La última vez (La trilogía Merrin Falls #1) Capítulo 2 #2
11%

Capítulo 2 #2

Noah no se lo había contado a nadie. Ni a Luke ni a Sam. Ni siquiera a Ben. Había hecho las paces con aquello años atrás. Era esa clase de cosa que doblabas hasta hacerla pequeña, la guardabas en una caja y la colocabas en un estante alto. Con el tiempo, dejabas de intentar alcanzarla.

Casi siempre.

Se metió el teléfono en el bolsillo, bajó del portón trasero y echó a andar por la entrada.

Para cuando llegó a la puerta lateral, ya se había obligado a pensar otra vez en los azulejos.

En la unión alineada con el eje central del fregadero.

En si el instalador de Nueva Jersey se presentaría de verdad a la mañana siguiente o si Noah volvería a encontrarse a las ocho en punto en aquella cocina a medio terminar, con el teléfono pegado a la oreja, llamándolo otra vez.

✽✽✽

Llegó a la entrada de los Carter a las seis.

Daniel lo esperaba junto a la puerta abierta del garaje.

Llevaba vaqueros y una vieja camiseta militar, gris y suave por el uso, con el cuello desgastado y las mangas remangadas por encima de los codos.

Tenía un aspecto cansado que Noah no le veía desde hacía años.

También estaba más delgado. Los rasgos de su rostro se habían vuelto más angulosos y la camiseta le quedaba más holgada de lo que debería sobre el pecho.

Los antebrazos, sin embargo, seguían siendo los mismos.

Noah llevaba media vida esforzándose por no mirar los antebrazos de Daniel Carter.

Puso la palanca en punto muerto, apagó el motor y salió de la camioneta. La grava crujió bajo sus botas mientras se acercaba. Daniel dio un paso al frente y le tendió la mano, y Noah se la estrechó.

Seca. Cálida. El mismo apretón de manos de cuando Noah tenía diecisiete años, firme, seguro y sin prisas.

Lo que quería decir que no significaba nada.

Era un saludo. Daniel estrechaba la mano de todo el mundo: el cartero, el hombre que le entregaba la madera, el pastor después del servicio religioso del domingo.

Noah fue el primero en soltarla.

—Gracias por venir —dijo Daniel—. Sé que Luke te avisó con muy poca antelación.

—No pasa nada.

Algo le titiló en la comisura de los labios a Daniel. Casi una sonrisa. Permaneció allí medio segundo antes de desaparecer. Después se dio la vuelta y subió las escaleras del garaje, guiándolo.

Noah recorrió el espacio despacio.

Se tomó su tiempo, golpeando los montantes con los nudillos y escuchando la respuesta sorda y sólida de la madera.

Apoyó la palma contra la estructura para comprobar que estuviera a plomo, siguió con la mirada las placas superiores y recorrió el cableado antiguo allí donde serpenteaba por los orificios perforados.

Golpeó con fuerza el subsuelo con el talón en cada esquina para comprobar si cedía.

Lo hacía porque era su trabajo, porque precisamente para eso había venido.

También lo hacía porque le resultaba más fácil mirar una pared que a Daniel, que se había apoyado contra el marco de la ventana del fondo con los brazos cruzados y la luz del atardecer cayéndole sobre los hombros.

La estructura estaba bien hecha. Más que bien. A escuadra, sólida, con las juntas ajustadas y limpias, sin una sola cuña metida a la fuerza para disimular algún error. Daniel sabía perfectamente lo que hacía.

Noah sentía que lo observaba, una presión constante entre los omóplatos. Lo ignoró lo mejor que pudo.

Tardó unos noventa segundos en detectar el problema.

Era una sola habitación grande, abierta, sin divisiones, con nada más que la estructura desnuda, el subsuelo y las dos ventanas que Daniel había abierto en la pared del fondo.

Para un hombre que viviera solo, habría estado bien.

Para un padre de luto y una niña de cuatro años que no dormía toda la noche, no servía.

Meg necesitaba una puerta que pudiera cerrar.

Cruzó hasta la pared trasera, la que el apartamento compartía con la segunda planta de la casa principal, y llamó a la madera con el canto del puño.

—¿Qué hay al otro lado?

Daniel no respondió enseguida.

El silencio se prolongó lo suficiente para que Noah se volviera. Daniel tenía los ojos fijos en la pared. Algo se movía tras su expresión, lento y pesado, como una tormenta formándose detrás de una cordillera.

—El cuarto de costura de Ellen.

Noah midió las palabras.

—¿Puedo verlo?

Daniel asintió una sola vez. Se apartó del marco de la ventana y bajó las escaleras delante de él sin decir nada.

Atravesaron el garaje, pasaron junto al banco de trabajo y al panel perforado donde las siluetas dibujadas con rotulador negro indicaban el lugar de cada herramienta, y entraron en la casa por el recibidor trasero.

El olor golpeó a Noah en cuanto cruzó el umbral.

Café y serrín, y debajo de ambos algo que nunca había sabido nombrar, algo que pertenecía únicamente a aquella casa y a ninguna otra.

