La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Noah

La segunda semana de junio, empezaron a construir la escalera exterior.

Los cimientos ya habían fraguado, los postes estaban colocados y ahora tocaba instalar los largueros de la escalera.

Los tres estaban preparados sobre los caballetes del jardín, con los bordes dentados recién cortados, afilados y pálidos.

Era un trabajo para dos personas, y el equipo de Noah no trabajaba los fines de semana.

Así que el sábado por la mañana Daniel se ajustó el cinturón de herramientas y siguió a Noah escalerilla arriba.

A las nueve ya hacía calor. El aire sobre el camino de entrada temblaba por el calor y permanecía inmóvil, pesado como una lona empapada.

El sol había superado la línea del tejado y caía de lleno sobre el nuevo descansillo, en lo alto de los postes.

Las tablas de la plataforma estaban tan calientes que Noah podía sentirlo a través de las suelas de las botas.

A lo largo del límite de la propiedad, los arces estaban cubiertos de hojas, completamente inmóviles, sin que se agitara ni una sola rama.

En la calle siguiente, alguien cortaba el césped; el zumbido de la máquina sonaba constante y lejano.

El descansillo medía aproximadamente un metro veinte por cada lado.

Tenía la estructura montada y el entablado colocado, pero nada más.

Sin barandilla. Sin escalones. Solo una plataforma desnuda suspendida en lo alto, con todo el jardín extendiéndose debajo y nada que impidiera que alguien se precipitara por el borde.

Subieron el primer larguero a pulso y lo tendieron sobre la plataforma.

—Sujétalo aquí —dijo Noah, apoyando el extremo inferior del larguero contra el dintel.

Daniel plantó ambas manos sobre la madera. Se inclinó hacia delante, cargando su peso contra ella para mantenerla plana y firme contra la estructura, mientras Noah tomaba el taladro y alineaba el primer tirafondo.

Entonces tuvo que estirarse.

El extremo más alejado del larguero sobresalía por detrás del hombro de Daniel, más allá del borde de la plataforma, suspendido sobre el vacío. Noah apoyó una bota contra el poste y se inclinó hacia fuera, con el pecho a punto de rozar el brazo de Daniel.

Durante medio segundo, su peso se adelantó a sus pies.

La mano que tenía libre salió disparada y cayó sobre la espalda de Daniel.

No lo pensó. No tuvo tiempo de hacerlo. La espalda de Daniel estaba allí, ancha, sólida e inamovible, y le impidió caer. La palma de Noah aterrizó en la parte baja de sus omóplatos, con los dedos bien abiertos y toda la mano apoyada contra el algodón húmedo de su camiseta.

Daniel se quedó inmóvil.

Noah sintió cómo ocurría bajo su mano: todo el cuerpo se aquietó de golpe, como una respiración contenida. El largo músculo junto a la columna se tensó. Permaneció así. Y no volvió a relajarse.

Noah había tocado a Daniel Carter cientos de veces a lo largo de los años.

Apretones de manos en la puerta de su casa.

Una mano en el hombro durante el funeral.

Brazos alrededor de los hombros del otro para las fotos de la boda de Luke, todos sonrientes y quemados por el sol.

Todo a plena luz del día, todo breve, todo sin importancia.

Esto era diferente.

Tenía la palma apoyada en la espalda de aquel hombre bajo el sol abrasador, en mitad de una mañana de sábado cualquiera.

El calor que atravesaba el algodón fino era más intenso que el de la plataforma recalentada bajo sus botas.

Podía sentir la forma de su cuerpo. La línea larga y firme de la columna.

La curva del omóplato bajo sus dedos. El nudo duro de tensión en la base del cuello, apretado como una cuerda enrollada.

Noah mantuvo la vista fija en el tornillo.

Lo hundió en la madera. Después colocó el segundo. Luego el tercero. El taladro zumbaba y daba tirones en su mano, mientras los tirafondos penetraban profundamente en la madera, y él no apartó la mano.

Estaba lo bastante cerca como para contar los pelos cortos de la nuca de Daniel, aquellos que ya habían encanecido.

