Capítulo 20 #2
Todas las noches cerraba la tienda a las seis y regresaba a una casa tan silenciosa que podía oír el tictac del reloj de la cocina desde lo alto de las escaleras.
Había empezado a dejar la televisión encendida.
La ponía en cuanto entraba por la puerta trasera, las noticias, algún partido o lo que estuvieran emitiendo, y dejaba que las voces murmuraran en el salón vacío mientras calentaba una lata de sopa de la que apenas comía.
Era la única manera de soportar el silencio.
La mantenía encendida hasta que subía a acostarse y, a veces, se olvidaba de apagarla y se despertaba en mitad de la noche oyéndola hablarle a nadie en la planta baja.
Las cosas de Luke seguían apiladas en el garaje, donde Ben las había dejado.
El sofá estaba cubierto con una manta de mudanza, junto a la cómoda, el baúl de juguetes de Meg y una pared de cajas de cartón etiquetadas con la letra apretada de Luke.
Daniel pasaba junto a ellas todas las mañanas de camino a la camioneta y todas las tardes al regresar. No las tocaba.
Arriba, en el apartamento, la pequeña cama blanca de Meg seguía desmontada sobre el suelo de su habitación amarilla, con las instrucciones arrugadas a su lado y la caja de listones todavía sin abrir, apoyada contra la pared.
La lámpara con forma de luna creciente continuaba en el alféizar donde él la había colocado.
Y sobre el sofá de cuadros del salón del apartamento, todavía dentro de su bolsa de plástico, estaba la colcha.
La señora Patterson la había terminado en septiembre.
La había llevado personalmente a la tienda una tranquila tarde de martes, cargándola entre los brazos dentro de una funda de tintorería.
Daniel se había quedado mirándola durante mucho tiempo, sin decir palabra.
Estaba hecha con los cuadrados azules y grises que Ellen había empezado más de siete años atrás, ahora con todas las hileras terminadas y un borde azul marino oscuro.
Las pequeñas y cuidadosas puntadas de la señora Patterson continuaban las de Ellen con tanta perfección que Daniel no conseguía encontrar el lugar donde terminaba el trabajo de una mujer y comenzaba el de la otra.
La señora Patterson le había dado unas palmaditas en la mano y le había dicho que Ellen tenía muy buen ojo para los colores. Después se había marchado, y Daniel se había quedado solo durante mucho tiempo, con una mano apoyada sobre la colcha.
Había pensado regalársela a Luke el día de la mudanza. Esperaría hasta que todas las cajas estuvieran dentro, la cama de Meg estuviera montada y todos se hubieran marchado. Entonces subiría al apartamento y se la entregaría a su hijo.
Nunca tuvo la oportunidad.
✽✽✽
A las diez de la mañana del sábado, oyó un coche en el camino de entrada.
Ya estaba junto a la puerta antes de que Luke hubiera subido siquiera la mitad de los escalones. Se miraron a través de la mosquitera.
Luke estaba en el escalón inferior, con las manos en los bolsillos.
Daniel pensó que parecía más delgado. Se parecía mucho al Luke de abril, de aquella noche en que Daniel había entrado con su llave en el apartamento de Bridge Street y lo había encontrado dormido en el sofá, todavía con las botas puestas.
Pero estaba allí. Había venido.
Daniel abrió la puerta mosquitera.
—Hola —dijo.
La voz le salió ronca y quebrada, apenas un suspiro. El alivio lo atravesó tan repentinamente que las rodillas le flaquearon y tuvo que agarrarse al borde de la puerta para mantenerse en pie.
—Hola, papá —respondió Luke en voz baja.
Se sentaron en el salón. Luke ocupó el sofá, sentado en el borde con los codos apoyados en las rodillas, y Daniel se instaló frente a él en su viejo sillón reclinable.
Había apagado la televisión y la habitación estaba muy silenciosa.
La luz de la mañana entraba por las ventanas delanteras y se extendía sobre la alfombra gastada que los separaba.
—¿Cómo has estado? —preguntó Luke.
Daniel pensó en mentir, en decir bien, como habría hecho una semana atrás. Pero ya no podía.
—Mal —respondió.
Luke asintió lentamente. Bajó la mirada hacia sus manos.
—Lo he terminado —dijo Daniel—. Lo de Noah. —Tragó saliva—. Se acabó, Luke. Ya está.
Luke no dijo nada.
—Lo siento —continuó Daniel—. Lo siento muchísimo.
Nunca quise hacerte daño. Nunca quise que pasara nada de esto.
Hacerte daño es lo último que desearía en el mundo.
—La voz le tembló, pero se obligó a continuar—.
Sé que esas palabras no significan gran cosa.
Después de lo que hice. Después de mentirte durante meses.
Sé que no sirven de nada. Pero son verdad.
Luke lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando Daniel terminó, permaneció callado durante un largo momento.
Después levantó la mirada.
—¿Estás enamorado de él?
Daniel negó con la cabeza.
—No importa. Se acabó. Nunca debería haber pasado.
—Eso no es lo que te he preguntado. —La voz de Luke era baja y muy firme—. ¿Estás enamorado de él?
—Luke...
—Papá. ¿Estás enamorado de él?
—No importa.
—¿Estás enamorado de él?
—Te he dicho que no...
