La última vez que vi a Sophie PREGUNTAME VOS
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PREGUNTAME VOS

El paquete llega a las diez y treinta y ocho de la mañana. Sigue cerrado tal como Laura lo envió, y yo tampoco lo abro.

El mensajero me hace firmar en la pantalla de un dispositivo y espera mientras escribo mi apellido. La caja es más pequeña de lo que imaginaba: marrón, rectangular, con cinta transparente alrededor de los bordes.

Tres sobres.

Eso es todo lo que contiene y, aun así, cuando cierro la puerta me quedo sosteniendo la caja con las dos manos. Podría abrirla en la cocina, pero llamo a Ortiz.

—Llegaron.

—¿Los sobres?

—Sí.

—¿Abriste el paquete?

—No.

—Traelo así.

Veinticinco minutos después estoy otra vez en la comisaría.

Harris está con Ortiz. La caja queda sobre una mesa distinta de la que usamos para escuchar las grabaciones. Ortiz fotografía el exterior, la etiqueta del envío y el cierre antes de cortar la cinta.

—No estamos tratándolo como evidencia incautada —me explica—. Sólo quiero dejar documentado cómo llegó.

—Está bien.

Dentro hay una carpeta rígida y una nota de la esposa de Daniel.

Claire:

No abrí ninguno. Los encontré juntos dentro de una caja marcada “Bennett / personal”. Tu padre me pidió que te los enviara exactamente como estaban.

Debajo hay una firma.

Laura.

Es extraño aprender el nombre de la esposa de mi padre de esa manera.

Ortiz coloca la nota a un lado. Dentro de la carpeta están el sobre de 1996, el de 1998 y el tercero, sin matasello, escrito tres días antes de que Sophie desapareciera.

—¿Cuál querés abrir primero? —pregunta Harris.

Miro los dos devueltos.

—En orden.

Ortiz me ofrece guantes.

—¿Hace falta?

—No para proteger una investigación de 1996. Pero después de tantos años, mejor no agregar grasa y marcas a documentos que estuvieron guardados todo este tiempo.

Me los pongo.

El primer sobre sigue cerrado.

8 OCT 1996.

DEVOLVER AL REMITENTE — RECHAZADO.

Me cuesta introducir el abrecartas bajo la solapa sin romperla. Ortiz termina haciéndolo por mí.

Dentro hay una sola hoja. La letra de Daniel ocupa las dos caras.

Empiezo a leer y no encuentro ninguna gran confesión.

Me pregunta cómo está la escuela. Dice que Sophie le contó que me eligieron para leer algo en un acto y que le habría gustado estar.

Me habla de un perro que apareció durante varios días frente al edificio donde vivía y al que todos los vecinos alimentaban aunque nadie admitía que fuera suyo.

Cerca del final escribe:

Sé que hace mucho que no nos vemos como deberíamos. No quiero que pienses que eso significa que no pienso en vos. Voy a seguir intentando arreglar las visitas.

Eso es todo. No acusa a mi madre ni explica por qué las visitas no ocurren. Tampoco promete una fecha.

Doblo la hoja siguiendo las marcas antiguas.

—¿Querés seguir? —pregunta Ortiz.

—Sí.

El sobre de 1998 se abre con más facilidad.

Esta carta es más corta. Daniel pregunta por mi cumpleaños, aunque ya pasó. Dice que mandó una tarjeta unas semanas antes y no sabe si llegó. Me cuenta que probablemente tendrá que viajar por trabajo en marzo y que está intentando organizar una visita para después.

Hay una frase cerca del final:

No quiero seguir diciéndote que voy a ir hasta saber que realmente puedo hacerlo. Ya te hice esperar demasiadas veces.

La leo otra vez.

No convierte a mi padre en el hombre que yo hubiera querido que fuera. Sólo lo vuelve más parecido al hombre que conozco ahora: alguien que sabía que estaba fallando y que, durante demasiado tiempo, convirtió saberlo en sustituto de hacer algo mejor.

La última línea dice:

Te quiero. Aunque esté haciendo un trabajo bastante malo para demostrártelo.

Doblo la carta. Harris mira hacia otro lado mientras lo hago.

—Dos enviadas —digo.

—Y dos devueltas —responde Ortiz.

—Sin abrir.

—Sí.

No necesito decir quién las rechazó. Eso ya está en la declaración de mi madre.

Queda el tercer sobre.

No hay marcas postales. El sello sigue intacto en la esquina y la solapa está abierta, igual que en las fotografías que Laura me envió.

Saco la hoja sin ayuda.

10 de septiembre de 1999.

Debajo:

Claire:

La letra es un poco más apretada que en las cartas anteriores. Empiezo a leer.

Sophie me llamó hoy. Me dijo que quiere hablar con vos de mí y que cree que no vas a creer algunas de las cosas que tiene para contarte. No quiero que te pelees con tu hermana por mi culpa.

