DESDE LA VENTANA #2
—Queremos separar tres afirmaciones que en 1999 terminaron tratándose casi como una sola: que Sophie salió de la casa, que vos la viste afuera y que había un auto en la calle.
—Yo dije las tres.
—Sí. Pero eso no significa que observaras las tres de la misma manera.
Miro la ventana.
—No podía verla atravesar la puerta.
—Desde acá, no.
—Entonces cuando dije que había salido...
Ortiz me interrumpe.
—Podías inferirlo porque después la viste afuera. Podías haberla visto desde otro lugar en otro momento. Podían habértelo dicho. También podías estar usando “salió” para explicar que ya no estaba adentro. No vamos a elegir entre esas posibilidades sin algo que las distinga.
No me ayuda a recordar.
Me ayuda a dejar de tratar una frase como si fuera una cámara.
Mi madre vuelve con cuatro tazas, aunque Harris le había dicho que no quería café. Deja una sobre el escritorio frente a él.
—Siempre decía que no y después tomaba el mío.
Harris sonríe.
—No creo que nos conociéramos en 1999.
—No. Hablaba de mi marido.
El error la hace sonreír también, apenas.
Después me ofrece una taza.
—¿Encontraron algo?
—Que desde mi ventana no se veía la puerta principal.
Mi madre mira hacia la calle.
—No.
—¿Lo sabías?
—Viví acá treinta años, Claire.
—Cuando yo decía que Sophie había salido, ¿nunca te pareció raro?
—No.
—¿Por qué?
—Porque entendía que querías decir que la habías visto afuera.
La respuesta tiene sentido.
—¿Eso era lo que yo quería decir?
—No puedo saberlo. Yo no estaba en tu cabeza.
Antes de bajar, Ortiz fotografía el pasillo del piso superior. La puerta de mi habitación queda a menos de tres metros del comienzo de la escalera. La de Sophie, algo más lejos. Entre ambas hay una pared donde antes colgaban fotografías familiares.
Mi madre recuerda que también había una mesa angosta.
Harris revisa las fotos policiales.
La encuentra en una de ellas: madera clara, dos cajones y un teléfono inalámbrico apoyado encima.
—No me acordaba de ese teléfono —digo.
—Lo compré ese año —dice Evelyn.
Funcionaba arriba. En la cocina había otro aparato. Ambos utilizaban la misma línea telefónica.
—¿Cuál se usó para llamar a North Road?
—Los registros sólo identifican la línea doméstica —responde Harris—. No el aparato.
La llamada podía haberse hecho desde arriba.
También desde la cocina.
Eso es todo lo que permite decir el registro.
Mi madre observa la fotografía.
—No recuerdo esa llamada.
—Ya lo sé.
—Nunca supe quién la hizo.
—Ya lo sé.
No vuelvo a preguntarlo.
Bajamos otra vez.
Antes de irnos, Harris pide ver la salida lateral. Está junto a la cocina. La puerta actual es nueva, pero el marco ocupa el mismo lugar. Al abrirla aparece un pequeño alero y, más allá, el espacio donde se estacionaban los autos.
Desde ahí no se ve la ventana de mi dormitorio sin retroceder varios metros.
Desde mi ventana tampoco se ve esta puerta.
Harris fotografía en ambas direcciones.
—¿Usaban mucho esta salida?
—Todo el tiempo —dice mi madre—. Para el auto, las bolsas del supermercado, la basura.
Sophie también la usaba.
—¿La viste salir por acá esa noche?
—No.
—¿Podría haberlo hecho sin que la vieras?
Mi madre mira la puerta.
—Supongo.
En 1999 Evelyn había situado el ruido de una puerta después de las nueve y media, aunque nunca pudo darle una hora exacta. Recordaba haberse movido entre la cocina y la sala durante esa franja.
Harris no le pide minutos.
Sólo quiere saber si podía haber perdido de vista la salida lateral durante algún intervalo.
—Sí —dice ella—. Podía haber salido alguien sin que yo lo viera.
La casa permite esa posibilidad.
No demuestra que haya ocurrido.