Lo tomó desprevenido, como podía hacerlo una canción del instituto, arrastrándole trece años de recuerdos hasta la garganta de golpe.

Había estado cientos de veces en aquella cocina.

Había comido cereales en aquella mesa, tres cuencos seguidos, mientras Daniel leía el periódico y fingía no darse cuenta.

Se había sentado en aquel sofá con Luke a las dos de la madrugada, la noche en que Luke descubrió que Hannah estaba embarazada y no fue capaz de pronunciar las palabras en voz alta delante de nadie más.

Siguió caminando.

En la planta superior, Daniel se detuvo frente a una puerta cerrada al final del pasillo. Apoyó la mano en el pomo, pero no lo giró. Durante un largo instante se quedó inmóvil, con los nudillos pálidos.

Entonces abrió la puerta.

La habitación era pequeña y estaba llena de luz.

Una sola ventana daba al patio trasero, y el sol entraba bajo y dorado, como lo hacía a las seis y media de la tarde en mayo, demorándose en su lento descenso.

Había una máquina de coser sobre una mesa, cubierta con una funda ajustada.

Unas estanterías ocupaban una de las paredes, repletas de telas dobladas en cuadrados perfectos y ordenadas por colores: azules, verdes, rojos intensos y una estantería entera de grises, en todos los tonos, desde el perlado hasta el carbón.

En el centro de la habitación había un bastidor de madera para acolchar, con una colcha a medio terminar tensada sobre él.

Cuadrados azules y grises estaban cosidos formando un delicado patrón que se interrumpía de golpe, a mitad de una hilera.

Una fina capa de polvo cubría todo, centelleando débilmente allí donde la alcanzaba la luz.

Noah se quedó en el umbral y se permitió sentirlo. Solo un segundo.

Después guardó aquello dentro de sí y mantuvo la voz serena y práctica, porque eso era lo que Daniel necesitaba de él en aquel momento.

—Si renunciaras a esta habitación —dijo—, podríamos abrir la pared compartida y poner una puerta. El apartamento tendría un dormitorio de verdad. Meg tendría su propio espacio.

Daniel no dijo nada.

—No tienes que decidirlo esta noche.

Seguía sin decir nada. Daniel permanecía en el umbral, con una mano apoyada en el marco, mirando fijamente el interior de la habitación, y el silencio se alargó una y otra vez. Noah no intentó llenarlo.

Allí de pie, era muy consciente de lo cerca que estaban en aquel pasillo estrecho.

El hombro de Daniel apenas se encontraba a treinta centímetros del suyo.

No estaban exactamente uno al lado del otro, pero ambos miraban hacia una habitación que había pertenecido a una mujer que ya no estaba.

Daniel tenía la mandíbula apretada. Presionaba el pulgar con fuerza contra el marco de la puerta, como si fuera lo único que lo mantenía anclado al suelo.

Noah lo miró.

No pudo evitarlo. Contempló su perfil, las líneas marcadas alrededor de los ojos y la boca que no estaban allí diez años atrás.

Las hebras grises que se abrían paso en la sien.

El cuello de la camiseta, tan lavado y gastado que casi se había vuelto translúcido.

La curva del antebrazo donde se le había quedado pegado el serrín aquella primera tarde, cuando Noah tenía diecisiete años y todavía no sabía lo que estaba empezando a sucederle.

Cuarenta y ocho. Ahora sí los aparentaba, más que nunca.

Y seguía siendo el hombre más hermoso que Noah había visto en su vida.

—Me lo pensaré —dijo Daniel al fin, con la voz baja y ronca.

Cerró la puerta con un suave clic y ambos bajaron las escaleras.

Junto a la camioneta, el cielo había adquirido un tono melocotón sobre los arces. Noah mencionó el último punto de su lista.

—Ahora mismo, la única forma de entrar en el apartamento es atravesando tu garaje —dijo—. Me gustaría construir una escalera exterior. Bajaría por el lateral del edificio y tendría su propia entrada. Así Luke podría entrar y salir sin tener que pasar por el garaje cada vez.

Daniel lo consideró un momento y después asintió.

—Es una buena idea.

—Te pasaré un presupuesto antes de que termine la semana.

Volvieron a estrecharse la mano.

Esta vez Noah sintió las callosidades, las duras crestas que recorrían la base de los dedos de Daniel, ásperas contra su propia palma. Se fijó en ellas y soltó la mano antes de poder fijarse en cualquier otra cosa.

Subió a la camioneta y condujo a casa con la radio encendida y las ventanillas completamente bajadas. El aire fresco del atardecer entraba a raudales en la cabina mientras él intentaba, sin conseguirlo, dejar de pensar en el hombre al que acababa de dejar atrás.

A las once de aquella noche, justo cuando empezaba a quedarse dormido, el teléfono vibró sobre la mesilla, un zumbido breve y agudo en la oscuridad.

Lo cogió, entrecerrando los ojos ante el resplandor de la pantalla.

Daniel.

Quédate con la habitación.