Me detengo un momento. Ortiz y Harris esperan y después continúo.

Sophie también me dijo que encontró algo en la casa que le hizo pensar que tal vez no recibiste algunas de las cartas o tarjetas que te mandé durante estos años. Yo no sé qué encontró. Tampoco quiero que creas algo sólo porque ella te lo diga o porque yo lo escriba en una carta.

La siguiente línea ocupa un párrafo sola.

Preguntame vos.

No necesito reconstruir ninguna escena. Daniel escribió esas palabras tres días antes de que Sophie desapareciera.

Sigo leyendo.

Podés preguntarme por las cartas. Podés preguntarme por las veces que no fui. Podés preguntarme por qué me mudé tan lejos o por qué dejé pasar tanto tiempo cuando debería haber seguido intentando. Hay respuestas que no me van a dejar bien. Prefiero eso a que pienses que nunca quise verte.

La carta continúa.

No quiero que tengas que elegir entre tu mamá y yo. Las cosas entre nosotros terminaron mal y los dos cometimos errores. Yo cometí los míos. Algunos te hicieron daño aunque nunca fuera mi intención.

Después aparece el número telefónico que Daniel tenía en 1999.

Si querés hablar conmigo, podés llamarme. Si no querés, no voy a obligarte. Sophie dice que va a intentar hablar con vos primero. Me parece mejor así.

La firma es sencilla.

Papá.

No hay nada más. Doy vuelta la hoja. El reverso está vacío.

—¿Eso es todo? —pregunta Ortiz.

—Sí.

Me ofrece una funda transparente. Antes de guardar la carta vuelvo a mirar la fecha.

10 de septiembre.

—No iba a enviarla —digo.

—Eso declaró en 1999 —responde Harris.

—Pero la escribió como si fuera a hacerlo.

—Puede haber decidido no mandarla después de terminarla.

—Dijo que Sophie iba a hablar conmigo primero.

Ortiz asiente.

No necesito llamar a Daniel para preguntarle otra vez. Su declaración de 1999 y la carta dicen lo mismo.

Miro la frase del centro.

Preguntame vos.

Y escucho la otra, la que llevo conmigo desde antes de esta semana.

Preguntale vos.

Esta vez no necesito forzar las dos piezas. Daniel escribió una. Sophie dijo la otra. Yo no llamé.

—Quiero una copia digital de todo.

—La vas a tener —responde Ortiz.

—¿Y los originales?

—Son tuyos. Sólo queremos fotografiarlos y, si estás de acuerdo, que nuestro analista documental examine los dos sobres devueltos. Las marcas postales pueden ayudarnos a confirmar que son los mismos envíos que Daniel describió en 1999.

—Háganlo.

Harris toma por la funda la carta del diez de septiembre.

—Ésta también.

—¿Para qué?

—Para documentar el contenido y la tinta. Nada destructivo.

—¿Creen que puede ser falsa?

—No tenemos motivos para creerlo. Pero apareció ahora y está relacionada con declaraciones del caso. Se documenta.

Asiento y me saco los guantes.

—No es el papel que Sophie tenía.

—No —dice Ortiz—. Esta carta nunca llegó a Bellwether.

—Pero confirma que Sophie había encontrado algo.

—Confirma que el diez de septiembre Daniel escribió que Sophie le había dicho que había encontrado algo.

La diferencia está ahí y esta vez no me molesta.

Estoy por irme cuando Ortiz me pide que espere.

—Ayer te dije que estábamos comparando el encabezado de los documentos que aparecen en la fotografía del porche.

—Sí.

—Tenemos una posibilidad.

Vuelve a sentarse frente a la computadora. Harris se queda de pie detrás de nosotras.

Ortiz abre la imagen.

22 de agosto de 1999.

Sophie tiene diecisiete años. La pulsera roja rodea su muñeca y, junto a su pierna, hay varios papeles y un sobre blanco.

Ortiz amplía las dos hojas donde se repite el encabezado.

—No conseguimos leer el texto —dice—. Pero el diseño nos permitió reducir las opciones.

Abre otro archivo: una copia en blanco y negro de una carta antigua. En la parte superior hay un nombre.

CALDWELL & PIERCE ABOGADOS

Debajo hay una línea horizontal oscura y, en una esquina, un pequeño símbolo ovalado.

Miro otra vez la fotografía del porche. No puedo leer el nombre, pero la posición de la línea y del símbolo se parece.

—¿Es esto?

—No podemos afirmarlo —dice Ortiz—. La resolución no alcanza para identificar un documento. Pero es uno de los formatos que mejor coincide.

—¿Quiénes eran Caldwell & Pierce?

Harris responde.

—El estudio que representó a tu padre durante parte del divorcio y las disputas por las visitas.