En la entrada, Ortiz se detiene frente al pequeño mueble donde mi madre deja las llaves.
—Evelyn, una última cosa. ¿Conservás documentación del Volvo?
—¿Después de veinticinco años?
—Facturas, registros de taller, papeles del vehículo.
Mi madre piensa.
—Tal vez en el garaje. Tengo cajas con papeles viejos.
—Podemos revisarlas ahora, si estás de acuerdo —dice Harris.
Mamá lo mira primero a él y después a Ortiz.
—¿Por qué el Volvo?
—Estamos comprobando los vehículos que pertenecían a las personas cercanas a Sophie. El tuyo es uno de ellos.
—Era verde.
—Lo sabemos.
—Y no era un sedán.
—También lo sabemos.
Evelyn deja las llaves donde estaban.
—Busquen lo que necesiten.
Ortiz y Harris se quedan para revisar las cajas del garaje con ella. Yo decido irme.
Estoy llegando al auto cuando Ortiz sale detrás de mí.
—Claire.
Me doy vuelta.
—¿Qué?
—Lo de la ventana importa.
—Ya sé.
—Pero hay que mantener exactamente qué demuestra.
Mira hacia mi antigua habitación.
—Desde esa ventana podías ver parte de la calle. Podías ver a una persona una vez que estuviera fuera de la casa y dentro de ese campo visual. También podías ver un vehículo estacionado en determinada zona.
—Pero no la puerta.
—No.
—Ni el lateral.
—No.
—Entonces no sé cómo llegó Sophie hasta donde yo dije verla.
—Exacto.
El hueco no desaparece.
Se vuelve más preciso.
Estoy por abrir el auto cuando Ortiz agrega:
—Hay otra cosa.
Dejo la mano sobre la puerta.
—¿Qué?
—La llamada de las 21:07.
Harris volvió a revisar la respuesta original que la compañía telefónica envió en 1999. El resumen del expediente sólo mencionaba la llamada desde nuestra casa, pero el anexo técnico conserva más actividad de aquella noche.
—¿Qué encontraron?
—Primero, algo que el resumen no dejaba tan claro. El registro distingue las llamadas contestadas de las que terminaron sin conexión.
—La de nuestra casa fue contestada.
—Sí.
—Durante un minuto.
—Sesenta y cuatro segundos.
Hasta ahora había imaginado un teléfono público sonando y a alguien levantando el auricular por casualidad.
—¿Eso significa que alguien esperaba la llamada?
—No necesariamente. Podía estar usando la estación, pasar por ahí o simplemente escuchar el teléfono y atender.
Vance trabajaba esa noche hasta las diez, aunque dijo que no recuerda haber contestado esa llamada. Sabemos, por lo tanto, que había al menos una persona en la estación.
Quizá había más.
North Road está a doce o quince minutos de una de las rutas que conducían al terreno Dawson. Dos días después de la desaparición, Thomas Reed anotó marcas recientes de ruedas en el acceso norte.
Nada demuestra todavía que esas cosas estén relacionadas.
—¿Hay algo más?
—Sí.
No abro la puerta del auto.
—En el mismo anexo aparece una llamada saliente desde el teléfono público.
—¿Después de las 21:07?
Ortiz asiente.
—Una.
—¿A qué hora?
—21:11.
Cuatro minutos después de la llamada desde nuestra casa.
—¿Duración?
—Veintisiete segundos.
—¿Número?
—Lo tenemos.
La policía también lo vio en 1999. Hay una anotación indicando que pidieron identificarlo, aunque Ortiz y Harris todavía están reconstruyendo esa parte del expediente y comprobando nuevamente los registros históricos.
—¿Es de alguien de mi familia?
Ortiz me mira.
—No.
No dice más.
Esta vez tampoco se lo pido.
Llevo días reconstruyendo quién podía haber llamado desde nuestra casa a un teléfono público de North Road.
Ahora sé que cuatro minutos después alguien levantó ese mismo teléfono y marcó otro número.
Por primera vez, North Road no es sólo el lugar donde terminó una llamada.
También es el lugar desde donde empezó otra.