TRES SOBRES #2
—Y ahora tampoco.
—Correcto.
Una posibilidad menos.
Miro los otros dos sobres.
—Sophie tampoco pudo haber tenido estos originales. Mamá los devolvió y terminaron otra vez con Daniel.
—Correcto.
—Pero pueden explicar por qué Sophie empezó a creer que yo no había recibido algunas cartas.
—Pueden ser parte de la explicación.
Eso es distinto. Ninguno de los tres sobres puede ser el papel que Sophie llevó a mi habitación, pero los dos primeros demuestran que una parte de la historia que intentaba hacerme reconsiderar era cierta: hubo correspondencia dirigida a mí que nunca llegó a mis manos.
Miro la declaración de Evelyn abierta en mi teléfono.
—Mi madre admitió haberlos devuelto.
—En 1999.
—No intentó ocultarlo.
—No en esa entrevista.
Guardo el teléfono.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
Ortiz se queda apoyada contra el borde del escritorio.
—¿Quién tendría que habértelo dicho?
La pregunta me frena.
—La policía sabía que yo no había recibido las cartas.
—La policía estaba buscando a tu hermana.
—Pero yo era parte de esto.
—Tenías once años.
No me gusta la respuesta aunque entiendo lo que significa.
—¿Y después?
—Después no puedo hablar por tu familia.
No hubo una reunión de adultos para decidir que yo nunca debía saberlo. Hubo decisiones separadas: mi madre devolviendo correspondencia, mi padre cansándose de insistir, la policía concentrándose en encontrar a Sophie.
Yo quedé en el medio.
—Quiero ver los documentos que sacaron del dormitorio de mi madre en 1999.
Ortiz niega suavemente.
—No tenemos todo eso acá para darte hoy. Parte todavía existe. Algunas cosas fueron devueltas a la familia después de ser examinadas. Otras quedaron copiadas, fotografiadas o resumidas. Estamos reconstruyendo el inventario.
—¿Qué buscaban?
—Cualquier cosa relacionada con Daniel, con planes de Sophie, viajes, amigos, amenazas de irse, dinero.
—¿Encontraron cartas entre mis padres?
—Sí.
—¿Importantes?
—Importantes para un divorcio. No necesariamente para una desaparición.
—¿Sophie podía haber leído alguna?
—Sí.
—¿Había algo sobre mí?
Ortiz me mira.
—Claire, no voy a empezar a sacar frases de cartas privadas de tus padres sin saber si tienen relación con el caso.
—Eso no es un no.
—Tampoco es un sí.
No insisto.
—¿Qué están haciendo con el papel que Sophie llevó a mi habitación?
—Revisando el material otra vez. También pedimos que vuelvan a examinar las fotografías tomadas dentro de la casa durante los primeros días.
—¿Buscando un sobre?
—Buscando cualquier documento visible que pueda coincidir con lo que describiste.
—¿También en mi habitación?
—En todas.
Pienso en la fotografía de Sophie sentada en el porche el veintidós de agosto.
—¿Pudieron mejorarla?
—Un poco. No hay texto legible.
—¿Entonces nada?
—Nada que podamos identificar.
Me muestra la ampliación en su monitor. La imagen es mejor que la de mi teléfono, pero no mucho.
Sophie está sentada en los escalones y los papeles siguen junto a su pierna.
El sobre blanco no tiene ninguna dirección legible.
En dos hojas se distingue una estructura parecida: una línea oscura en la parte superior, texto debajo y algo semejante a un sello o logotipo en una esquina.
—¿Qué es?
—No sabemos.
—¿De la escuela?
—Puede ser.
—¿De una universidad?
—También.
—¿Un documento legal?
—También.
Me doy cuenta de que puedo seguir nombrando posibilidades durante una hora y la respuesta no va a cambiar.
—Estamos comparando el formato con documentos que ya existen en el expediente —dice Ortiz—. Formularios escolares, correspondencia universitaria, papeles de abogados, registros médicos. Pero no esperaría demasiado de una fotografía doméstica de 1999.
—Por lo menos sabemos que había varios papeles.
—Eso ya lo sabíamos por la fotografía. La ampliación no nos permite identificar ninguno.
—¿Mi madre recuerda qué estaba haciendo Sophie ese día en el porche?
—No. En 1999 nadie se lo preguntó porque la foto no tenía importancia. Cuando se la mostramos ahora, dijo que no lo recuerda.
—¿Y Megan?
—Recuerda que Sophie estaba revisando solicitudes universitarias ese verano, pero no reconoce esos documentos en particular.
—¿Daniel?
—Tampoco.
Ortiz minimiza la imagen.
—No tenemos más por ahora.
Me levanto.
—Avisame si identifican algo.
—Claro.
Llego a la puerta.
—Y cuando lleguen los sobres, te llamo.
—Antes de abrir el tercero.
Me doy vuelta.
—Es mío.
—Sí.
—Daniel lo escribió para mí.
