Capítulo 21 #2
El pene de Noah quedó libre contra su vientre, ya duro, con la punta húmeda.
Daniel lo contempló un momento, manteniendo una mano sobre su cadera y el pulgar presionando el hueso.
Después se levantó el tiempo justo para quitarse el resto de la ropa, primero los vaqueros y luego los calzoncillos, dejando su erección oscura y erguida contra el estómago.
Regresó antes de que Noah terminara de tomar aire, trepando sobre él y estirando el brazo hacia el cajón de la mesita de noche sin necesidad de preguntar dónde estaba nada.
Noah permaneció tumbado y lo dejó hacer.
Había pasado todo el verano llevando la iniciativa.
Todo el verano marcando el ritmo, sujetando a Daniel, diciéndole cuándo y cómo, procurando que cada caricia fuera cuidadosa y medida porque Daniel nunca había hecho nada de aquello y Noah había tenido muchísimo miedo de hacerle daño.
Ahora Daniel estaba arrodillado sobre él, rasgando con los dientes el envoltorio de un preservativo, abriendo el papel de aluminio y sacándolo entre los dedos.
Aquella imagen encendió algo en Noah como una cerilla.
Todo su cuerpo se tensó. Sus manos se despegaron de las sábanas antes de que se obligara a volver a bajarlas.
Daniel le colocó el preservativo con unas manos que esta vez no temblaban, sujetándolo por la base con una y desenrollándolo con la otra, alisándolo con el pulgar.
Después lo cubrió de lubricante, rápida y minuciosamente, cerrando el puño alrededor de su pene y deslizándolo una vez hacia arriba, despacio.
El lubricante estaba frío al principio, pero enseguida se calentó bajo su palma.
Las caderas de Noah se levantaron del colchón.
Daniel volvió a empujarlas hacia abajo, apoyando la mano libre sobre su estómago.
Después empezó a prepararse, llevando una mano hacia atrás, con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados, moviendo los dedos donde Noah no podía verlos.
Noah observó el movimiento de su antebrazo.
Vio cómo Daniel entreabría los labios para tomar aire.
Tuvo que aferrarse a la colcha para no alargar la mano hacia él.
En lo que pareció apenas un instante, Daniel se colocó encima de él y empezó a bajar.
No lo hizo despacio. Lo recibió con un movimiento largo y firme que arrancó un sonido de ambos, echando la cabeza hacia atrás, dejando la garganta expuesta y clavando los dedos en el pecho de Noah con fuerza suficiente para dejar marcas.
Su calor fue envolviendo a Noah centímetro a centímetro, estrecho y mucho más intenso de lo que había esperado, y las manos de Noah volaron hacia sus caderas para sujetarlas.
Daniel permaneció inmóvil un momento, completamente sentado sobre él, respirando con dificultad entre los dientes mientras su cuerpo se adaptaba, con los muslos temblando a ambos lados de las caderas de Noah y el pene erguido entre los dos.
Entonces empezó a moverse.
Fue rápido, brusco y desgarbado. Daniel se elevaba hasta que Noah estaba a punto de salirse y volvía a dejarse caer siguiendo un ritmo propio, persiguiendo algo con una determinación feroz.
La vieja cama de hierro se balanceaba y golpeaba la pared.
El cabecero chocaba contra el yeso. Cada descenso le arrancaba el aire de los pulmones a Noah, mientras el calor húmedo y estrecho de Daniel lo recibía hasta la base y el sonido de sus cuerpos al chocar resonaba en la pequeña habitación.
Noah llevó las manos a sus caderas para estabilizarlo, para hacerlo ir más despacio, pero Daniel le agarró las muñecas y se las inmovilizó contra el colchón, a ambos lados de la cabeza.
—Quédate así —dijo, sin aliento.
Noah obedeció.
Permaneció inmovilizado debajo de él, con las muñecas sujetas, observando cómo Daniel tomaba lo que quería.
El sudor le recorría el pecho y atrapaba la luz de la luna, formando un reguero por el centro y pequeñas gotas junto a la clavícula.
Los músculos de sus muslos se contraían con cada movimiento, con el vello oscuro destacando contra las sábanas claras.
Su pene se balanceaba al ritmo de sus caderas, sin que nadie lo tocara, dejando escapar gotas sobre el estómago de Noah.
Echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta, y los sonidos que salían de él ya no eran contenidos ni silenciosos: un gemido grave y entrecortado cada vez que bajaba, una respiración áspera cada vez que subía.
Noah nunca había visto nada parecido. Había imaginado a aquel hombre durante años, de todas las maneras posibles, y ni una sola vez había imaginado aquello: Daniel encima de él, inmovilizándole las muñecas, dejándose caer con todo su peso, con el rostro despojado de cualquier expresión que no fuera puro deseo.
—Daniel —consiguió decir—. Dios. Cariño.
Daniel se inclinó sobre él sin reducir el ritmo, todavía sujetándole las muñecas, con el rostro a pocos centímetros del suyo. El sudor de su pecho goteó sobre el de Noah. Su aliento caliente le rozó la boca.
—Dilo —exigió—. Dímelo.
—Te amo.
