La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Noah

Los días fueron pasando.

Midió tres veces la misma solera superior y aun así la cortó dos centímetros y medio más corta de lo necesario. Marcó una línea de tiza en el lugar equivocado de la losa, y Jimmy tuvo que trazar otra discretamente a su lado.

El sábado perdió la cinta métrica cuatro veces. Una la encontró en su propio bolsillo trasero y otra encima de la pila de madera que tenía justo delante, donde la había dejado treinta segundos antes. Tenía la cabeza en otra parte.

El lunes por la mañana, cuando Dev regresó de sus vacaciones, bastó con que le echara un vistazo a la cara para que se quedara clavado en medio de la obra, con el café a medio camino de la boca.

—Joder, jefe. ¿Qué te ha pasado?

—Me choqué con una puerta.

Dev lo observó durante un largo momento.

—Una puerta —repitió.

—Sí.

—Pues menuda puerta.

Noah se dio la vuelta y recogió su pistola de clavos, ignorándolo. Dev no volvió a preguntar. Pero Noah lo sorprendió mirándolo más de una vez durante los dos días siguientes, con una expresión larga y pensativa desde el otro lado de la obra, antes de volver a su trabajo sin decir palabra.

Por las noches, Noah regresaba a casa y no comía.

Se quedaba de pie frente a la nevera abierta, con el aire frío envolviéndolo, mirando lo que había dentro, pero nada parecía merecer el esfuerzo de sacarlo.

Volvía a cerrar la puerta. Se sentaba a oscuras en la mesa de la cocina con una cerveza que no bebía, o salía al porche trasero para contemplar el campo negro y escuchar las ranitas junto al arroyo.

Se acostaba alrededor de medianoche y permanecía despierto mirando el techo, las sombras lentas que proyectaba la luna sobre el yeso.

A veces dormía. La mayoría de las veces, no.

Cuando conseguía hacerlo, soñaba con la habitación amarilla y despertaba con el corazón desbocado y una mano apoyada contra la mejilla amoratada.

No le escribió a Daniel.

Había dicho está bien. Había dicho lo entiendo. Y lo había dicho en serio.

Había comprendido que Daniel estaba eligiendo a su hijo, que era la decisión correcta y que Noah no tenía ningún derecho a ponérselo todavía más difícil.

Así que no le escribió. No lo llamó. No pasó por el extremo de Linden Street cuando regresaba del trabajo, aunque apenas habría añadido dos minutos al trayecto y pensaba en hacerlo todas las noches.

Empezó a escribirle un mensaje a Luke una docena de veces.

Se sentaba en el borde de la cama, a oscuras, con el teléfono en la mano y el nombre de Luke en la parte superior de la pantalla, y empezaba a teclear.

Lo siento muchísimo. Borrar. Sé que no quieres saber nada de mí. Borrar. ¿Podemos hablar? Borrar. Nunca quise... Borrar. Por favor. Borrar.

Todo lo que escribía le parecía equivocado, insignificante, egoísta e insuficiente. Las palabras se desmoronaban bajo el peso de lo que intentaban expresar. Al final las borraba todas, dejaba el teléfono boca abajo sobre la mesita de noche y volvía a tumbarse en la oscuridad.

✽✽✽

El miércoles por la noche, poco después de las nueve, un coche entró en su camino de acceso.

Noah estaba sentado a la mesa de la cocina, con la luz del techo apagada y únicamente la pequeña lámpara sobre los fogones encendida.

Lo oyó antes de verlo. Los neumáticos crujieron sobre la grava y los faros iluminaron la ventana de la cocina, proyectando una franja de luz que recorrió la pared.

El corazón le dio un vuelco. Se levantó, fue hasta la ventana delantera y miró afuera.

Era el coche de Luke.

El viejo Honda azul, el que tenía el parachoques trasero abollado desde aquella vez que Luke había dado marcha atrás contra el buzón frente al taller de Ben.

Avanzó lentamente por el largo camino flanqueado por arces, con los faros cortando la oscuridad.

Se detuvo frente al porche, el motor se apagó y las luces se extinguieron.

Durante un largo momento, no ocurrió nada.

Entonces se abrió la puerta del conductor.

Noah ya estaba junto a la puerta principal antes siquiera de darse cuenta de que se había movido. La abrió antes de que Luke terminara de subir los escalones del porche, antes de que pudiera llamar, y el resplandor amarillo de la luz exterior se extendió sobre las tablas.

Luke se detuvo en el último escalón.

Permaneció allí, con las manos hundidas en los bolsillos de su vieja chaqueta de lona y los hombros encogidos contra el frío de octubre.

Tenía un aspecto terrible. Parecía llevar días sin dormir, con el rostro pálido y demacrado, los ojos enrojecidos y la mandíbula oscurecida por la barba de varios días.

Su mirada se dirigió al moratón, cuyo color violáceo empezaba a desvanecerse en tonos amarillentos y verdosos por los bordes, y después al labio partido, ya medio cicatrizado. Algo cruzó su rostro tan deprisa que Noah estuvo a punto de no verlo. Una expresión fugaz que apareció y desapareció.

—¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.

Noah retrocedió y mantuvo la puerta abierta.

Se sentaron frente a frente a la mesa de la cocina, sin decir nada durante mucho tiempo.

