DESPUÉS DE LA LLUVIA
Ortiz me llama a las ocho y doce de la mañana.
Los sobres siguen en la comisaría. El laboratorio documental todavía no terminó con ellos y la carta del diez de septiembre no tiene nada nuevo que contarme.
Esta vez no llama por las cartas.
—Tenemos el informe ampliado de los restos —dice—. Y Harris quiere volver al terreno esta mañana.
—¿Encontraron algo?
—Algunas cosas se definieron mejor. Prefiero mostrártelas con el plano delante.
Miro la copia de Caldwell el otro era un acceso de trabajo por el sur. Harris señala un desvío a la derecha.
—Éste era el principal.
El camino entra entre pinos y robles. El pavimento termina casi enseguida y, más adelante, encontramos una cinta policial y un vehículo del condado estacionado junto a una zona despejada por las obras.
—¿En 1999 había portón?
—Sí —dice Ortiz—. Pero no siempre estaba cerrado.
Bajamos.
El aire huele a tierra húmeda y madera cortada. A unos cien metros hay maquinaria detenida y montículos de suelo removido. La construcción que llevó al descubrimiento de los restos quedó suspendida en este sector.
Un hombre con chaleco reflectante saluda a Harris desde lejos. Nosotros seguimos por un sendero más estrecho.
La propiedad pertenecía en 1999 a Thomas y Margaret Dawson. Permaneció en la familia durante años y después pasó por varias ventas antes del proyecto actual. La policía nunca habló con ellos por Sophie en aquel momento porque no existía ningún motivo para relacionar ese terreno con su desaparición.
Ahora están revisando todo lo que todavía puede revisarse.
El suelo desciende ligeramente. Entre los árboles aparece una cinta blanca que delimita un rectángulo irregular. No hay un agujero abierto; la tierra ya fue examinada, retirada por capas y cubierta de manera provisional.
Me detengo antes de llegar.
Durante veinticinco años imaginé, sin saber que lo hacía, que el lugar donde terminara Sophie tendría alguna cualidad capaz de explicarlo: un edificio abandonado, un barranco, un sitio tan aislado que sólo una persona determinada pudiera conocerlo.
Delante de mí sólo hay un pedazo de bosque.
—Los restos estaban acá —dice Ortiz.
Señala el centro de la zona delimitada.
No avanzo.
Cuando aparecieron, la parte superior de los restos estaba aproximadamente a cuarenta centímetros de la superficie actual, aunque algunas zonas se encontraban un poco más profundas.
Eso no permite reconstruir la profundidad original de 1999.
En veinticinco años hubo erosión, raíces, animales y modificaciones del terreno.
—Pero no era una tumba profunda.
—No —dice Harris—. Tampoco una tumba preparada con cuidado.
—Pero alguien la cubrió.
—Sí.
En esa parte no hay duda.
Ortiz abre la carpeta. La posición de los restos, el contexto del suelo y su distribución no son compatibles con que el cuerpo hubiera quedado sobre la superficie y terminara cubierto de forma natural.
Lo más probable es que hubiera una depresión previa, quizá ampliada, y que después alguien colocara tierra encima.
La forma exacta del terreno ya no puede reconstruirse.
El enterramiento deliberado, sí.
Miro hacia el camino. Desde donde estoy no alcanzo a ver el lugar donde dejamos el auto.
—¿Cuánto hay desde el acceso hasta acá?
—Desde el antiguo acceso principal, unos cincuenta metros —dice Harris.
—Entonces alguien tuvo que cargarla hasta acá.
—No necesariamente.
Señala hacia nuestra izquierda. Entre los árboles aparecen dos líneas paralelas apenas visibles.
En 1999 había una huella vehicular que penetraba más en la propiedad. La reconstrucción realizada con fotografías aéreas y registros antiguos la sitúa a menos de quince metros del punto de enterramiento.
La distancia entre un vehículo y ese pedazo de bosque acaba de reducirse mucho.
No cualquiera llegaba allí por accidente. Había que saber que el acceso existía, encontrarlo abierto o atravesar una cadena que hacía de portón. Harris me muestra una fotografía municipal de 1997: dos postes de madera, una cadena caída a un costado y un cartel de PROPIEDAD PRIVADA.
Los Dawson permitían entrar a veces a cazadores conocidos, trabajadores y personas que cortaban leña con autorización. También existían denuncias por ingresos sin permiso.
—Entonces el lugar no identifica a nadie.
