La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Noah

Durante dos semanas, se mantuvo alejado.

Iba a la casa de los Carter a la hora del almuerzo, cuando sabía que Daniel estaría detrás del mostrador de la ferretería de Main Street, y revisaba el avance de la obra.

Los muchachos de Dev habían terminado la ducha ese lunes; todas las juntas estaban rellenas, alisadas con esponja y limpias.

Noah pasó el pulgar por la unión donde terminaba su trabajo y empezaba el de ellos, y descubrió que era incapaz de notar la diferencia.

Siempre se iba antes de las cinco. Nunca se quedaba hasta tarde.

El miércoles de la primera semana, su teléfono vibró sobre el tablero mientras esperaba con el motor en marcha en el semáforo de Bridge Street.

Daniel.

El corazón le dio un vuelco absurdo y violento contra las costillas.

¿Cuándo llega el mueble del lavabo?

Noah se quedó mirándolo hasta que el auto de atrás tocó la bocina. Cruzó la intersección, se orilló y se quedó allí, con las luces de emergencia parpadeando, leyendo esas cuatro palabras una y otra vez, como si pudiera haber algo oculto detrás de ellas.

Escribió la fecha de entrega: Jueves 26, por la mañana. Después lo borró. Pensó en escribir ¿Estás bien?, y también Lo siento, y una docena de cosas más que le pesaban detrás de los dientes, imposibles de pronunciar.

Al final, solo envió la fecha y la hora.

Luego arrojó el teléfono al asiento del pasajero, con la pantalla hacia abajo, y condujo hasta la casa de los Henderson con la mandíbula tan apretada que le dolían las muelas.

✽✽✽

Dormía mal.

Siempre había dormido bien. Apoyaba la cabeza en la almohada y se quedaba dormido en cinco minutos; a las cinco y media ya estaba de pie, sin necesidad de despertador. Su padre había sido igual. La conciencia tranquila y un día de trabajo duro, solía decir el viejo. No hay mejor somnífero.

Ahora Noah se quedaba despierto hasta las dos, las tres, a veces las cuatro de la madrugada. Contemplaba las sombras del ventilador del techo girando lentamente sobre él y escuchaba el zumbido del refrigerador al otro lado de la pared de su dormitorio.

Y pensaba en aquello.

Intentaba no hacerlo. Probaba contar hacia atrás, repasar mentalmente las listas de tareas pendientes y visualizar cómo levantaría una pared, montante por montante, desde la solera inferior hacia arriba.

Nada funcionaba. Siempre terminaba regresando con la mente a aquel apartamento oscuro, como el agua que encuentra el punto más bajo de un suelo.

La mano de Daniel, aferrada a la parte delantera de su camisa. Aquel segundo terrible en el que Noah no había sabido si estaba a punto de apartarlo de un empujón o de atraerlo hacia sí.

Las palmas de Daniel sobre su espalda desnuda, inseguras, temblorosas, extendiéndose sobre su piel como si intentara aprenderse la forma de su cuerpo a través del tacto.

El sonido que había hecho.

El sonido que Daniel había dejado escapar al correrse, ronco, quebrado, arrancado directamente de su pecho y amortiguado contra el cuello de Noah.

Todavía podía sentir la vibración contra su garganta.

Lo oía en el silencio de las tres de la mañana.

Lo oía por encima del chirrido del taladro en la obra.

Lo oía bajo la ducha, en la camioneta y en esa fracción de segundo antes de que el sueño finalmente lo venciera, solo para hacerlo despertar de golpe otra vez, con el corazón desbocado.

Había pasado trece años sin permitirse siquiera imaginarlo.

Ahora ya no necesitaba imaginar nada. Lo sabía.

Y, de alguna manera, era peor que no saberlo.

✽✽✽

El segundo jueves, poco después de la una de la madrugada, se rindió.

Llevaba dos horas acostado, sudando entre las sábanas en aquella oscuridad cálida y húmeda, con el cuerpo tenso como un resorte a punto de saltar. Al final, maldijo al techo, apartó las cobijas y entró al baño. Abrió la ducha al máximo y se metió antes de que el agua siquiera se calentara.

Su intención había sido refrescarse. Nada más. Se quedó allí, con los ojos cerrados y el agua fría golpeándole los hombros, y durante unos segundos funcionó.

Después el agua se calentó, el vapor empezó a elevarse y volvió a pensar en aquello.

Las muñecas de Daniel atrapadas entre sus manos, inmovilizadas por encima de su cabeza, y la forma en que todo su cuerpo se había aflojado, convertido en algo ardiente y maleable bajo el agarre de Noah, como si llevara años esperando que alguien lo sujetara así.

El peso de su cuerpo contra el muslo de Noah.

El calor de su polla a través de aquellos pantalones deportivos tan finos.

La manera en que sus caderas se sacudían y se movían hacia abajo, buscando más placer.

Su respiración deshaciéndose contra la oreja de Noah.

Noah apoyó una mano contra los azulejos y se tomó la polla con la otra.

No tardó mucho. No tardó nada. Llevaba dos semanas enteras acumulando tanta tensión que todo terminó casi antes de empezar.