Miro la pantalla.

—Entonces esos papeles podían ser del divorcio.

—Podían.

Ortiz abre una lista.

—En 1999 la policía tomó temporalmente varios documentos de ese estudio que estaban guardados en el dormitorio principal de la casa. Los fotografiaron o fotocopiaron y después devolvieron los originales.

—¿Cuántos?

—Nueve documentos. Algunos tienen varias páginas.

—¿Y Sophie podía haberlos encontrado?

—No estaban bajo llave, según la declaración de Evelyn.

Eso ya lo sé.

—¿Qué dicen?

Ortiz abre una carpeta con copias escaneadas.

—La mayoría es bastante previsible. Fechas de visitas, cambios de fines de semana, disputas por gastos de transporte, dos cartas sobre llamadas telefónicas, otra sobre vacaciones.

—¿Y sobre correspondencia?

Ortiz me mira.

—Una.

La abre.

3 de marzo de 1998.

Dos semanas después del segundo sobre devuelto.

La carta está dirigida a Evelyn Bennett. No necesito leer todo el lenguaje legal. La mayor parte son fórmulas hasta que encuentro el párrafo marcado.

Nuestro cliente informa que correspondencia dirigida personalmente a Claire Bennett le ha sido devuelta sin abrir en más de una ocasión.

El Sr. Bennett solicita que futuras comunicaciones destinadas a las niñas no sean rechazadas y propone que cualquier desacuerdo respecto del contacto entre los progenitores se gestione directamente entre los adultos.

Sigo leyendo.

El Sr. Bennett reconoce las dificultades existentes en el cumplimiento de algunas visitas y manifiesta su disposición a acordar por escrito un calendario que reduzca nuevas cancelaciones o malentendidos.

No absuelve a Daniel ni acusa a mi madre de algo que ella no haya admitido. Sólo pone por escrito las dos cosas al mismo tiempo.

—Esto estaba en nuestra casa.

—Sí.

—En el dormitorio de mamá.

—Según el inventario, sí.

—¿También en agosto de 1999?

—No podemos demostrar que siguiera exactamente en el mismo lugar. Pero Evelyn declaró después de la desaparición que conservaba documentos del divorcio y esta copia fue recuperada de la casa.

Miro la fecha de la fotografía de Sophie.

22 de agosto.

—¿Pueden saber si ésta es una de las páginas que tiene al lado?

—No.

—¿Pero el encabezado coincide?

—Es compatible.

La palabra alcanza.

—¿La policía de 1999 relacionó esta carta con el papel que yo mencioné el diecisiete?

—La consideraron relevante —dice Harris—.

Venía del estudio de tu padre, hablaba de correspondencia dirigida a vos y estaba entre los documentos de la casa.

La revisaron dentro de ese contexto. Lo que no podían establecer era que fuera el mismo papel que Sophie llevó a tu habitación.

Tu descripción no incluía un encabezado, un nombre ni ninguna frase que permitiera identificarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora tenemos una mejor copia de la fotografía del porche, la secuencia completa de tus entrevistas y la revisión actual —dice Ortiz—. Sigue sin demostrar que Sophie llevara esta misma carta a tu habitación.

—Pero es un candidato.

—Sí.

Un candidato.

Nada más.

Vuelvo al documento.

Correspondencia dirigida personalmente a Claire Bennett le ha sido devuelta sin abrir en más de una ocasión.

Puedo imaginar a Sophie leyendo esa frase en algún momento de aquel verano y después llamando a nuestro padre para preguntarle si me había escrito. Pero imaginar el recorrido no lo convierte en lo que ocurrió.

—¿Puedo tener una copia?

—Sí.

Ortiz la imprime. Espero junto a la máquina y, cuando la hoja sale todavía tibia, la doblo una vez y la guardo en mi bolso.

No llamo a mi madre desde el auto. Tampoco a Daniel.

Conduzco hasta un café a tres cuadras de mi casa y me siento junto a la ventana. Pido algo que no recuerdo haber elegido.

Saco primero la copia de la carta de Caldwell & Pierce. Después abro en el teléfono la fotografía del porche y alterno entre las dos.

La misma estructura en la parte superior. O algo suficientemente parecido para que dos detectives decidieran revisarlo otra vez.

No necesito convertirlo en más.

Cierro la fotografía y vuelvo a la carta.

Nuestro cliente informa que correspondencia dirigida personalmente a Claire Bennett le ha sido devuelta sin abrir en más de una ocasión.

El 17 de septiembre de 1999, Watkins me preguntó por qué no quería leer el papel que Sophie había llevado a mi habitación.

Mi respuesta fue inmediata.

Porque era mentira.

Leo otra vez la frase del abogado.

A los once años, yo habría sabido exactamente qué hacer con ella.

Llamarla mentira.