—No —dice Harris—. Pero tampoco es un sitio al que se llega por accidente desde la carretera principal.
Había que conocer el acceso, haber recorrido esos caminos antes o seguir a alguien que supiera llegar.
Pregunto por mi familia.
No encontraron una conexión documentada entre Evelyn y los Dawson. Tampoco entre Daniel y la propiedad. Ni Megan aparece vinculada a ella.
—Estamos haciendo el mismo trabajo con todos —dice Ortiz—. Familia, amigos, conocidos, personas que estuvieron alrededor de Sophie en 1999. La geografía puede ayudarnos a reconstruir movimientos. Por sí sola no acusa a nadie.
Harris nos lleva hasta el punto donde la antigua huella vehicular se separaba del sendero. El suelo actual está alterado, pero la línea se distingue con claridad en una fotografía aérea de 1999.
Ortiz sostiene la impresión frente al paisaje.
—Acá estaba la ruta. Acá el acceso. Y esto era la huella.
Su dedo termina en un pequeño espacio claro entre árboles.
—El enterramiento queda acá.
Desde nuestra casa, el trayecto habría llevado algo más de los veinticinco minutos que requiere hoy, dependiendo del estado de los caminos.
Pregunto por North Road Gas.
Ortiz tarda apenas un instante antes de responder.
—Desde ahí, entre doce y quince minutos por una de las rutas que existían entonces.
North Road vuelve a entrar en la cronología.
A las 21:07 alguien llamó desde nuestra casa al teléfono público de esa estación y permaneció conectado sesenta y cuatro segundos.
—¿Por eso están reconstruyendo esta ruta?
—Es una de las razones —dice Harris.
—Entonces creen que la llamada tiene relación con este lugar.
—Todavía no sabemos con qué tiene relación la llamada.
—Pero North Road queda en dirección a esto.
—Queda al norte de tu casa y cerca de una de las rutas posibles.
No es lo mismo.
Ya empiezo a reconocer la diferencia sin que tengan que explicármela.
También pregunto por el sedán oscuro que Harold Vance dijo haber visto cerca de la estación.
Ortiz no le agrega nada nuevo: azul o negro, quizá; sin matrícula, sin modelo, sin una luz rota que él recordara. Y Vance habló de haberlo visto varias veces durante la semana anterior, no necesariamente la noche de la desaparición.
El auto azul no desaparece.
Tampoco se vuelve más sólido porque ahora exista una ruta posible entre North Road y el lugar donde encontraron a Sophie.
Regresamos a la comisaría poco antes del mediodía.
Ortiz nos lleva a una oficina pequeña con una mesa larga. Encima hay fotografías del terreno, diagramas del esqueleto y copias impresas de etiquetas de evidencia. Los objetos originales no están allí.
—La antropóloga terminó una segunda revisión —dice Harris—. Todavía faltan análisis, pero ya podemos separar mejor algunas cosas.
Ortiz coloca delante de mí un esquema del cráneo. La fractura está marcada en la zona posterior izquierda.
—¿Cambió algo?
—No la ubicación. Cambió cuánto podemos decir de ella.
Señala una línea curva sobre el parietal y el occipital.
No hay signos de cicatrización. Las características de la fractura son compatibles con una lesión producida cuando el hueso todavía conservaba propiedades de hueso fresco, cerca del período de la muerte.
Después de veinticinco años, no pueden precisar si ocurrió inmediatamente antes, en el momento de morir o poco después.
—Entonces tampoco pueden saber si Sophie estaba viva cuando ocurrió.
—No.
Si lo estaba, la fractura por sí sola tampoco implica necesariamente una muerte inmediata.
Una persona con una lesión en esa zona podría haber permanecido consciente, hablado o incluso movido durante un tiempo.
También podría haberse deteriorado después por una hemorragia o lesión cerebral que los huesos ya no pueden mostrar.
Harris interviene antes de que convierta la posibilidad en una escena.
—Eso no significa que sepamos que ocurrió así. Sólo que, si la lesión fue en vida, los restos no nos permiten concluir que la muerte haya sido instantánea.
—Entonces puede haber existido un período después de la lesión.
—Puede —dice Ortiz—. No sabemos si existió ni cuánto habría durado.
La posibilidad altera la pregunta sin responderla.
La causa de muerte sigue indeterminada y quizá permanezca así. Veinticinco años bajo tierra pueden borrar precisamente aquello que mató a una persona.