La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Noah

El sábado por la tarde, Noah estaba sentado en el porche trasero con una cerveza que no había probado, contemplando cómo la luz se apagaba sobre el campo.

Llevaba allí desde poco después de las cinco. Era la primera tarde verdaderamente fresca del otoño, y el aire tenía una nitidez que no había tenido una semana atrás, con un leve olor a leña quemada procedente de la chimenea de alguna casa más abajo, junto a la carretera.

Habían segado el campo de heno por última vez a finales de septiembre, y los rastrojos se extendían dorados y erizados bajo la luz larga e inclinada del atardecer.

Al pie de la pendiente, la hilera de arces que bordeaba el arroyo había empezado a cambiar de color de verdad.

Resplandecían en tonos rojos y anaranjados contra el verde más oscuro de los pinos y, de vez en cuando, una brisa subía por la colina, desprendía algunas hojas y las hacía girar hasta caer sobre la hierba.

Tenía el teléfono sobre la barandilla del porche, a su lado, con la pantalla hacia arriba.

Sam le había escrito aquella tarde. Era lo primero que le decía en una semana, desde la tarde de la mudanza.

Luke ha ido a ver a Daniel.

Eso era todo. Ninguna explicación, ninguna advertencia, ninguna pista sobre cómo había ido el encuentro.

El sol fue descendiendo. La luz pasó del dorado al ámbar y después a un rosa oscuro y ahumado, mientras las sombras de los arces se alargaban sobre los rastrojos.

Las golondrinas salieron del granero y volaron a ras del campo, y la primera estrella apareció sobre la línea de árboles al este.

Un coche pasó por la carretera, después una camioneta, y luego no se oyó nada durante mucho tiempo.

A las siete, unos faros entraron en su camino de acceso.

Noah se quedó inmóvil.

Desde el porche trasero no podía ver la camioneta, solo el haz de luz que recorría el costado del granero mientras avanzaba por el largo camino flanqueado por arces. Pero oyó el motor y lo reconoció. Lo habría reconocido en cualquier parte.

Ya había bajado del porche antes siquiera de decidir moverse.

No recordaba haber dejado la cerveza ni haberse levantado. De pronto estaba corriendo, bajando los escalones del porche, atravesando el patio y rodeando la casa. El aire fresco le golpeaba el rostro y el corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta.

Daniel ya había bajado de la camioneta.

Había dejado la puerta del conductor abierta, con la luz interior iluminando la cabina vacía y el motor todavía encendido.

Cruzaba la grava a toda prisa, casi corriendo también, con las botas crujiendo a cada paso.

Llevaba la misma camiseta militar descolorida que había usado aquella primera tarde de mayo, cuando Noah había entrado en el camino de Linden Street y lo había encontrado esperándolo junto a la puerta del garaje.

Bajo los últimos restos de luz, su rostro mostraba todas sus emociones, desnudas y desesperadas, llenas de algo que hizo que a Noah se le contrajera el pecho.

Se encontraron a mitad de camino.

Daniel llegó hasta él primero. Lo agarró de la parte delantera de la camiseta, cerrando ambos puños sobre la tela, y tiró de él con fuerza. Noah levantó las manos y le tomó el rostro, una a cada lado, con las palmas ásperas contra su mandíbula.

Y sus bocas chocaron.

No hubo nada cuidadoso en aquel beso. Nada lento.

Fue brusco, desesperado y torpe, con los dientes chocando entre sí y el labio partido de Noah ardiendo con un dolor agudo cuando la boca de Daniel se apretó contra la suya.

No le importó. No le importaba absolutamente nada.

Las manos de Daniel estaban aferradas a su camiseta y después se deslizaron por debajo, recorriéndole la espalda desnuda, agarrándolo y sujetándolo con tanta fuerza que casi le dolía.

Una semana. Una semana entera creyendo que nunca volvería a tocarlo. Una semana pasando las noches despierto en aquella casa, repitiéndose que se había terminado, que era lo correcto, que así tenían que ser las cosas. Una semana de está bien, lo entiendo y él es lo primero.

Noah lo besó hasta que ninguno de los dos pudo respirar.

Y entonces siguió besándolo.

Cuando por fin se separaron, jadeando, Daniel no lo soltó. Mantuvo la frente apretada contra la de Noah, con la respiración caliente y entrecortada rozándole la boca.

—Luke ha venido a casa hoy —dijo Daniel, con voz ronca.

Noah se apartó un poco. Solo lo suficiente para verle la cara. Daniel tenía los ojos húmedos. Bajo el tenue resplandor de los faros, Noah distinguió los rastros de lágrimas en sus mejillas, todavía mojadas.

—Me ha dicho... —Daniel se interrumpió. Se le escapó algo parecido a una risa, quebrada, impotente e incrédula—. Me ha dicho que deje de ser idiota y vaya a buscarte.

Noah se quedó mirándolo.

No podía hablar. No podía respirar.

