1. Sepelio
U na bandada de cuervos emergió de entre las copas de los árboles que la rodeaban. Sus cuerpos invadieron el cielo nocturno, dejando a su paso un rastro de graznidos y plumas negras.
Cincela yacía en un hueco de hierba rodeada de frío y soledad.
Abrió sus ojos, escrutando su entorno con una mueca de confusión.
Se levantó bruscamente para descubrir que la hierba bajo sus pies era la única vegetación que se podía apreciar a su alrededor, pues el paisaje que la envolvía solo contenía suelo árido, rocas irregulares y nubes de niebla y polvo que le impedían ver más allá.
Con pies cautelosos, abandonó el lugar en busca de alguien más.
—¡Papá! —gritó a medida que daba un nuevo paso—. ¡Verso!
Pero su voz resonó en vano, pues solo su eco se atrevió a responder.
Corrió asustada, tratando de escapar de aquel lugar mientras la nube de polvo la envolvía cada vez más.
Su huida se vio interrumpida sin previo aviso cuando tropezó con un objeto que no pudo identificar y que la obligó a caer sobre la aspereza del suelo de grava.
Al recomponerse del aturdimiento, giró la mirada hacia el obstáculo y sus ojos se abrieron como lunas al divisar el cuerpo mutilado de un hombre que yacía junto a ella. Cincela, no pudiendo creer lo que sus ojos le mostraban, emitió un gemido que bailó entre la sorpresa y el miedo.
Se incorporó de un salto y, con un nerviosismo evidente, recorrió el cuerpo con la mirada una última vez.
¿Papá?
Pero cuando su visión se acostumbró a la penumbra, se encontró con un océano de más cuerpos como aquel.
Cuerpos desgarrados, devorados y perforados que adornaban aquella llanura desértica.
Cuanto más miraba, más cuerpos descubría esparcidos por toda la superficie, acechándola.
Pudo incluso descubrir algunos más allá del horizonte, perdiéndose en la vastedad del bosque frente a ella.
Con el corazón acelerado y los ojos cerrados, corrió desesperadamente para escapar de aquellos cadáveres.
Con cada paso que daba, sentía cómo sus pies se hundían en la putrefacción de los cuerpos sin vida que conformaban el camino.
Pero ella siguió avanzando, acompañada por la sinfonía que emitían los crujidos de los huesos que pisaba.
Y de pronto amaneció, de forma tan mágica como repentina, envolviendo el mundo con una aurora dorada que le devolvió el color.
Cincela alzó su brazo, protegiéndose los ojos de aquel resplandor.
El cielo, ahora límpido, pareció dividirse en dos mitades.
En su centro, una lágrima lumínica se mantenía suspendida en el aire observando el mundo desde las alturas.
De su cuerpo emanó una luz tan pura que incluso logró cegar a Cincela aun con los ojos cerrados.
Tras acostumbrarse a su radiación y aclimatar sus pupilas a aquel brillo, la joven se percató de como la misteriosa lágrima descendía del cielo directamente hacia su posición. A medida que se aproximaba, su luz adquiría una forma cada vez más reconocible. Más humana. Más familiar.
La silueta lumínica finalmente aterrizó a su lado.
Al apoyar sus pies sobre el agrietado suelo desértico, Cincela se percató de cómo todo a su alrededor cobraba vida de nuevo.
Los árboles se alzaron firmes otra vez, mostrando orgullosos la majestuosidad de sus copas.
Los pájaros inundaron el silencio con sus cánticos mientras sobrevolaban el cielo marino que abrazaba el paraje.
Desde las grietas de la tierra brotaron hermosas flores que colorearon el sombrío entorno.
Desde los pies de aquel ente, brotó una delicada alfombra de hierba fresca que cubrió el suelo que pisaba, convirtiendo la llanura baldía en la primavera más verde que Cincela jamás había visto.
Los cuerpos sin vida que la rodeaban comenzaron a desvanecerse en pequeñas partículas de luces flotantes que ascendieron como farolillos hasta besar el firmamento.
—¿Quién… eres? —se atrevió a preguntar Cincela—. ¿Dónde estoy?
El ser luminoso no contestó. Cincela reunió valentía y dio un paso hacia la silueta de luz.
—¿Qué ha ocurrido? —volvió a preguntar, dando otro paso más hacia aquel ser—. ¿Dónde están todos?
El ente no se inmutó, permaneció inmóvil sin mostrar señales de emoción mientras la vida florecía a su alrededor.
Cincela, invadida por la soledad y la desesperación, se dejó caer de rodillas al suelo, dejando que su angustia se manifestara en forma de lágrimas que comenzaron a formarse en sus ojos.
Fue entonces cuando la silueta de luz se acercó lentamente hacia ella.
La lenovense alzó la mirada, encontrándose con la mano tendida de aquel ser que la invitaba a levantarse de nuevo.
Tras frotarse los ojos con su antebrazo, ella aceptó el gesto y, con su ayuda, se alzó del suelo.
Al contemplar al ente de cerca, una sensación de familiaridad la envolvió, como si aquella no fuera la primera vez que se veían.
Como si, de alguna manera, ya se conociesen.
Sin mediar palabra, la presencia celestial rodeó a la joven regalándole el más cálido de los abrazos.
Un círculo de rosas blancas brotó bajo sus pies, envolviéndolos.
