DESDE LA VENTANA
Ortiz no me llama al día siguiente. Harris tampoco.
A las once y media termino escribiéndoles yo.
La respuesta llega veinte minutos después.
Nosotros también.
Mi madre abre la puerta a las dos y cuarto. No pregunta por qué vinimos los tres. Ortiz habló con ella por la mañana y le explicó que querían documentar algunas partes de la casa, comparar la distribución actual con las fotografías de 1999 y tomar medidas. Ella aceptó.
Lleva jeans, una camisa gris y el pelo recogido. Parece más cansada que la última vez que estuve acá, pero no sorprendida.
—Pasen.
Harris entra primero con una carpeta y un medidor láser. Ortiz lleva una cámara. Yo voy detrás.
La casa se siente distinta cuando entran policías. Empiezan a mirar cosas que para mí dejaron de existir hace años: la distancia entre la puerta principal y las escaleras, el ancho del pasillo, la ubicación de las ventanas, la salida lateral hacia el lugar donde estacionábamos los autos.
Ortiz se detiene al pie de la escalera.
—¿Esto está igual que en 1999?
Mi madre mira hacia arriba.
—La estructura, sí.
Los escalones son los mismos. También la baranda, aunque la mandó lijar y pintar años después. La madera del pasillo de abajo fue reemplazada y, en 1999, la escalera tenía alfombra.
Eso ya estaba documentado en el expediente.
—¿Cuándo la cambiaste? —pregunta Harris.
—No me acuerdo exactamente. ¿2003? ¿2004?
—¿Por alguna razón en particular?
—Estaba gastada.
Ortiz fotografía la escalera desde abajo y después desde el rellano.
Mi madre me mira.
—¿Esto es por la fractura?
—Sí.
No parece necesitar más explicación.
—Ya les dije que no recuerdo que Sophie se cayera esa noche.
Ortiz baja la cámara.
—Y nosotros tampoco estamos diciendo que se haya caído acá.
—Pero lo están mirando.
—Estamos mirando cualquier parte de la casa que pueda ser relevante.
Mi madre asiente y se aparta.
La escalera tiene trece escalones hasta el pequeño descanso y otros cuatro hasta el piso superior.
Cuando era chica nunca pensé en ella como algo capaz de lastimar a alguien.
Era el lugar desde donde gritábamos que la cena estaba lista, donde abandonábamos zapatos cuando nos daba pereza llevarlos arriba, donde Sophie se sentaba algunas mañanas para atarse las zapatillas.
Ahora miro los bordes, la pared, la baranda y el piso al pie.
Harris mide el tramo principal.
—¿Una caída desde arriba puede producir una lesión como la de Sophie? —pregunto.
—Ya sabés que una caída puede —dice Ortiz.
—Quiero decir desde esta escalera.
Harris guarda el medidor.
—La anatomía no funciona como una ecuación. La altura alcanza para producir una lesión seria, pero no podemos mirar esta escalera y decir que la fractura ocurrió acá.
El punto de impacto dependería de cómo cayera una persona: un escalón, la pared, la baranda, el suelo. Incluso la presencia de sangre sería variable. Podría haberla; también podría no existir una cantidad visible.
—¿Y veinticinco años después?
—Si hubiera existido una escena importante y las superficies originales siguieran intactas, a veces pueden quedar rastros —dice Ortiz—. Acá cambiaron pintura, alfombra y parte del piso. No esperaría demasiado.
Mi madre está junto a la entrada del comedor.
—La alfombra no tenía sangre.
Ortiz se vuelve hacia ella.
—¿Lo recordás?
—Recordaría una mancha grande de sangre en una escalera.
—No estamos hablando necesariamente de una mancha grande.
Evelyn no discute.
—Entonces no sé.
Harris anota la respuesta y seguimos arriba.
La habitación de Sophie queda primero.
Ortiz fotografía la puerta y compara la distribución actual con una imagen policial del 15 de septiembre de 1999. La cama ya no está en el mismo lugar. El escritorio desapareció. El armario sigue ahí. La ventana es la original, según mi madre, aunque el marco fue pintado varias veces.
Harris abre las cortinas. Desde la habitación de Sophie se ve parte del patio lateral y un tramo de la calle.
Mi madre permanece en el pasillo.
—¿Qué buscan exactamente?
—Líneas de visión —dice Ortiz—. Claire declaró que observó a Sophie desde arriba. Queremos establecer qué podía verse desde cada habitación.
No menciona cómo fueron cambiando mis declaraciones.
Mi madre tampoco.
Pasamos a mi antiguo dormitorio.
La primera vez que volví acá estaba buscando una conversación.
Hoy buscamos geometría.
Harris se coloca frente a la ventana.
—¿Dónde estaba la cama?
Señalo la pared opuesta.
—Con la cabecera allá.
Mi madre me corrige.
—En septiembre ya estaba debajo de la otra pared.
La miro.
—No.
—Sí.
—No estaba ahí.
—Claire, la movimos ese verano.
No aparece ningún recuerdo que resuelva la discusión.
—¿Estás segura?
—Sí. Querías dormir junto a la ventana y después dijiste que entraba demasiada luz temprano. La corrimos.
Ortiz abre una fotografía de 1999.
Parte de mi cama aparece en un extremo de la imagen.
La cabecera está donde dice mi madre.
—Tenés razón.
Evelyn no responde.
Harris mide desde la ubicación aproximada de la cama hasta la ventana.
