Capítulo 15
Daniel
A mediados de agosto, el apartamento estaba casi terminado.
La cocina ya estaba lista. Todos los armarios de madera de cerezo estaban instalados y nivelados, con las separaciones perfectamente uniformes, y las encimeras de esteatita habían sido colocadas y aceitadas hasta adquirir un brillo gris oscuro y suave bajo la luz de la tarde.
La escalera exterior ya tenía barandilla, sólida y lisa al tacto, teñida del mismo marrón cálido que los peldaños. Y la habitación de Meg era amarilla.
Llevaba una semana pintada de amarillo. Luke la había llevado un domingo por la tarde, antes de que los trabajadores pintaran el resto, porque Noah había dicho que debía ser ella quien empezara.
Daniel había permanecido en el umbral con el teléfono mientras Noah se agachaba junto a la niña sobre la lona protectora, con un rodillo cargado de pintura exactamente del mismo color que el sol de su dibujo.
Meg había rodeado el mango con sus dos manitas y Noah había puesto su mano grande sobre las de ella.
Juntos habían deslizado el rodillo hacia arriba por la pared, dejando una franja larga, torcida y maravillosa.
Meg había soltado un chillido de alegría.
Una gota gruesa de pintura amarilla había resbalado por el rodillo y salpicado la mejilla de Noah, que se había echado a reír con la cabeza hacia atrás.
Meg se había reído tanto que había terminado sentada sobre la lona.
Luke había permanecido junto a Daniel en la puerta, con los brazos cruzados y los ojos sospechosamente brillantes, sin decir una palabra.
Daniel había sacado treinta y una fotos.
Las había repasado aquella noche, sentado en el borde de la cama.
Meg con el rodillo. Meg y Luke, con Luke agachado a su lado, sonriendo de oreja a oreja.
Meg mostrando a la cámara sus manos salpicadas de amarillo.
La franja terminada en la pared, torcida y perfecta.
Pero había una foto a la que volvía una y otra vez.
Una que, durante los días siguientes, se sorprendía buscando constantemente en el despacho trasero de la ferretería, en la camioneta mientras esperaba en los semáforos, en la cama a oscuras antes de quedarse dormido.
Era la de Noah.
Noah riéndose, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos casi cerrados de tanto sonreír y una brillante mancha de pintura amarilla cruzándole la mejilla.
✽✽✽
Se dio cuenta de que era feliz un martes cualquiera.
Eran poco más de las ocho y acababa de abrir la puerta principal y darle la vuelta al cartel. Estaba detrás del mostrador, contando el dinero del fondo de caja de la mañana, cuando sonó la campanilla de la puerta. Levantó la vista y allí estaba Noah.
Llevaba la ropa de trabajo, las botas cubiertas de polvo y el pelo todavía húmedo de la ducha. Tenía en las manos dos vasos de cartón con café de la cafetería, de cuyas tapas escapaba un poco de vapor. Cruzó la tienda sin decir palabra y dejó uno de los vasos sobre el mostrador, delante de Daniel.
Después se dio la vuelta y se dirigió al pasillo seis. Regresó un minuto más tarde con una cajita de conectores para cables. La dejó sobre el mostrador, junto al café, y sacó la cartera.
Daniel le cobró. Noah pagó. Recogió la caja de conectores y su propio café, y le dedicó a Daniel una pequeña sonrisa torcida y cómplice que apenas duró medio segundo.
Luego se dio la vuelta y salió de la tienda, con la campanilla sonando a su espalda, como si comprar una caja de conectores hubiera sido la única razón de su visita.
Daniel se quedó detrás del mostrador, sosteniendo el café.
El vaso estaba caliente entre sus manos, el cartón blando y ligeramente húmedo.
A través del escaparate vio a Noah cruzar la acera, subir a su camioneta y alejarse del bordillo.
Permaneció allí mucho después de que la camioneta doblara la esquina y desapareciera, hasta que se dio cuenta de que estaba sonriendo.
No podía evitarlo. La sonrisa había aparecido sin que se diera cuenta y ahora estaba allí, extendida por todo su rostro, amplia, involuntaria e imposible de borrar.
✽✽✽
Ahora se enviaban mensajes durante todo el día.
Había empezado sin que ninguno de los dos lo decidiera, con algún mensaje ocasional sobre el apartamento o la inspección.
En algún momento, a principios de agosto, se había convertido en otra cosa.
Noah le enviaba fotografías del trabajo: una puerta recién instalada, un tramo de molduras terminadas, la barandilla de la escalera exterior con los últimos rayos de sol reflejándose en ella.
Pero también le enviaba otras fotos. Una garza entre los juncos de la orilla del embalse a las seis de la mañana.
Un buzón ridículo con forma de perca americana que había encontrado en un trabajo a las afueras de Danford.
Un cartel pintado a mano en un puesto agrícola que decía MAÍZ DULCE Y TOMATES DE VERDAD.
Un viejo martillo Estwing en una venta de garaje, idéntico al que había tenido su padre, acompañado de un mensaje que decía simplemente: Me acordé de ti.
