DESPUÉS DE LA LLUVIA #2
Hay daños posteriores al enterramiento y otros producidos durante el descubrimiento, pero ninguna segunda lesión que puedan identificar con seguridad como trauma cercano a la muerte.
Los huesos tampoco permiten confirmar estrangulamiento o asfixia.
Hay análisis en curso para sustancias que puedan persistir, aunque después de tanto tiempo las posibilidades son limitadas.
No intento obligarlos a darme una respuesta que los restos quizá nunca puedan ofrecer.
Ortiz pasa a un diagrama de la posición del esqueleto.
—Hay otra cosa que pudimos definir mejor. La antropóloga cree que éste fue el lugar de enterramiento original.
No parece que alguien trasladara restos óseos hasta allí mucho tiempo después. La posición de los huesos y las articulaciones que se conservaron son más consistentes con que el cuerpo hubiera llegado al terreno antes de una descomposición significativa.
No pueden convertir eso en horas ni en un número exacto de días.
Sí pueden descartar otra historia.
Sophie no fue reducida a huesos en otro lugar y enterrada allí años después. Su cuerpo llegó hasta esa propiedad antes de que el tiempo lo transformara en los restos encontrados veinticinco años más tarde.
Harris pasa a otra hoja.
—También estamos intentando establecer cuánto esfuerzo requería llegar hasta el punto de enterramiento en septiembre de 1999.
—¿Por qué?
—Porque había llovido.
Pienso en la noche del trece.
Los registros meteorológicos confirman lluvia intermitente desde la tarde, más fuerte alrededor de las nueve y otra vez después de las once. La antigua huella de acceso habría estado blanda.
Un auto podía entrar.
No era, sin embargo, el tipo de camino al que alguien ingresaba por error con un vehículo común y simplemente seguía avanzando entre los árboles.
Había que decidir entrar.
Salir sin quedar atascado habría dependido del vehículo y del momento exacto de la lluvia. Están buscando fotografías y registros de mantenimiento de la zona, aunque después de veinticinco años no existen huellas que puedan examinar ahora.
Entonces Harris menciona algo que sí sobrevivió.
—Encontramos una anotación antigua sobre el estado del camino. Un trabajador forestal estuvo acá dos días después de la desaparición de Sophie.
Levanto la cabeza.
—¿El quince?
—Sí.
La policía nunca habló con él entonces. No tenía ningún motivo para relacionar ese terreno con una chica desaparecida en Bellwether.
El hombre se llama Thomas Reed y sigue vivo. Harris y Ortiz hablaron con él ayer.
—¿Qué recuerda?
—Muy poco de un día de trabajo de hace veinticinco años —dice Ortiz—. Pero conservaba sus cuadernos.
Reed trabajó más de treinta años haciendo relevamientos forestales y guardó libretas, mapas y registros de cada propiedad.
Ortiz me muestra una copia de la anotación.
El 15 de septiembre escribió que la huella norte estaba demasiado embarrada para entrar con la camioneta y que había marcas recientes de otro vehículo.
No anotó qué clase de vehículo era, matrícula ni hasta dónde habían llegado las marcas.
Hoy recuerda haberlas visto, pero Ortiz no quiere usar una reconstrucción hecha veinticinco años después y contaminada por su propio cuaderno. Lo que importa es lo que Reed escribió en 1999.
Había llovido la noche del trece y algo durante la madrugada del catorce. Después el tiempo se mantuvo seco hasta que él entró en la propiedad el quince.
—Entonces las marcas podían ser del trece.
—Del trece o del catorce —dice Harris.
—También podían ser de alguien que estuvo acá por otra razón.
—Sí.
Los Dawson, un trabajador, alguien autorizado o alguien que no debía estar allí.
La anotación no decide nada por sí sola.
Pero fue escrita dos días después de que Sophie desapareciera, cuando nadie estaba intentando hacer que aquel terreno encajara con su caso.
—¿Las marcas llegaban hasta donde encontraron los restos?
—La nota no lo dice —responde Ortiz—. Reed escribió “huella norte”. Es el acceso que vimos esta mañana.
Tampoco menciona un vehículo abandonado, sangre, ropa ni tierra removida.
Algo podía haber ocurrido entre aquellos árboles sin que un trabajador que había ido a medirlos dos días después tuviera motivos para reconocerlo.
No hay fotografías ni moldes de los neumáticos.
No tenemos un vehículo.
Sólo una anotación contemporánea que dice que uno había utilizado recientemente la huella.
Harris sale unos minutos para atender una llamada. Ortiz empieza a ordenar las hojas mientras yo sigo mirando el esquema del cráneo.
—Hay algo que no entiendo.
Ella espera.
—Si esa fractura pudo ocurrir cerca del momento de la muerte, el orden importa.
—Sí.
—Porque si Sophie estaba viva y la lesión no la mató inmediatamente, pudo pasar algo después.
—Es posible.
Miro otra vez la marca dibujada en la parte posterior del cráneo.
—¿Y si se golpeó dentro de la casa?
Ortiz no cambia de expresión.
La casa fue revisada en 1999, pero durante los primeros días la investigación seguía siendo la de una desaparición.
Fotografiaron habitaciones, buscaron pertenencias de Sophie y realizaron después búsquedas más específicas.
No hubo un procesamiento forense de cada superficie como el que se habría hecho si desde el principio hubieran tenido motivos para tratarla como escenario de una agresión grave.
Ahora la casa está reformada. Mi madre cambió alfombras, pintó y convirtió la habitación de Sophie en un cuarto de huéspedes.
Las escaleras siguen donde estaban.
—¿Una caída puede producir una fractura así?
—Sí.
—¿También una escalera?
—Podría. Igual que un borde, un mueble, un suelo duro o una piedra. La forma de la fractura no identifica por sí sola un lugar ni un mecanismo exacto.
—¿Y si ocurrió dentro de la casa?
—Necesitaríamos evidencia de que ocurrió ahí.
Después de veinticinco años, esa evidencia puede haber desaparecido aunque una escena así hubiera ocurrido.
También puede no existir porque nunca ocurrió.
—La lesión no puede elegirnos el lugar —dice Ortiz.
—Ya sé.
Harris vuelve a la oficina sin otra revelación. Repasa con Ortiz lo que sigue pendiente: análisis del suelo, reconstrucción de los accesos, entrevistas a antiguos propietarios y trabajadores, y el intento de establecer quién utilizaba aquellos caminos en 1999.
Hace una semana habría querido que cada dato apuntara inmediatamente a algo.
Ahora empiezo a desconfiar precisamente de los que parecen hacerlo demasiado rápido.
Antes de irme miro una última vez la fotografía aérea del terreno: la antigua ruta, el acceso norte, la huella vehicular y el lugar donde encontraron a Sophie.
Dos días después de su desaparición, Thomas Reed escribió que había marcas recientes de ruedas en ese acceso. No anotó qué vehículo las dejó, hasta dónde llegaron ni por qué estaba allí. La nota no demuestra que fueran de la noche del trece ni que transportaran a Sophie.
Pero el lugar donde fue enterrada y la presencia reciente de un vehículo después de la lluvia ya existen dentro del mismo conjunto de hechos.
El auto azul sigue siendo otra cosa.
Todavía tiene que serlo.