—En tu entrevista dijiste que viste a Sophie desde acá.
—Sí.
—Mostrame dónde estabas.
Me acerco.
El vidrio actual no es el mismo; mi madre lo cambió cuando renovó las ventanas, pero el hueco y la altura se conservan. Apoyo las manos sobre el marco.
La calle aparece detrás de las ramas.
—Los árboles eran más chicos —dice Ortiz.
—Mucho —responde mi madre.
Harris saca una fotografía exterior tomada durante la búsqueda de 1999. Hay dos árboles jóvenes junto a la vereda y ninguno bloquea de manera importante la vista.
Coloca la foto junto a lo que vemos hoy.
—Podemos reconstruir bastante bien el campo visual. Desde acá se veía parte de la vereda, buena parte de la calle y el cordón de enfrente.
—¿Dónde habría estado el auto?
—Según tu descripción, acá.
Marca un punto unos metros más allá de la entrada. Incluso con los árboles actuales todavía distingo parte de ese sector.
—¿Y la puerta principal?
Harris mira hacia abajo.
—No.
Me inclino un poco. Sólo alcanzo a ver una parte del techo del porche.
—¿La entrada?
—Tampoco.
—¿Los escalones de afuera?
—No.
Ortiz se acerca a la ventana.
—Desde acá podías ver a una persona una vez que ya estuviera en la vereda o cerca de la calle. No podías verla atravesar la puerta principal.
Miro hacia abajo otra vez.
Durante años convertí haber visto a Sophie afuera en haberla visto salir.
Desde esta ventana, esa segunda acción no era visible.
Podía verla una vez que ya estaba fuera.
La diferencia empieza a sentirse menos pequeña cada vez que la encuentro.
—¿Y el lateral?
Harris se mueve hacia el extremo derecho de la ventana.
—Casi nada.
La entrada para autos corría por el costado de la casa hasta un pequeño espacio detrás de la cocina. Desde mi habitación sólo se alcanza a ver el primer metro antes de que la pared tape el resto. La estructura exterior de la casa no cambió desde 1999.
Ortiz abre otra fotografía, tomada desde la esquina.
Un vehículo estacionado junto a la cocina habría quedado completamente oculto para cualquiera que mirara desde mi ventana.
—¿Dónde estacionabas vos? —le pregunto a mi madre.
—Depende.
—Esa noche.
—No me acuerdo.
—¿Normalmente?
—Al costado.
A veces también dejaba el auto en la calle.
Harris le pregunta qué vehículo tenía entonces.
—Un Volvo.
—¿Modelo?
—Un 850 familiar. Creo que del noventa y cinco.
—¿Color?
—Verde oscuro.
Lo conservó algunos años después de 1999 y lo cambió alrededor de 2002 o 2003. No recuerda ninguna reparación importante cerca de septiembre de aquel año, aunque quizá todavía conserve facturas o documentación en unas cajas del garaje.
La pregunta no convierte el Volvo en el auto que yo describí.
El de mi madre era un familiar verde oscuro.
El de mis entrevistas, un sedán azul.
No hay razón para tratarlos como el mismo vehículo.
Ortiz me pide que repitamos las posiciones que aparecen en mis entrevistas: primero cerca de la cama y después junto a la ventana. No intenta hacerme recrear la noche. Sólo mide.
Si Sophie estaba en la vereda, habría estado a una distancia de entre dieciocho y veinticinco metros, dependiendo del punto exacto. Había llovido. Existía una luminaria en la esquina y otra enfrente, unos cuarenta metros más lejos.
Una forma oscura sobre el hombro podía ser visible.
Los detalles, mucho menos.
—¿Y el color de un auto? —pregunto.
Harris mira por la ventana.
—Posiblemente. Pero distinguir un color oscuro bajo lluvia y alumbrado público no es una identificación especialmente sólida.
—Azul o negro.
—Por ejemplo.
La luz trasera es todavía más difícil. Si faltaba parte de la óptica, había una zona clara visible o una luz no encendía mientras la otra sí, podría haberse notado. Una grieta pequeña desde esa distancia sería mucho más difícil.
Y, si el auto estaba estacionado, las luces podían estar apagadas.
La descripción no deja de ser posible.
Sólo se vuelve menos precisa cuando la obligamos a ocupar un lugar real, a una distancia real y bajo la lluvia de una noche concreta.
Mi madre nos deja solos unos minutos para hacer café. Ortiz continúa fotografiando la ventana mientras Harris observa la calle.
—Hay algo que quiero preguntarte —dice.
—¿Qué?
—En la grabación del diecisiete dijiste que viste a Sophie afuera. ¿Recordás haberla visto caminando?
—No.
—¿Parada?
—No.
—¿Cerca del auto?
—No.
Me mira antes de continuar.
—No te estoy preguntando qué dice la cinta. Te pregunto qué recordás ahora.
—No tengo una imagen suficientemente clara.
Es verdad.
Y no intento producir una.
—Bien.
Harris vuelve a mirar hacia afuera.
—Desde acá, si una persona salía por la puerta principal y doblaba hacia el costado de la casa, Claire podía no verla nunca.
Ortiz asiente.
—Y si avanzaba hacia la vereda, entraba en su campo visual después de varios metros.
Me apoyo contra el escritorio que reemplazó al mío.
—¿Qué están tratando de decidir?
Ortiz guarda la cámara.
—Nada todavía.
—No vinieron sólo para saber dónde estaba mi cama.
—No.
Harris responde.