Una vez le envió una fotografía del cielo sobre el campo que había detrás de su casa, tan rojo que Daniel tuvo que interrumpir lo que estaba haciendo y quedarse en medio del pasillo tres, mirando el teléfono.
Daniel también empezó a enviarle cosas. Una fotografía del descolorido cartel de Ferretería Carter, desde 1987 que colgaba sobre la puerta del despacho trasero, que ya estaba allí cuando compró el negocio y que nunca había tenido valor para volver a pintar.
Una torre torcida de botes de pintura que Kyle había apilado de una manera que parecía desafiar las leyes de la estabilidad.
Las vistas desde su porche al anochecer.
Pequeñas cosas. Cosas que antes jamás se le habría ocurrido compartir con nadie. Cosas en las que había dejado de fijarse durante los últimos siete años, hasta que, de pronto, tuvo a alguien por quien volver a prestarles atención.
Había empezado a acostarse pensando en Noah y a despertarse pensando en él.
Se quedaba tumbado a oscuras, con el teléfono sobre la mesita de noche, y se descubría pendiente de escuchar su suave vibración.
Por las mañanas, lo primero que hacía, incluso antes de abrir del todo los ojos, era estirar la mano para comprobar si tenía algún mensaje esperándolo.
Casi siempre lo había.
Durante la cena del domingo, Luke se dio cuenta.
Estaban los tres sentados a la mesa de la cocina de Daniel, con un asado de ternera, puré de patatas y judías verdes del huerto.
Meg estaba contando una historia larguísima y casi incomprensible sobre una niña de sus clases de natación que tenía un lagarto como mascota.
Las ventanas estaban abiertas, la tarde era cálida y la luz entraba baja y dorada sobre la mesa.
Daniel se estaba riendo de algo que había dicho Meg cuando levantó la vista y descubrió que Luke lo observaba desde el otro lado de la mesa con una expresión extraña y pensativa.
—Te veo diferente, papá —dijo Luke—. Feliz.
La mano de Daniel se quedó inmóvil sobre el tenedor.
—La tienda ha tenido mucho movimiento —respondió.
—No —dijo Luke. Negó lentamente con la cabeza, sin dejar de estudiarlo—. No, es algo más que eso. Llevas todo el mes diferente. —Hizo una pausa—. Más feliz. Como eras antes. Antes de...
Daniel no levantó la mirada. Echó sal sobre las patatas, mucha más de la que quería.
—No sé qué será —continuó Luke, ahora más bajo—. Pero me alegro. ¿Sabes? Hacía mucho tiempo. —Cogió su propio tenedor y bajó la vista hacia el plato—. Me alegro mucho, papá. De verdad.
Daniel asintió. No podía hablar.
Se llevó a la boca un poco de puré y descubrió que era incapaz de tragarlo.
Se le quedó sobre la lengua, espeso y salado, mientras la garganta se le cerraba alrededor de algo duro y enorme.
Por un momento pensó que iba a atragantarse.
Se obligó a masticar. Se obligó a tragar.
La comida descendió como una piedra y se le quedó pesando en el pecho.
Al otro lado de la mesa, Luke ya había vuelto a prestar atención a Meg y le estaba preguntando cómo se llamaba el lagarto.
Meg se lo explicaba con todo lujo de detalles y él sonreía, con la cálida luz del atardecer iluminándole el rostro.
También tenía mejor aspecto. Se parecía más al Luke de siempre de lo que se había parecido en meses.
Daniel permaneció sentado, mirando a su hijo, y la culpa lo golpeó con tanta fuerza y tan de repente que tuvo que dejar el tenedor sobre la mesa.
✽✽✽
El cumpleaños de Hannah caía en la tercera semana de agosto.
Daniel lo había marcado en el calendario de la cocina allá por junio, con un pequeño círculo a lápiz alrededor de la fecha que nadie más habría notado.
Había pensado en ello durante toda la semana.
Había llamado a Luke el lunes y otra vez el miércoles, con cuidado de no mencionar el cumpleaños, limitándose a preguntar por Meg, por el taller y por si el Ford del 78 por fin había vuelto a manos de su dueño.
Luke había sonado cansado, pero sereno, y Daniel se había permitido creer que quizá todo iría bien.
A las diez de aquella noche, sonó su teléfono.
Ya estaba en la cama, aunque seguía despierto.
Llevaba un rato tumbado a oscuras, con el teléfono sobre la mesita de noche, medio pendiente de un mensaje de Noah que no había llegado.
Cuando la pantalla se iluminó, estiró la mano pensando que podía ser él.
Pero era el nombre de Luke el que aparecía, y Luke nunca llamaba tan tarde.
—Papá. —La voz de Luke sonaba espesa, arrastrada y muy baja—. ¿Puedes venir?
Daniel ya se estaba incorporando, buscando los vaqueros.
—Voy para allá.
✽✽✽
Encontró a Luke sentado en el suelo de la cocina.