Lo bastante cerca como para ver una gota de sudor formarse en el nacimiento del cabello y deslizarse detrás de su oreja.

Lo bastante cerca como para distinguir el cuello de la camiseta, oscurecido por la humedad del trabajo de aquella mañana.

Lo bastante cerca como para olerlo: sudor, serrín y jabón corriente, y, por debajo de todo aquello, esa cosa particular que era simplemente Daniel.

Trece años manteniendo las manos apartadas de él.

Y allí estaban ahora.

Entonces la respiración de Daniel cambió.

Fue una pequeña interrupción, apenas perceptible, un tropiezo al inhalar. Bajo la mano de Noah, el músculo se contrajo.

Noah retiró la mano.

Se enderezó. Durante un instante, quedó marcada en la espalda de la camiseta de Daniel la huella húmeda de su palma, oscura sobre el algodón gris descolorido, con la forma nítida de cinco dedos extendidos.

Después, el calor empezó a secarla. Los bordes se desvanecieron hasta que la marca desapareció.

Noah se agachó para recoger el siguiente larguero. No miró el rostro de Daniel. No le hacía falta. Ya sabía lo que encontraría allí.

—El segundo —dijo.

—Sí —respondió Daniel.

La voz le salió áspera.

✽✽✽

Por la tarde, saltó un disyuntor mientras Noah instalaba el nuevo circuito eléctrico del dormitorio, y todo el apartamento quedó a oscuras.

En ese momento estaba subido a la escalera de tijera. La lámpara de trabajo del techo se apagó con un suave chasquido, y el taladro se detuvo a mitad de giro en su mano, hasta que el zumbido se extinguió por completo. Noah bajó y revisó primero el cuadro eléctrico.

El problema no estaba allí.

Eso significaba que era la caja de conexiones.

Lo que significaba que tenía que meterse en el espacio bajo el tejado, por encima del techo del dormitorio.

Lo que significaba trepar por la estrecha trampilla de acceso del armario y trabajar tumbado sobre las vigas, con la linterna frontal que había dejado en el salpicadero de su camioneta.

Maldijo entre dientes, arrastró la escalera hasta el armario, hizo palanca para soltar el panel de acceso y subió de todos modos.

Era peor de lo que esperaba.

Allí arriba no había más que vigas desnudas y montones de aislante insuflado, gris y fibroso, con apenas cuarenta y cinco centímetros de espacio entre la parte superior del techo y la cara inferior de la cubierta.

Y el calor. Era espeso y sofocante. El sol de la tarde cocía las tejas desde arriba, y el sudor empezó a correrle por las sienes en cuanto sacó la cabeza por la trampilla.

Cada respiración le sabía a polvo y fibra de vidrio caliente.

Avanzó arrastrándose sobre el vientre a lo largo de las vigas hasta llegar a la caja de conexiones.

La madera áspera se le clavaba en los codos y las rodillas mientras sacaba los alicates de corte del bolsillo trasero.

Con la tenue luz grisácea que entraba por la trampilla, apenas conseguía distinguir los cables.

Entonces oyó crujir la escalera debajo de él.

Un haz de luz de linterna atravesó la abertura, barrió las vigas y lo encontró.

—Me imaginé que te haría falta esto —dijo Daniel.

Noah entrecerró los ojos y miró hacia el resplandor, a lo largo del estrecho espacio bajo el tejado.

—Sí. Sube.

Apenas había sitio.

Daniel trepó por la trampilla y avanzó con cuidado sobre las vigas hasta llegar a Noah.

Cuando se detuvo, ya no quedó espacio entre ellos.

Estaban apretados uno contra el otro, desde los hombros hasta las costillas, las caderas y la parte exterior de las rodillas, tumbados lado a lado sobre las estrechas vigas.

El aislante les pinchaba y les provocaba picor a través del fino algodón de las camisetas.

El haz de la linterna rebotaba contra el revestimiento de aluminio del otro extremo y proyectaba una luz extraña, ascendente, sobre todo lo que los rodeaba.