—¿Estás enamorado de él?
Daniel ya estaba de pie antes de darse cuenta de que iba a levantarse.
—¡Sí! —La palabra le salió de golpe—. ¡Claro que lo estoy! ¿Cómo no iba a estarlo?
Había gritado demasiado.
Su voz llenó el salón, rebotó contra las paredes y dejó un eco en el silencio que siguió. Daniel permaneció inmóvil un momento, con las manos temblándole a los costados y el pecho subiendo y bajando agitadamente.
—Perdona —dijo, ahora en voz muy baja—. Lo siento. No quería gritarte.
Se dejó caer en el extremo más alejado del sofá, con las piernas cediendo bajo su peso, y se cubrió el rostro con las manos.
Durante un momento, Luke no dijo absolutamente nada.
Entonces Daniel sintió que el sofá se hundía ligeramente cuando Luke se acercó. Después sintió sus brazos rodeándolo, torpes y fuertes, atrayéndolo contra el pecho de su hijo.
—Eh —dijo Luke—. Papá. Eh. Tranquilo. Está bien.
—No está bien. —La voz de Daniel salió amortiguada contra sus propias palmas, espesa y rota—. No lo está. Lo he estropeado todo. Me avergüenzo de mí mismo. Te quiero muchísimo, Luke. Lo siento tanto.
Luke lo abrazó con fuerza.
—Lo sé —respondió en voz baja—. Lo sé, papá.
Guardó silencio un momento. Después continuó, sin soltarlo.
—Lo entiendo. De verdad. No puedes luchar contra lo que sientes cuando te enamoras de alguien. Eso lo sé. —Hizo una pausa—. Que Noah y tú estéis enamorados no es el problema. Eso me da igual. Quiero decir, es raro. Es jodidamente raro.
Daniel percibió algo parecido a una risa en su voz, áspera y cansada.
—Pero me da igual. Ese no es el problema.
Daniel bajó lentamente las manos.
—El problema es que me mentisteis —dijo Luke—. Los dos. Durante meses. Eso es lo que no consigo superar.
—Lo siento —susurró Daniel.
—Sé que lo sientes. —Luke se apartó un poco y lo miró. Tenía los ojos enrojecidos—. Todavía estoy cabreado, papá. Y voy a seguir cabreado durante un tiempo. Necesito tiempo.
Mantuvo la mirada de Daniel.
—Pero lo entiendo. De verdad.
Daniel asintió. No podía hablar.
Luke lo observó durante un largo momento. Después algo cambió en su expresión. Algo firme, decidido y obstinado, tan parecido a Ellen que a Daniel se le cortó la respiración.
—Pero tienes que dejar de ser idiota —dijo Luke— e ir a buscarlo.
Daniel lo miró fijamente.
—Tú y yo lo sabemos mejor que nadie —dijo Luke en voz baja—. Mamá. Hannah.
La voz le vaciló al pronunciar los nombres, pero recuperó la firmeza.
—Lo sabemos. Todo puede desaparecer de repente. Un día todo está bien y al siguiente ya no. Un día estás haciendo planes y discutiendo por a quién le toca lavar los platos, y al siguiente estás de pie en el pasillo de un hospital.
Tragó saliva con dificultad.
—Si tienes a alguien que te hace feliz, papá, no lo dejas escapar. Por nada del mundo.
Hizo una pausa.
—Ni siquiera por mí.
Luke se inclinó hacia él y volvió a abrazarlo. Esta vez con fuerza, estrechándolo con firmeza entre sus brazos. Daniel rodeó a su hijo con los suyos y se aferró a él, con el rostro hundido contra su hombro y los ojos fuertemente cerrados. Tardó mucho tiempo en soltarlo.
Antes de que Luke se marchara, Daniel subió al apartamento y bajó la colcha.
Le contó que Ellen había empezado a hacerla el invierno anterior a su muerte.
Que estaba destinada a ser un regalo por su vigésimo tercer cumpleaños.
Le explicó que había permanecido siete años en el bastidor de su cuarto de costura porque Daniel no había sido capaz de soportar verla.
Le contó que Noah había encontrado a la señora Patterson y que ella la había terminado.
Luke extendió la mano y abrió lentamente la bolsa de plástico.
Sacó la colcha, la desplegó sobre sus rodillas y el sofá a su lado, y la alisó con ambas manos.
Los cuadrados azules y grises se extendieron bajo la luz de la mañana, hilera tras hilera cuidadosamente cosida, con el borde azul marino oscuro alrededor.
Daniel lo observó. Vio cómo movía la mandíbula, cómo los ojos se le llenaban de lágrimas hasta que empezaron a desbordarse, y cómo su mano se detenía sobre un cuadrado en particular, cerca del centro, de un gris pálido, y permanecía allí, extendida, como si buscara sentir algo debajo de la tela.
Cuando Luke finalmente se marchó, se llevó la colcha.
La dobló con cuidado, la sostuvo contra el pecho con ambos brazos mientras caminaba hacia el coche y la depositó en el asiento del acompañante como si fuera algo que pudiera romperse.
—Traeré a Meg a cenar el próximo domingo —dijo antes de subir al coche.
Daniel permaneció en el umbral mirando a su hijo, con los ojos brillantes.
—Me gustaría mucho —susurró.