de una mujer de cabellos oscuros y mirada autoritaria que accedió a la sala con cabeza altiva y un brillo despectivo en sus ojos.
—Jedena —saludó el Capitán, despegándose totalmente de la comodidad que le ofrecía la pared—. No te esperábamos tan pronto. ¿Ha ocurrido…?
El trio de lenovenses cambiaron súbitamente su semblante al cerciorarse de la sangre que impregnaba la mano derecha de la comandante, con la que sostenía una reluciente cadena de oro.
Sin pronunciar palabra alguna, Jedena se aproximó hacia los allí presentes hasta situarse junto a Ramis.
Extendió su brazo bruscamente, entregando la cadena al Capitán.
Ramis, con su ceño fruncido, inspeccionó el reluciente obsequio ensangrentado.
—¿Qué significa esto? —preguntó, rotando la pieza metálica con sus dedos.
—Es la cadena que sostenía la capa del rey —afirmó Jedena sin alterar la tranquilidad de su semblante.
La frente de Ramis se arrugó en una mueca de confusión.
—Álvar ha abandonado este mundo para observarnos desde las estrellas.
Los lenovenses guardaron silencio, sus ojos se abrieron como lunas. Ramis dejó de manipular el objeto, paralizado, tratando de asimilar la devastadora noticia.
—Imposible —susurró—. Álvar… él no… también no…
La cadena de oro resbaló de su mano, aterrizando con un contundente estruendo en el suelo. Su rostro, antes impasible y firme, se quebró manifestando su agonía.
—¿Cómo ha podido ocurrir algo así? —aún con su mirada perdida, llevó su mano temblorosa hacia la empuñadura de su espada—. ¿Quién ha sido el responsable? Necesito el nombre del culpable de este acto atroz para darle caza y arrebatarle la vida.
—Eso es lo más trágico de esta historia —afirmó Jedena—. Nadie ha sido testigo. Hemos hallado su cadáver descompuesto en las inmediaciones del reino. Mis sospechas apuntan a que ha sido obra de Grifford, pues ningún Hiniur común podría arrebatarle la vida a alguien como mi hermano.
—Grifford… —susurró el Capitán apretando su mandíbula, cerrando su puño con fuerza alrededor del mango de su espada.
Abundantes lágrimas amenazaron con derramarse, traicionando la imagen de valentía que tanto había tratado de mantener.
Un leve sollozo escapó de sus labios, obligándole a inclinar la cabeza para ocultar su evidente dolor. Las palabras se negaron a formarse.
—Al atardecer —prosiguió Jedena con dificultad—. Tendrá lugar el acto de despedida. Agradecería vuestra asistencia, Capitán. Álvar te tenía en gran estima.
Ramis no contestó. Verso y Cincela intercambiaron miradas cargadas de nostalgia, mientras Jedena, sin pronunciar una palabra más, abandonó la habitación en silencio.
Aquella tarde el sol pareció ocultarse más temprano tras los valles más allá de Garova.
Los últimos destellos dorados teñían de un tono anaranjado y melancólico la opacidad del jaspe negro que adornaba el pavimento frente al castillo de Capital.
Los habitantes del reino se congregaban allí, esperando en silencio para despedir a su rey.
Nadie quería faltar aquel día en el que Gheva acogería bajo su manto al que había guiado sus destinos durante tantos años.
Familias, mercaderes y antiguos miembros de los escuadrones se reunían todos para aquel último adiós.
Tras las escaleras que conducían al castillo, se extendía el féretro de oro que resguardaba el cuerpo de Álvar, del que se prohibió su apertura, pues observar el estado del rey podría herir profundamente la sensibilidad de los allí presentes.
A cada lado, dos antorchas llameaban incansables, proyectando sombras que bailaban al son del viento que las mecía.
Bajo los pies de la estructura, se había dispuesto una cama de madera seca perfectamente ordenada que serviría para avivar el fuego que conduciría a Álvar hacia el más allá.
El público se dividió en dos mitades para dar paso a Jedena y a los demás comandantes que aún se encontraban en Capital.
Ramis, Cincela y Verso los acompañaban escasos metros por detrás.
Se dirigieron hacia las escaleras que ascendían a la explanada principal, donde se alzaba solitaria la urna que contenía el mutilado cuerpo del rey.
Una vez allí, tanto los comandantes como los lenovenses se agruparon alrededor del féretro.
Tras intercambiar un breve cuchicheo con Kaselea, comandante del Seis, Jedena dio un paso al frente.
Alzó la cabeza y barrió con su mirada fría a los habitantes de Capital antes de pronunciar las palabras que tan ansiosos esperaban.