Noah sentía el calor de Daniel a lo largo de todo su costado izquierdo. Podía oír cada una de sus respiraciones, tan cerca, regulares y constantes.

—Bien —dijo Noah, y volvió al trabajo.

Era la postura más incómoda en la que había intentado hacer una conexión eléctrica en toda su vida.

Tenía que sujetar los cables con ambas manos, colocar los pelacables en el ángulo adecuado y trabajar tanto por el tacto como por la vista.

Cada vez que buscaba una herramienta, rozaba a Daniel.

El brazo. El hombro. El dorso de la mano con la que Daniel mantenía firme la linterna.

Después de los primeros minutos, Noah dejó de registrar cada contacto como algo independiente.

Simplemente siguió trabajando, con el calor de Daniel pegado a todo su costado izquierdo, los dos respirando la misma pequeña bolsa de aire espeso y abrasador, mientras el haz de la linterna permanecía fijo sobre el cobre entre las manos de Noah.

Terminó la conexión y colocó los conectores en cada par de cables, enroscándolos hasta dejarlos bien sujetos. Dobló los cables cuidadosamente dentro de la caja, atornilló la tapa y dejó el destornillador sobre la viga que los separaba.

Entonces cometió el error de girar la cabeza.

Daniel estaba justo allí.

A unos centímetros. Lo bastante cerca como para que Noah distinguiera el sudor acumulado sobre su labio superior, las hebras grises entre el cabello de la sien y el pulso que latía de forma visible en un costado de su garganta.

No estaba mirando la caja de conexiones.

Miraba a Noah. A su boca. Después a sus ojos. Luego otra vez a su boca.

La linterna iluminaba el rostro de Daniel desde abajo, dejando la otra mitad en sombras. Noah permaneció tumbado, con el corazón golpeándole tan fuerte que podía sentir los latidos contra la viga bajo su pecho, incapaz de moverse.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

Noah oyó cómo cambiaba la respiración de Daniel.

Se volvió lenta y cautelosa, contenida, exactamente igual que la suya.

La mirada de Daniel volvió a bajar hasta su boca y se quedó allí.

Noah sentía el calor que desprendía, percibía aquel último centímetro de aire entre ambos y lo poco que haría falta para eliminarlo.

Vio cómo se movía la garganta de Daniel al tragar saliva.

Y comprendió, con una certeza vertiginosa y aterradora, que Daniel estaba tomando una decisión.

Que se echaba atrás. Que volvía a decidirse.

La linterna se inclinó en la mano cada vez más floja de Daniel, y el haz se deslizó desde los cables hasta las vigas del tejado.

Ninguno de los dos se dio cuenta.

Entonces sonó el teléfono de Daniel.

El timbre chilló en aquel espacio angosto, con un volumen imposible, y Daniel se sobresaltó como si hubiera recibido un golpe. Sacó el teléfono del bolsillo con torpeza. La pantalla le iluminó el rostro con una luz blanca y dura, y él se quedó mirándola un instante antes de contestar.

—Luke. —Una pausa—. No, está bien. Sí. ¿El lunes? ¿A qué hora? —Otra pausa—. No, puedo hacerlo yo. Sí. Claro. Por supuesto. —Siguió un silencio más largo, mientras Daniel apretaba la mandíbula—. Sí. Nos vemos entonces.

Terminó la llamada y volvió a guardar el teléfono en el bolsillo.

No miró a Noah cuando se giró hacia el otro lado y empezó a arrastrarse de regreso a la trampilla.

Noah permaneció exactamente donde estaba y lo escuchó marcharse: las vigas crujiendo bajo su peso, el aislante rozando la madera, la escalera gimiendo cuando Daniel apoyó el peso en ella y, finalmente, sus botas golpeando el suelo del armario.

Después, silencio.

La luz se fue con él.

Noah se quedó solo en la oscuridad y el calor asfixiante, con la mejilla apoyada contra la madera áspera y el corazón todavía golpeándole las costillas.

Pasó un largo minuto antes de que consiguiera obligarse a bajar detrás de él.