—Sí.
—Y nunca salió de su casa.
—También.
—¿Entonces por qué necesitás verlo antes?
—Porque fue escrito tres días antes de que Sophie desapareciera, después de una conversación con ella sobre vos. No te estoy diciendo que no puedas abrirlo. Te estoy pidiendo que nos dejes documentarlo primero.
Eso es razonable.
—Está bien.
Mi madre me llama cuando estoy saliendo del estacionamiento. Esta vez atiendo.
—Hola.
—¿Leíste mi declaración?
No pregunto cómo sabe que la tengo.
—Sí.
—Ortiz me avisó que iban a dártela.
Me apoyo contra el auto.
—Devolviste cartas dirigidas a mí.
—Sí.
No intenta descubrir qué parte leí.
—Dos, por lo menos.
—Dos que recuerdo.
—Sin abrirlas.
—Sí.
—Yo no sabía que existían.
—No.
La respuesta es idéntica a la que dio en 1999.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—¿Cuándo querías que lo hiciera?
—En algún momento de los últimos veinticinco años habría estado bien.
Mi madre tarda en responder.
—Tenés razón.
Eso me deja sin la frase que estaba preparando.
—No fue una buena decisión —continúa—. En ese momento creí que lo era.
—¿Qué podía haber en una carta de papá para una nena de ocho años que fuera tan peligroso?
—No era la carta.
—¿Entonces?
—Era él.
La respuesta me endurece.
—Eso suena horrible.
—No quise decirlo así.
—¿Cómo quisiste decirlo?
—Tu padre y yo estábamos peleando por todo. Cada visita terminaba en otra discusión, cada llamada se convertía en una acusación. Sentía que cualquier contacto directo con ustedes era otra forma de seguir entrando en la casa.
—Era nuestro padre.
Hay un silencio breve.
—Sí. Y yo estaba enojada con él.
No agrega una justificación.
—¿Sophie sabía que devolvías las cartas?
—No sé.
—En tu declaración dijiste que quizá se había enterado de alguna.
—Porque era mayor. Escuchaba cosas. Revisaba papeles. No puedo decirte exactamente qué sabía a los catorce o quince años.
—¿En 1999 encontró cartas?
—No lo sé.
—¿Documentos del divorcio?
—Puede ser.
—¿Sabés qué papel quiso mostrarme?
—No.
—¿Te acordás de que yo dijera que era mentira?
El silencio dura un poco más.
—La policía me lo preguntó ayer. No recordaba esa frase hasta que me leyeron la transcripción.
—¿Qué pensaste cuando la escuchaste?
—Que probablemente hablaban de tu padre.
—¿Por qué?
—Porque era lo que Sophie y yo estábamos discutiendo esos días.
Es la misma conclusión a la que podría llegar cualquiera después de leer el expediente.
No una memoria independiente.
—Hay un tercer sobre —digo.
—¿Qué?
—Daniel encontró tres. Dos son los que devolviste. El tercero lo escribió el diez de septiembre de 1999.
Mi madre guarda silencio.
—No sé nada de eso.
—Nunca lo mandó.
—Entonces menos todavía.
La respuesta es tan obvia que casi me río.
—¿Qué querés de mí, Claire?
No lo pregunta con agresividad.
—Quiero saber qué cosas de mi vida decidieron ustedes dos que yo no necesitaba conocer.
Mi madre respira despacio.
—Más de las que debimos.
No esperaba que lo admitiera.
—Eso no significa que todo lo que te conté fuera mentira.
—No dije eso.
—Ya sé.
Por una vez ninguna convierte la conversación en una pelea.
—Los sobres van a llegar mañana —digo.
—¿Los vas a abrir?
—El tercero.
—¿Querés que esté con vos?
La pregunta me sorprende.
—No.
—Está bien.
No insiste.
—Claire.
—¿Qué?
—Cuando lo leas, acordate de una cosa.
Espero.
—Una carta que tu padre escribió y no mandó también es una decisión que tomó él.
Miro el edificio de la comisaría frente a mí.
—Lo sé.
Corto.
Esa noche Daniel me envía el número de seguimiento.
Entrega prevista: mañana antes de las doce.
No le respondo.
Vuelvo a mirar las fotografías. Dos sobres cruzaron la distancia hasta Bellwether y fueron rechazados sin abrir en 1996 y 1998. El tercero fue escrito el 10 de septiembre de 1999 y nunca salió de la casa de Daniel.
Ninguno puede ser el papel que Sophie llevó a mi habitación.
Abro la carpeta que creé esa mañana y anoto debajo de cada fotografía únicamente lo que puedo demostrar.
1996 — enviado. Devuelto cerrado.
1998 — enviado. Devuelto cerrado.
10/09/99 — escrito. Nunca enviado.
Cierro el archivo.
Mañana voy a abrir una carta que mi padre escribió para mí tres días antes de que mi hermana desapareciera.
Y esta vez sé exactamente de dónde viene.