Mariposas silvestres revolotearon. A lo lejos, sonaron los cánticos de los ruiseñores que surcaban el cielo cristalino.
Más allá, donde momentos antes se extendían cuerpos inertes, ahora se precipitaba una refrescante cascada que salpicaba la flora cercana con un delicado rocío.
Cincela se sintió reconfortada. Feliz. Un suave suspiro escapó de sus labios, alejando con él todos sus miedos. Deseó detener el tiempo, anhelando que aquel momento durara para siempre.
Pero el ser, de pronto, empezó a sentirse frío. Cincela notó como el cálido tacto de los brazos que la rodeaban desaparecía. El ente comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en un fulgor áureo que recubrió el cuerpo de la joven hasta fundirse con ella por completo.
—¡Cincela! —llamó un eco lejano—. ¡Cincela despierta!
La confusión inundó el semblante de la joven a medida que despegaba sus parpados. Aún desorientada, escrutó su entorno hasta que, finalmente, sus ojos encontraron la cálida mirada de Verso.
—Tranquila, Cincela, ya pasó —afirmó el aprendiz colocando una mano reconfortante sobre ella.
—¿Que… ha pasado? —preguntó frotándose los ojos.
Verso vertió agua en un vaso de cristal.
—Diría que estabas teniendo un mal sueño —dedujo mientras le acercaba el recipiente—. Empezaste a temblar y a sudar. Me asusté y te desperté, no parecías estar pasándolo muy bien.
Cincela volteó sus manos mientras las observaba, meditando las palabras de su compañero. Tenía razón, había sido todo un mal sueño.
—Ha sido horrible, Verso —confesó al recordar lo que había vivido—. Pero, a su vez, ha sido hermoso.
El aprendiz frunció el ceño. Cincela miró a la nada tratando de hacer memoria, sin embargo el sueño parecía esfumarse con cada intento.
—Estaba sola en un bosque rodeada de oscuridad y muerte —se detuvo un momento, ahondando más entre sus recuerdos—.
Había árboles con ramas retorcidas y cuervos que me acechaban desde las tinieblas, y cadáveres…
infinidad de ellos. Cuerpos sin vida esparcidos por el suelo y más allá de donde mis ojos alcanzaban a ver.
—¿Y dices que el sueño también era hermoso? —interrumpió Verso con su frente arrugada—. A menos que esos cadáveres sean de Hiniur, no le veo la parte bonita.
—No, no lo eran… —afirmó ella aún con la mirada posada en el infinito—. Traté de reconocerlos, pero… amaneció de repente.
Verso abrió sus ojos en su totalidad.
—Un ser descendió desde las alturas emitiendo luz propia —prosiguió Cincela—. Como si del mismo sol se tratase. Diría que él era el causante de ese amanecer tan repentino.
—¿Un Vastali?
—No estoy segura.
Verso se acomodó en la silla frente a la cama, recostándose sobre el respaldo mientras se acariciaba la barbilla pensativo.
—¿Sabes?, en la orden teníamos la convicción de que soñar con Vastali significa estar en sintonía con Gheva.
—Pero hay más —interrumpió Cincela—. El ser que emanaba luz caminó hacia mí. Todo empezó a adquirir color a su alrededor. La vida brotaba bajo sus pies con cada paso que daba. La oscuridad empezó a desvanecerse poco a poco hasta esfumarse por completo.
Verso volvió a sumirse en sus pensamientos.
—¿Interactuó contigo de alguna forma? —preguntó curioso—. ¿Te miró? ¿Quizás te dijo algo?
Cincela ladeó la cabeza.
—No dijo nada, de eso sí estoy segura —afirmó—. Pero me tendió su mano ofreciéndome ayuda para levantarme del suelo y…
—¿Y?…
—Y nos fundimos en un abrazo —recordó Cincela mientras se acariciaba el brazo, reviviendo la sensación—. Ese abrazo tenía sabor a hogar. Era tan… real.
Verso descendió su mirada pensativo hasta que gesticuló una leve sonrisa.
—¿Qué ocurre? —quiso saber ella al ver la repentina reacción del clérigo—. ¿Sabes qué puede significar?
—Es un mensaje del más allá, Cincela. El ente que ha aparecido en tu sueño no es sino Azhna comunicándose contigo. Y ese abrazo… no es sino él mismo haciéndote saber que sigue en ti.
Era extraño; a pesar de haber pasado varios meses desde su partida, volver a escuchar su nombre seguía inundándola de melancolía. Sabía que aquello nunca lo superaría y que debería convivir con ese dolor de por vida.
—¿Eso crees? —preguntó la joven ligeramente emocionada.
—Estoy seguro de ello —afirmó Verso—. Para alguien que lleva toda su vida estudiando a Gheva, así es como lo he percibido al escucharte. Azhna te acompaña.
Alguien llamó a la puerta, interrumpiendo la conversación de golpe.
—¿Permiso? —escucharon los jóvenes, reconociendo la voz de Ramis antes de que su cabeza apareciese desde el otro lado de la puerta.
—Buenos días, papá.
—Buenos días, Capitán —dijo Verso reverenciándose.
—¿Cómo has amanecido hoy? —preguntó Ramis. El metal de su armadura resonó a medida que se acercaba a los jóvenes—. ¿Te encuentras mejor?