La última vez que vi a Sophie PREGUNTALE VOS
30%

PREGUNTALE VOS

Llamo a Daniel antes de que pueda escribirle otra pregunta.

Atiende enseguida.

—¿Podés venir?

Hay un segundo de silencio.

—Sí.

—A mi casa.

Le doy la dirección. No pregunta por qué cambié de idea después de evitarlo toda la tarde.

Llega veinticinco minutos después con la misma campera oscura que llevaba en el restaurante. Cuando abro la puerta mira el número del departamento y después a mí, como si necesitara comprobar que llegó al lugar correcto.

—Pasá.

Es la primera vez que mi padre entra en una casa mía. La idea aparece cuando ya está adentro. Durante años viví en dormitorios universitarios, departamentos alquilados, una casa durante un matrimonio que duró menos de cuatro años y, ahora, este lugar. Daniel no conoció ninguno.

Se queda junto a la puerta mientras retiro del sofá una carpeta, dos libros y la ropa que dejé ahí por la mañana.

—Podés sentarte.

—Gracias.

No comenta el desorden. Le ofrezco café y dice que no.

Me siento frente a él.

—¿Qué te preguntó Sophie sobre las cartas?

Daniel junta las manos entre las rodillas.

—Primero quiso saber si alguna vez te había escrito directamente.

—¿Sin incluirla a ella?

—Sí.

—¿Y lo habías hecho?

—Muchas veces.

No respondo.

—Tarjetas de cumpleaños. Cartas. Postales cuando viajaba por trabajo. Nada extraordinario.

—Yo no las recuerdo.

—Ya sé.

—¿Cómo podés saberlo?

—Porque Sophie me lo dijo.

—¿Cuándo?

—En nuestra última conversación. Unos días antes de que desapareciera.

—Contame exactamente lo que puedas.

Daniel asiente.

—Me preguntó si alguna vez te había escrito sin escribirle también a ella. Le dije que sí. Después quiso saber cuándo había sido la última vez.

—¿Te acordabas?

—Más o menos. Creo que le dije que había mandado una carta durante el verano. También una tarjeta antes.

—¿A nuestra casa?

—Sí. A Bellwether.

—¿Y qué dijo Sophie?

—Me preguntó si alguna vez me habías contestado.

—¿Y yo había contestado?

—No.

Lo dice sin reproche.

—Nunca.

Miro hacia la cocina. El teléfono de nuestra infancia estaba colgado junto a una pared. El correo llegaba por una abertura en la puerta principal y terminaba casi siempre sobre la mesada. Mi madre separaba las facturas, los catálogos y las cartas de la escuela.

No consigo colocar una carta de Daniel en ninguna de esas escenas.

—¿Qué pasó después?

—Le dije que había asumido que no querías hablar conmigo.

—Tenía once años.

—Lo sé.

—¿De verdad pensabas que una nena de once años decidía qué correspondencia recibía y cuál contestaba?

Daniel se reclina contra el sofá.

—No cuando lo decís así.

—¿Y entonces?

—Entonces era más fácil pensar que me rechazabas que seguir preguntándome qué estaba pasando.

No intento aliviarle la respuesta y él tampoco parece esperar que lo haga.

—Sophie dijo algo después —continúa—. Eso fue lo que volvió rara la conversación.

—¿Qué?

—Que vos no habías visto las cartas.

Lo miro.

—¿Esas fueron sus palabras?

—No puedo jurarlo después de veinticinco años. Pero ése era el sentido. Que no las habías recibido.

—¿Le preguntaste cómo lo sabía?

—Claro.

—¿Qué respondió?

—No quiso decírmelo.

Me levanto y voy a buscar agua aunque no tengo sed.

—¿Te dijo que había encontrado una?

—No. Me había dicho que había encontrado algo, eso ya te lo conté. Nunca dijo que fuera una carta.

—¿Mencionó un sobre?

—No.

—¿Un papel?

—No.

Vuelvo con dos vasos. Daniel acepta uno esta vez.

—Entonces Sophie podía estar suponiéndolo.

—Sí.

—O yo podía haber recibido las cartas y no haberte contestado.

—Sí.

—O podían haberse perdido.

—Algunas, quizá.

—¿Por qué «algunas»?

Daniel mira el vaso.

—Porque unas pocas volvieron.

Me siento otra vez.

—¿Volvieron adónde?

—A mí. Devueltas por correo.

—¿Sin abrir?

—Dos que recuerde, sí.

—¿Cuándo?

—Años antes de que Sophie desapareciera. No tengo las fechas en la cabeza.

—¿Todavía las tenés?

—No sé.

—¿No sabés?

—Tengo cajas que no abro desde hace veinte años. Papeles del divorcio, documentos de la investigación, cosas de ustedes. Si no las tiré en alguna mudanza, podrían estar ahí.

—¿Qué decía en los sobres?