El ritmo de Daniel vaciló apenas un segundo. Algo se quebró en su expresión. Después se dejó caer con más fuerza, más deprisa, y besó a Noah con tanta intensidad que sus dientes chocaron, metiéndole la lengua en la boca, compartiendo el sabor metálico de la sangre de su labio partido.
—Te amo —dijo contra su boca, con voz áspera y urgente—. Te amo. ¿Me oyes? No voy a dejarte marchar otra vez.
Soltó una de las muñecas de Noah y le agarró el pene, acariciándolo al ritmo de sus caderas, con el puño apretado y los nudillos rozándole el estómago cada vez que bajaba la mano.
Noah liberó la otra muñeca y se aferró al muslo de Daniel, a su cadera, a cualquier parte de su cuerpo, sujetándose mientras Daniel se movía con tanta fuerza que el cabecero dejó una marca en el yeso.
Noah sentía cómo la tensión crecía en la base de su columna, acumulándose, mientras el cuerpo de Daniel se cerraba cada vez más a su alrededor con cada movimiento.
Le clavó los dedos en las nalgas con fuerza suficiente para dejarle moratones.
Daniel llegó al orgasmo primero, con un grito ronco que resonó contra las paredes del dormitorio. Todo su cuerpo se contrajo alrededor de Noah, su pene palpitó sobre su propio puño y el semen dejó regueros sobre el estómago y el pecho de Noah.
Eso fue todo lo que hizo falta. Noah alcanzó el orgasmo un segundo después, arqueándose sobre el colchón, empujando las caderas hacia arriba contra el peso de Daniel, con la boca abierta y un sonido escapándosele de la garganta que jamás habría podido convertir en palabras, mientras sus dedos seguían clavados en la piel de Daniel.
Durante mucho tiempo, lo único que se oyó fue la respiración de ambos, fuerte y entrecortada, calmándose poco a poco. El cuerpo de Daniel descansaba sobre el suyo, pesado y resbaladizo. Noah podía sentir su corazón golpeando contra sus propias costillas.
Entonces Daniel empezó a reírse.
Al principio fue una risa suave, que le sacudía el cuerpo con el rostro hundido en el cuello de Noah. Noah sintió la vibración contra su piel y, antes de darse cuenta, también estaba riéndose.
—¿De dónde coño ha salido eso? —preguntó Noah cuando consiguió recuperar el aliento.
Daniel levantó la cabeza. Tenía el pelo revuelto en todas direcciones y el rostro completamente sonrojado, pero sonreía de oreja a oreja, sin ninguna reserva, con un aspecto más joven de lo que Noah lo había visto jamás.
—No lo sé —respondió Daniel.
✽✽✽
A la mañana siguiente, Daniel no se marchó antes de que saliera el sol.
No se escabulló bajo la luz gris del amanecer para conducir hasta su casa por carreteras vacías, evitando que alguien viera su camioneta.
Durmió hasta tarde, más tarde de lo que Noah lo había visto dormir nunca.
Cuando finalmente despertó, el sol ya entraba a raudales por la ventana, extendiendo una luz cálida y dorada sobre la cama, y Daniel permaneció tumbado, parpadeando ante ella como si nunca hubiera visto nada parecido.
Su camioneta estaba aparcada en el camino de entrada de Noah, a plena luz del día.
Prepararon café en la cocina de la casa de campo.
Daniel llevaba unos pantalones de chándal de Noah y una vieja camisa de franela, con el pelo levantado de un lado.
Noah estaba junto a los fogones preparando huevos, y Daniel no dejaba de acercarse por detrás para rodearle la cintura con los brazos y apoyar la barbilla en su hombro.
Salieron al porche trasero con sus cafés y se sentaron uno junto al otro en el escalón superior, bajo la mañana fresca y luminosa, con los hombros rozándose y las tazas humeantes entre las manos.
Contemplaron los rastrojos dorados del campo de heno, los arces que resplandecían en rojo y naranja junto al arroyo y la niebla que todavía se elevaba de las zonas bajas bajo el sol.
Una camioneta apareció por la carretera comarcal.
Redujo la velocidad al pasar frente a la entrada. Noah la reconoció: era la del vecino de los Henderson, el viejo Walt Kessler, que tenía una granja lechera a tres kilómetros de allí y estaba al tanto de los asuntos de todo el mundo en tres municipios.
La camioneta redujo la velocidad hasta avanzar casi a paso de tortuga.
A través del parabrisas, Noah pudo ver a Walt estirando el cuello para observar la camioneta de Daniel Carter aparcada en la entrada de Noah Brooks a las nueve de un domingo por la mañana, y a los dos hombres sentados juntos en el escalón trasero.
Noah sintió que Daniel se quedaba inmóvil a su lado durante un momento, antes de levantar la mano y saludar.
La camioneta permaneció allí unos segundos más, con el motor al ralentí. Después Walt levantó dos dedos del volante en un saludo lento y desconcertado, y siguió carretera abajo.
Noah giró la cabeza y miró a Daniel, con los ojos un poco abiertos por la sorpresa al verlo contemplando el campo, con el café entre las manos, el sol de la mañana iluminándole el rostro y una sonrisa en los labios.