Noah conocía a Luke Carter desde hacía trece años.

Desde que ambos tenían diecisiete y se sentaban juntos al fondo de la clase de química del señor Delaney, pasándose notas hasta que los pillaban.

Lo había acompañado durante sus primeras novias, sus primeros trabajos y sus primeros apartamentos, durante su boda, el nacimiento de Meg y el funeral de Hannah.

Había estado a su lado en todo aquello. Y en todos esos años, nunca había habido una sola ocasión en la que no supiera qué decirle.

Ahora no lo sabía.

Aun así, lo intentó.

—Lo siento —dijo.

Luke no respondió. Ni siquiera levantó la mirada de la mesa.

Noah continuó.

Le contó la verdad. Toda. Le dijo que nunca había planeado nada de aquello.

Que sentía algo por Daniel desde que tenían diecisiete años, desde la primera vez que fue a su casa, y que jamás había hecho nada al respecto.

Nunca. Ni una sola vez en trece años. Y nunca lo habría hecho, por Luke.

Porque Luke era su mejor amigo, lo más parecido a un hermano que había tenido jamás, y Noah habría preferido cortarse una mano antes que hacerle daño.

Le contó que en mayo, cuando Luke lo llamó para hablarle del apartamento, había pensado que podría manejar la situación. Se había convencido de que no pasaría nada, de que sería un trabajo como cualquier otro.

Pero no había podido. Las cosas no habían salido bien y no había sabido controlarlas. Le contó que habían intentado detenerse. Los dos. Una y otra vez, durante todo el verano.

—Siento haberte mentido —dijo, con voz ronca—. Lo siento. —Tragó saliva—. Y siento muchísimo haberte hecho daño. Cuando ya estabas sufriendo tanto. Cuando apenas empezabas a recuperarte.

Luke seguía sin levantar la mirada. Pero Noah vio cómo apretaba la mandíbula.

—No te estoy pidiendo que me perdones —continuó—. Sé que la cagué. Sé que lo arruiné todo. Lo nuestro. Tú y yo. Lo sé. No te estoy pidiendo nada para mí.

Se obligó a levantar la cabeza. Se obligó a mirar a Luke al otro lado de la mesa.

—Pero, por favor, perdona a tu padre.

Luke levantó los ojos y se encontró con los suyos por primera vez.

—Te quiere —dijo Noah—. Te quiere a ti y a Meg más que a nada en este mundo.

Lo he visto durante todo el verano. Todo lo que hizo, cada tabla, cada clavo, fue por vosotros.

Por ti y por Meg. Para que tuvierais un lugar donde empezar de nuevo.

—La voz se le quebró, pero se obligó a recuperar la firmeza—.

Esto fue cosa mía. Yo fui quien lo buscó.

Sabía lo que él sentía y sabía lo que te haría si alguna vez te enterabas, y aun así seguí adelante. Yo provoqué todo este desastre. No él.

Mantuvo la mirada de Luke.

—No la tomes con él. Por favor.

Luke lo observó durante un largo momento, con una expresión imposible de descifrar. Después volvió a bajar la mirada hacia la mesa. El silencio se prolongó interminablemente. El búho volvió a ulular desde el lindero del bosque.

Al cabo de un minuto, Luke apartó la silla. Las patas rasparon el viejo suelo de madera, haciendo un ruido ensordecedor en la cocina silenciosa. Salió de la cocina y recorrió el oscuro pasillo de entrada hacia la puerta principal.

Noah permaneció sentado a la mesa. No lo siguió.

Pensó: Ya está. Era la última vez. La última vez que Luke Carter se sentaría a aquella mesa, que caminaría por aquella casa o que miraría a Noah a los ojos.

Al llegar a la puerta principal, Luke se detuvo.

Permaneció allí, con una mano apoyada en el marco y de espaldas a la cocina. Noah podía distinguirlo bajo la tenue luz del porche, con los hombros encorvados bajo la chaqueta de lona y la cabeza inclinada.

—¿Estás enamorado de él? —preguntó en voz baja.

Noah no vaciló. Ni siquiera un segundo.

—Sí —respondió—. Claro que lo estoy.

Luke giró la cabeza y lo miró desde el otro extremo del pasillo. Noah no consiguió descifrar su expresión. Tenía medio rostro sumido en las sombras, y había algo en él que nunca había visto antes. Algo cansado, inquisitivo y profundamente triste.

Entonces asintió una sola vez antes de marcharse.

✽✽✽

Daniel

El sábado por la mañana se cumplía una semana desde la mudanza.

Daniel había vuelto a abrir la tienda el martes, a las ocho en punto.

Lo había hecho porque no sabía qué otra cosa hacer consigo mismo.

Porque estar detrás del mostrador cobrando sacos de mantillo, cajas de clavos y copias de llaves para desconocidos era mejor que quedarse solo en la cocina con el teléfono.

Kyle se había dado cuenta de que algo iba mal el miércoles.

Daniel lo notaba en la forma cautelosa en que el chico lo miraba y en cómo había empezado a encargarse discretamente de reponer las existencias sin que nadie se lo pidiera.

Pero, pese a tener solo diecinueve años, había tenido el buen juicio de no decir nada, y Daniel se lo agradecía.