—Lo normal cuando devuelven correo.

—¿«Destinatario desconocido»?

—No. Seguían viviendo ahí.

—Entonces ¿qué?

Daniel piensa.

—Uno decía algo como «rechazado». No recuerdo el sello exacto.

La palabra me hace mirarlo.

—¿Rechazado por quién?

—Eso nunca lo supe.

—Vivíamos ahí.

—Sí.

—Yo vivía ahí.

—Sí.

—¿Y no hiciste nada?

Su cara cambia.

—Llamé.

—¿Y?

—Tu madre y yo discutimos.

—¿Sobre las cartas?

—Sobre todo.

—¿Te dijo que las había devuelto?

—No.

—¿Le preguntaste?

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que si tenía algo que decirles a mis hijas podía hacerlo de una manera que no las pusiera en medio de nuestros problemas.

No es una confesión ni una respuesta directa. También suena exactamente al tipo de conversación que Daniel y Evelyn podrían haber tenido.

—¿Eso se lo dijiste a la policía?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No en mi primera declaración. Después, cuando empezaron a preguntarme por qué Sophie había retomado el contacto conmigo.

Tomo el teléfono.

—Voy a pedirla.

Daniel no intenta detenerme.

Escribo a Ortiz:

¿Hay una declaración complementaria de Daniel sobre correspondencia enviada a Sophie o a mí? Necesito verla.

Dejo el teléfono sobre la mesa.

—Seguí con la llamada.

Daniel bebe agua.

—Le pregunté a Sophie cómo sabía que vos no habías recibido nada. Evitó responder. Entonces le dije que, si tenía dudas sobre lo que yo estaba diciendo, no tenía por qué creerme.

—¿Qué querías que hiciera?

—Que me preguntaras vos.

La respuesta se parece demasiado a la frase que llevo desde ayer.

Preguntale vos.

No significa que sean las mismas palabras ni que mi recuerdo las haya conservado intactas. Pero por primera vez puedo imaginar qué clase de conversación pudo haberlas producido.

—Le dije que, si querías preguntarme por una carta, una visita, por qué me había ido o lo que fuera, podías hablar conmigo directamente —continúa Daniel.

—¿Qué respondió?

—Que no ibas a hacerlo.

—¿Por qué?

Daniel me mira.

—Porque pensabas que yo no quería saber nada de vos.

Aprieto los dedos alrededor del vaso. A los once años yo creía algo muy parecido.

—¿Y Sophie qué pensaba?

—Que tenía que conseguir que dejaras de creerlo.

La idea coincide con la nota manuscrita de Daniel: Sophie dijo que antes de irse tenía que conseguir que Claire entendiera.

—¿Te dijo qué iba a hacer?

—Hablar con vos.

—Eso ya lo sé.

—No me contó cómo.

—¿Nunca dijo que iba a mostrarme algo?

—No de una manera que yo recuerde.

Mi teléfono vibra.

Es Ortiz.

Sí. Hay una declaración complementaria del 18/09. Estoy revisando qué parte puedo enviarte. Dame unos minutos.

Dejo el teléfono.

—¿Qué escribías en esas cartas?

Daniel parece confundido.

—¿Querés el contenido?

—De alguna.

—Claire, escribí muchas.

—Una.

Piensa.

—Me acuerdo de una porque la escribí después de faltar a una visita.

Sé cuál antes de que continúe.

—¿El sábado que te esperé?

—Probablemente.

Yo tenía nueve o diez años. Estuve junto a la ventana desde la mañana. A las tres mi madre dejó de fingir que todavía podía llegar. A las cinco guardó la comida.

—¿Por qué no viniste?

—El auto se rompió a mitad de camino.

Lo miro.

—Mamá dijo que habías llamado y que había surgido algo más importante.

—Eso no fue lo que pasó.

No siento sorpresa, y eso es peor.

—¿Qué pusiste en la carta?

Daniel se frota la frente.

—Que lo sentía. Que tendría que haber encontrado otra manera de llegar. Que entendía si estabas enojada. Y que no había dejado de ir porque no quisiera verte.

Nada de eso está en mi recuerdo de aquel fin de semana. Lo que recuerdo es a mi madre retirando un plato de la mesa y diciéndome que no esperara a alguien que no venía.

—¿Contesté?

—No.

—¿La carta volvió?

—Ésa no.

Nos miramos.

Si no volvió, lo único que puedo concluir es que no regresó a Daniel. No significa que llegara a mis manos.

El teléfono vibra otra vez. Ortiz envió dos páginas escaneadas.

Las abro.

18/09/99 — Entrevista complementaria: Daniel R. Bennett.

Salto varias líneas hasta encontrar la sección marcada por Ortiz.

«Bennett manifiesta haber enviado correspondencia a ambas hijas después de la separación. Refiere que parte de dicha correspondencia no recibió respuesta y que al menos dos envíos fueron devueltos. No puede proporcionar actualmente fechas exactas ni conservar comprobantes de todos los envíos».