El recuerdo de aquel sonido, el sonido de Daniel, lo empujó al límite, y se corrió con la frente apretada contra los azulejos mojados y el nombre de Daniel ahogado entre los dientes.

Después, no se movió.

Se quedó de pie, con la cabeza apoyada contra los azulejos fríos y los ojos cerrados, mientras el agua caliente le golpeaba la espalda y la vergüenza se extendía lentamente, pesada, detrás del calor que empezaba a desvanecerse.

El padre de Luke.

El padre de su mejor amigo.

Se sentía como una mierda.

✽✽✽

Era un pueblo pequeño, y Noah sabía que no podía evitarlo por completo.

En ese momento necesitaba una caja de tornillos para terraza de tres pulgadas, y el proveedor de Hartford se había quedado sin existencias.

Se enteró a las dos y cuarto del miércoles de la tercera semana, mientras estaba en el porche trasero de los Henderson, con el teléfono atrapado entre la oreja y el hombro.

Una voz aburrida al otro lado de la línea le informó que el siguiente envío no llegaría hasta el lunes.

Él los necesitaba ese mismo día. La barandilla nueva de la terraza de los Henderson estaba instalada a medias, y la señora Henderson ya había salido dos veces a preguntar cuándo estaría terminada.

Había otros lugares. Estaba la gran tienda de materiales de construcción junto a la carretera, pasando Danford, a cuarenta minutos de ida y otros tantos de vuelta. También estaba el aserradero de Millbrook, donde quizá tuvieran los tornillos o quizá no.

Y estaba Carter Hardware, a ocho minutos, en Main Street.

Hizo los cálculos. Las tres de la tarde de un miércoles.

Kyle atendía la caja las tardes de los días laborables.

Daniel estaría en la parte de atrás, revisando los libros de pedidos, o en el área de ventas reponiendo mercancía, o en cualquier otro sitio menos detrás del mostrador.

Noah podía entrar y salir en noventa segundos, mantener la cabeza gacha, pagar e irse.

Le dijo a Ray que volvería en media hora y se subió a la camioneta.

Estacionó en Main Street, a dos espacios de la ferretería, y se quedó sentado con el motor encendido un momento más de lo necesario.

El escaparate seguía igual que siempre. Exhibidores descoloridos por el sol con mangueras de jardín y alimento para pájaros, un letrero escrito a mano que anunciaba una oferta de pintura para porches, el neón de ABIERTO zumbando débilmente en una esquina.

Había cruzado aquella puerta mil veces desde los diecisiete años.

Nunca había tenido que convencerse para hacerlo.

Apagó el motor y entró.

El aire del interior estaba más fresco que el de la calle.

La penumbra lo envolvió después del resplandor exterior, y el olor seguía siendo el de siempre: metal, fertilizante, llaves recién cortadas y el leve tufo aceitoso del contenedor de cadenas.

Una radio murmuraba la transmisión de un partido desde la trastienda.

Las tablas del suelo crujieron bajo sus botas en los mismos lugares de siempre.

Fue directamente al pasillo cuatro, sin mirar hacia la caja. Encontró los tornillos para terraza en el estante inferior, las cajas naranjas apiladas de a tres, y sacó una. Cinco libras, tres pulgadas, con recubrimiento protector. La sopesó en la mano.

Después se dirigió a la caja.

Kyle no estaba.

Era Daniel.

Estaba detrás del mostrador, con una tabla sujetapapeles en una mano y un bolígrafo en la otra, la cabeza inclinada sobre una columna de cifras.

Llevaba una camisa de trabajo verde, descolorida, con las mangas arremangadas hasta los codos; tenía los anteojos de lectura subidos a la frente y un lápiz detrás de la oreja que, evidentemente, había olvidado que llevaba allí.

La luz del techo resaltaba las canas de sus sienes.

Levantó la vista.

Y durante un largo instante suspendido en el tiempo, se quedaron mirándose.

Ninguno se movió. Ninguno habló. En la trastienda, la voz del comentarista de la radio subía y bajaba, y se oía el rugido lejano de una multitud celebrando algo que había ocurrido muy lejos de allí.

El letrero de neón zumbaba en el escaparate.

Noah permaneció inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas, fuerte y lento, mientras observaba el rostro de Daniel sin conseguir descubrir en él la menor reacción.

No era exactamente una expresión vacía. Era una expresión cerrada. Todas las puertas clausuradas, todas las luces apagadas, sin que nada asomara a la superficie.

Noah dejó la caja sobre el mostrador.

Daniel apartó la tabla sujetapapeles. Levantó la caja, le dio la vuelta, encontró el código de barras y lo pasó por el escáner.

La máquina emitió un pitido breve que sonó absurdamente fuerte.

Daniel no levantó la mirada. Mantuvo los ojos fijos en la pantalla de la caja, como si fuera lo más interesante que hubiera visto en su vida.

El total apareció en verde.

Noah ya tenía la billetera en la mano. Sacó dos billetes y los dejó sobre el mostrador, porque pagar en efectivo era más rápido. Sin lector de tarjetas, sin esperas, sin segundos adicionales de pie allí.