—No quiero seguir escondiéndome —dijo Daniel, con voz baja y vehemente, mientras sus manos se aferraban con más fuerza a la camiseta de Noah—. Soy demasiado viejo para andar a escondidas detrás de una ferretería. Se acabó. No pienso seguir haciéndolo.

Tomó una larga bocanada de aire, temblorosa.

Después miró directamente a Noah a los ojos.

—Te amo, Noah.

Las palabras lo atravesaron como un rayo de luz.

—Debería habértelo dicho antes —continuó Daniel—. En tu cama. En la mía. Debería habértelo dicho cien veces.

Noah llevaba queriendo escuchar aquellas palabras desde que tenía diecisiete años.

Desde una calurosa tarde en un camino de entrada de Linden Street, cuando un hombre había salido del garaje con serrín en los antebrazos.

Trece años. Trece años guardando aquel sentimiento, haciéndolo pequeño y colocándolo en un estante alto, sin permitirse jamás, jamás, intentar alcanzarlo.

Trece años repitiéndose que nunca sucedería.

Convenciéndose de que estar cerca de él era suficiente.

Atrajo a Daniel hacia sí y volvió a besarlo.

Esta vez más despacio. Un beso profundo, lento y cargado de una emoción que le dolía en el pecho, mientras sostenía el rostro de Daniel entre las manos y le secaba con los pulgares la humedad de las mejillas.

Lo besó allí mismo, en el camino de entrada, bajo los últimos restos de luz del día, donde cualquiera que pasara en coche por la carretera comarcal podría verlos.

No le importaba.

Que los vieran.

✽✽✽

Finalmente se acordaron de la camioneta.

Daniel regresó, apagó el motor y cerró la puerta.

Después subió los escalones de dos en dos y, cuando llegó hasta Noah, no se detuvo.

Se lanzó directamente contra él y siguió avanzando, obligándolo a retroceder a través de la puerta mosquitera y por el pasillo oscuro.

La puerta se cerró de golpe detrás de ellos y, en algún momento, una fotografía enmarcada quedó torcida en la pared.

Al pie de las escaleras, Noah intentó tomar la iniciativa, dispuesto a darles la vuelta y hacerse cargo de la situación como siempre.

Daniel lo agarró de la muñeca y lo detuvo. Lo sujetó con firmeza, rodeándole el hueso con los dedos, y mantuvo el agarre un momento antes de soltarlo.

Noah lo miró en la oscuridad. Daniel respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando bajo aquella vieja camiseta militar. Había algo en su rostro que Noah nunca había visto antes: un deseo evidente, intenso y decidido.

—No —dijo—. Esta vez no.

Entonces empujó a Noah escaleras arriba.

Lo hizo con ambas manos apoyadas en su pecho, escalón a escalón, presionando con las palmas contra los músculos que cubrían su corazón y besándolo cada dos peldaños.

El primer beso alcanzó el labio inferior de Noah, el segundo cayó en la comisura de su boca y el tercero fue tan fuerte que la herida del labio volvió a abrirse y sintió el sabor metálico de la sangre, cálido y penetrante sobre la lengua. No le importó.

La boca de Daniel regresaba una y otra vez a la suya, con la barba incipiente raspándole la barbilla y el aliento caliente y entrecortado contra los dientes.

Llegaron al dormitorio enredados entre manos y camisetas medio levantadas, con los dedos de Noah enganchados en el cuello abierto de la de Daniel y la palma de Daniel apoyada en la parte baja de la espalda de Noah, sobre el algodón húmedo.

Daniel se quitó su propia camiseta por la cabeza y la arrojó a un rincón.

Después agarró el dobladillo de la de Noah y tiró de ella hacia arriba, quitándosela tan deprisa que se le quedó enganchada en las orejas.

Ambos soltaron una maldición y se echaron a reír contra la boca del otro.

Durante todo ese tiempo, el pecho desnudo de Daniel permaneció pegado al de Noah, con el vello áspero rozándole la piel.

Entonces la parte posterior de las rodillas de Noah chocó contra el borde de la cama y Daniel lo empujó sobre ella.

Cayó de espaldas, perdiendo el aliento por el impacto.

Antes de que pudiera incorporarse, Daniel ya estaba encima de él, con una rodilla a cada lado de sus caderas, el peso asentado sobre sus muslos y ambas manos presionándole los hombros contra el colchón.

Bajo la luz de la luna, sus ojos parecían negros.

Noah podía sentir su calor a través de los vaqueros, la dureza de su erección contra el estómago y los músculos de sus muslos tensándose cuando desplazó el peso hacia delante.

—Creí que te había perdido —dijo Daniel, con voz baja y ronca—. Toda una semana pensando que se había acabado. Que nunca volvería a hacer esto.

Le desabrochó el cinturón con movimientos rápidos e impacientes. El cuero se deslizó por la hebilla, que golpeó con un tintineo el armazón de hierro de la cama. Le bajó los vaqueros y los calzoncillos de un solo tirón brusco, arrastrando la tela por sus rodillas, y los arrojó a un lado de la cama.