Más abajo:

«Bennett refiere que durante una de sus recientes conversaciones telefónicas Sophie preguntó específicamente si había enviado cartas o tarjetas dirigidas a Claire.

Según Bennett, Sophie manifestó creer que Claire no había tenido conocimiento de parte de esa correspondencia.

Bennett indica que Sophie no explicó el fundamento de dicha afirmación».

Sigo.

«Se consulta si Sophie mencionó haber encontrado correspondencia en el domicilio. Bennett responde negativamente».

La siguiente línea está subrayada.

«Se recomienda revisar correspondencia y efectos personales recuperados del dormitorio de Sophie y consultar a Evelyn Bennett respecto de envíos recibidos de Daniel Bennett».

—Lo investigaron —digo.

—Sí.

—¿Qué encontraron?

—Nada, que yo sepa.

El mensaje de Ortiz llega casi al mismo tiempo.

Hay seguimiento. La policía revisó material recuperado de la habitación de Sophie y preguntó a varias personas por cartas de Daniel.

Encontraron algunas postales antiguas y una tarjeta dirigida a Sophie, pero nada que permitiera identificar el documento que vos describiste el 17.

También entrevistaron a Evelyn por la correspondencia.

Empiezo a escribir.

¿Qué dijo mi madre?

Los tres puntos aparecen, desaparecen y vuelven.

Finalmente llega la respuesta.

Prefiero que leas su declaración completa y no una frase aislada. Puedo prepararla para mañana.

No insisto.

Daniel observa mi cara.

—¿Qué pasa?

—La entrevistaron por las cartas.

—Lo imaginé.

—¿Nunca supiste qué dijo?

—No.

—¿Nunca preguntaste?

—En ese momento estaba preguntando dónde estaba Sophie.

La respuesta es mejor de la que quería escuchar. Dejo el teléfono sobre la mesa.

—¿Por qué dejaste de escribirme?

Daniel no necesita aclarar de qué época hablo.

—Porque me cansé de mandar cosas a una casa que parecía tragárselas.

—Eso no te deja muy bien.

—No.

—Podrías haber seguido.

—Sí.

—Podrías haber venido.

—Sí.

—Podrías haber peleado más.

—Sí.

No hay mucho que hacer con un hombre que acepta cada acusación correcta.

Camino hasta la ventana. Mi departamento está en un cuarto piso. Desde acá se ven techos, árboles y la calle que conduce hacia el centro. No hay nada de Bellwether en la vista.

—Sophie te llamó —digo—. Ella hizo lo que vos no hiciste.

—Sí.

—Y después intentó convencerme.

—Eso parece.

Me doy vuelta.

—¿Alguna vez pensaste que el papel podía ser una de tus cartas?

—Después de que desapareció, sí.

—¿Y ahora?

—También.

—¿Pero no lo sabés?

—No.

Asiento. No necesito que convierta una posibilidad en algo más.

Daniel se levanta un rato después. En la puerta duda antes de despedirse.

—Si querés, puedo llamar a mi casa y pedir que busquen esas cajas.

—¿Quién?

—Mi esposa.

Es la primera vez que menciona que está casado.

—¿Hace cuánto?

—Diecinueve años.

—No sabía.

—Hay muchas cosas que no sabés de mí.

No lo dice como reproche.

—Buscá las cajas.

—Está bien.

Abre la puerta.

—Papá.

Se detiene.

La palabra salió sin que la eligiera. Hace años que no lo llamaba así.

—Si encontrás una carta dirigida a mí, no la abras.

Su expresión cambia apenas.

—No lo haría.

Se va.

Esa noche no vuelvo a escuchar las grabaciones ni releo las declaraciones. Saco una libreta del cajón y escribo en una página limpia:

Preguntale vos.

Debajo anoto:

¿A papá?

No agrego ninguna afirmación.

El papel que Sophie llevó a mi habitación pudo haber sido una carta, pero también pudo haber sido otra cosa. Las conversaciones de Daniel permiten una posibilidad más concreta sobre lo que Sophie intentaba conseguir conmigo, aunque todavía no demuestran qué contenía aquel papel.

Quizá no quería convencerme de que Daniel era un buen padre. Quizá quería que dejara de creer una versión demasiado simple de él y le preguntara a él mismo.

Por ahora, eso sigue siendo una interpretación.

Busco en el teléfono el mensaje de Ortiz.

Puedo prepararla para mañana.

Le respondo:

Sí. Quiero leer la declaración completa de mi madre sobre las cartas.

Estoy por apagar la pantalla cuando llega otro mensaje.

Es Daniel.

Acabo de hablar con mi esposa. Encontró las cajas.

Un segundo mensaje aparece debajo.

Hay tres sobres con tu nombre.