La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Mantuvo un ritmo lento. Embestidas largas, profundas, pausadas, balanceando las caderas para darle a Daniel tiempo de sentir cada una.

No dejó de mirarlo a los ojos. Sus rostros estaban separados apenas por unos centímetros bajo la luz ámbar, y Noah observó cómo cada cosa que le hacía se reflejaba en aquella cara.

La sorpresa. La incredulidad. Y después algo más profundo, algo que hizo que Daniel entreabriera los labios y abriera mucho los ojos, húmedos de emoción.

Las manos de Daniel le recorrieron la espalda y se aferraron a él, atrayéndolo hacia sí.

Noah no cambió el ritmo.

Daniel empezó a empujar las caderas contra él, inquieto, buscando más. Noah deslizó una mano hasta su cadera y lo sujetó para mantenerlo quieto, sin dejar de moverse exactamente de la misma manera: despacio, profundamente, sin darle tregua.

—Noah. —La voz de Daniel se había vuelto ronca—. Noah, por favor.

—¿Por favor, qué?

—Más rápido. Por favor.

Noah se inclinó y lo besó lenta y profundamente, sin acelerar ni un poco.

Daniel dejó escapar contra su boca un sonido de pura frustración desesperada, y Noah sintió que una sonrisa le tiraba de los labios.

Mantuvo aquel mismo ritmo lento y profundo, y Daniel se deshacía un poco más con cada embestida.

Hundió la cabeza en la almohada. Le clavó los dedos en la espalda a Noah.

Ahora estaba suplicando, con la voz rota y las palabras incoherentes, por favor, Noah, Dios, una y otra vez, mientras todo su cuerpo temblaba y se tensaba debajo de él.

Y solo entonces Noah le dio lo que quería.

Aceleró. Embistió con más fuerza. Daniel gritó, arqueando la espalda hasta despegarla de la cama, y Noah sostuvo su mirada mientras se hundía en él, observando cómo se abandonaba por completo al placer.

La intensidad fue creciendo, cada vez más, hasta que la respiración de Daniel se deshizo en jadeos agudos e involuntarios y sus ojos se abrieron, perdidos, incapaces de enfocar.

Entonces, sin que Noah siquiera lo hubiera tocado, Daniel llegó al orgasmo.

Todo su cuerpo se contrajo debajo de él y gritó el nombre de Noah mientras el placer lo atravesaba, con las manos aferradas a su espalda.

La imagen, el sonido, la sensación de Daniel estremeciéndose debajo de él fueron demasiado para Noah.

Lo siguió unos instantes después, con un gemido profundo y tembloroso, hundiéndose hasta el fondo y quedándose allí, con la frente apretada contra la de Daniel y todo el cuerpo sacudido por los temblores.

Durante un largo rato, ninguno de los dos se movió.

Noah yacía medio encima de él, con el rostro hundido en el hueco de su cuello.

Ambos respiraban con dificultad y tenían la piel resbaladiza por el sudor.

Daniel lo rodeaba con los brazos, aferrándose con fuerza a su espalda.

Al otro lado de la ventana abierta, los grillos seguían cantando junto al arroyo, las cortinas se agitaban con la brisa cálida y, a lo lejos, al otro lado de los campos, ladraba un perro.

Al cabo de un rato, Noah se retiró de él con todo el cuidado que pudo. Sintió que Daniel se estremecía de dolor.

—¿Estás bien? —susurró.

Daniel asintió contra la almohada.

Noah se levantó y fue al baño del pasillo.

Regresó con una toallita húmeda y tibia y limpió a Daniel con delicadeza, con cuidado, mientras él yacía desmadejado sobre la colcha y lo observaba con los párpados pesados.

Después fue a buscar un vaso de agua al baño y le hizo beber la mitad, sentado en el borde de la cama, con una mano apoyada sobre el pecho de Daniel.

—¿Te duele algo?

—Un poco. —La voz de Daniel estaba ronca—. No demasiado.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar Noah, más bajo esta vez—. ¿De verdad?

Daniel lo miró durante un largo momento bajo la tenue luz de la lámpara. Luego alzó la mano, apoyó la palma contra la mejilla de Noah y la dejó allí.

—Sí —respondió suavemente—. De verdad.

Permanecieron acostados en la cama de Noah, con la ventana abierta y la lámpara apagada.

Pasaba de la una de la madrugada. La luz de la luna entraba por la ventana y se extendía, pálida, sobre la colcha y sus cuerpos entrelazados.

Daniel yacía boca arriba, mientras Noah estaba de lado, junto a él, con un brazo extendido sobre su pecho.

Noah sentía el lento subir y bajar de su respiración y los latidos de su corazón bajo la palma, ahora acompasados.

—¿Desde cuándo? —preguntó Daniel.

Su voz llegó quedamente desde la oscuridad.

Noah levantó la cabeza.

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo deseas esto?

Noah se quedó inmóvil.

Pensó en mentir. Podía decir desde hace un tiempo. Podía decir desde la primavera, desde lo del apartamento. Sería más fácil y más seguro. No exigiría nada de ninguno de los dos.

—Desde que tenía diecisiete años —respondió en cambio—. Desde la primera vez que fui a tu casa.

El silencio se prolongó. Noah sentía los latidos del corazón de Daniel bajo la palma y notó que empezaban a acelerarse. Permaneció allí, esperando, sin permitirse apartar la mano.

—¿Por qué nunca dijiste nada? —preguntó Daniel por fin.

Noah soltó una risa. Le salió suave, un poco desvalida en la oscuridad, sin demasiado humor.

—Estabas casado —dijo—. Y eres el padre de Luke.

Bajó la mirada hacia el rostro de Daniel, pálido y cubierto de sombras bajo la luz de la luna.

—¿Qué se suponía que iba a decir?