La última vez que vi a Sophie ERA MENTIRA
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ERA MENTIRA

Ortiz me llama al día siguiente poco antes del mediodía.

—Terminamos de digitalizar la grabación del diecisiete.

Miro las hojas que todavía ocupan la mitad de mi mesa.

—¿La puedo escuchar hoy?

—Cuando quieras.

Llego a la comisaría cuarenta minutos después.

Esta vez Harris no está. Ortiz me lleva a la misma oficina pequeña del día anterior y cierra la puerta sin comentar la cantidad de veces que he estado allí durante la última semana. Sobre el escritorio hay una computadora y dos auriculares.

—La cinta dura cuarenta y seis minutos —dice—. La revisamos completa. Marqué algunos momentos que creo que vas a querer escuchar con atención.

—¿Mi madre estaba presente?

—Durante los primeros veintiocho minutos, no. Después entra.

Me siento.

Ortiz no empieza por la segunda conversación con Sophie. Empieza por Megan.

La voz de Watkins aparece entre un siseo constante.

—Claire, ¿te acordás de Megan Price?

Mi voz es más baja que en la entrevista del día anterior.

—Sí.

—Megan dice que llamó a tu casa el lunes por la noche. ¿Hablaste con ella?

Hay unos segundos de ruido.

—Sí.

No me sorprende. Ya sé que ocurrió.

—¿Qué quería?

—A Sophie.

—¿Qué le dijiste?

—Que se fue.

Las palabras coinciden con lo que Megan recordó.

Watkins continúa.

—¿Le dijiste dónde había ido Sophie?

—No sabía.

—¿Cómo sabías que se había ido?

La niña que fui tarda un instante.

—Porque la vi afuera.

—¿Desde tu habitación?

—Sí.

Watkins pregunta qué vi desde la ventana. Mi respuesta vuelve a incluir el auto, aunque esta vez no insiste demasiado en la descripción.

—¿El auto azul?

—Sí.

—¿Viste a Sophie subir?

—No.

—¿Viste que alguien la obligara a acercarse?

—No.

—¿Viste quién conducía?

—No.

Hay una pausa.

—Entonces viste a Sophie afuera y viste el auto.

—Sí.

Me quedo inmóvil.

No dije que Sophie subiera. No dije que se acercara al auto. Tampoco dije que el auto se moviera. Durante veinticinco años esas cosas terminaron ocupando el mismo recuerdo porque estaban dentro de la misma escena.

La cinta las mantiene separadas.

Watkins cambia de tema.

—¿Llamaste a North Road Gas?

—No.

—¿Sabés dónde queda?

—No.

Las respuestas son claras. No recuerdo haber hecho esa llamada y, cuatro días después de la desaparición, también dije que no.

Watkins continúa.

—¿Sophie habló por teléfono esa noche?

Hay una pausa.

—Sí.

Levanto la vista. Ortiz detiene la grabación.

—Eso no aparecía en el fragmento que vi ayer.

—No. La nota resumía la parte sobre North Road, pero no cada pregunta de la entrevista.

—Seguí.

Vuelve a reproducir.

—¿Cuándo habló Sophie por teléfono?

—No sé.

—¿Antes de cenar?

—No.

—¿Después?

—Sí.

—¿Sabés con quién?

—No.

—¿La escuchaste hablar?

—Un poco.

—¿Qué dijo?

La respuesta tarda.

—No sé.

Watkins no insiste.

—¿Estaba en la cocina cuando habló?

—Sí.

Pienso en el teléfono fijo junto a la pared y en la llamada a la pizzería de las ocho y dieciocho.

—Puede ser la pizzería —digo.

—Puede —responde Ortiz—. Para el diecisiete esa llamada ya aparecía en los registros y Evelyn la había atribuido a Sophie. Pero no tenemos una grabación que permita confirmar que estabas hablando de ésa.

Asiento. No alcanza para convertirla en otra cosa.

La cinta continúa. Watkins hace varias preguntas sobre la escuela, Megan y los lugares a los que Sophie podía ir caminando desde casa. Después vuelve a la pelea.

—Quiero preguntarte otra vez por tu hermana.

Mi voz desaparece durante varios segundos.

—Está bien.

—El martes me dijiste que hablaste con Sophie dos veces después de cenar. ¿Te acordás?

—Sí.

Me inclino hacia la computadora.

El martes. El catorce. La declaración que leí anoche.

—La primera vez fue en la habitación de Sophie, ¿verdad?

—Sí.

—Y después bajaste.

—Sí.

—¿Cuándo volviste a verla?

La cinta cruje.

—Ella vino.

No aparece ninguna escena completa.

—¿Adónde vino? —pregunta Watkins.

—A mi cuarto.

La imagen que apareció frente a Daniel intenta regresar: mi habitación, la cama, Sophie cerca de la puerta.

No la completo.

—¿Por qué fue a tu habitación?

Mi voz se vuelve casi inaudible. Ortiz aumenta un poco el volumen.

—Quería que hiciera algo.

—¿Qué cosa?

Una pausa larga.

—Leer.

No miro a Ortiz.

—¿Qué quería que leyeras?

No respondo.

—Claire, ¿era un libro?

—No.

—¿Una carta?

La respuesta tarda.

—No sé.

—¿Era un papel?

—Sí.

Ahí está el límite exacto de lo que la cinta puede darme. A los once años dije papel.

No sobre.

Watkins continúa.

—¿Te lo dio Sophie?

—No quería.

—¿No querías qué?

—Leerlo.

La respuesta llega desde 1999 sin necesitar que yo reconstruya ninguna imagen.

—¿Por qué no?

—Porque era mentira.

Muevo una mano hacia la computadora.

—Pará.

Ortiz detiene el audio. La oficina queda en silencio.

—¿Eso estaba en algún informe?

—Hay una anotación en el resumen del diecisiete que dice que te mostraste evasiva cuando preguntaron por la segunda conversación. Esta parte no quedó transcrita palabra por palabra.

—«Porque era mentira». ¿Qué significa?

—No lo sabemos.

—¿Watkins volvió a preguntar?

—Sí.

Le indico que continúe.

La cinta vuelve.

—¿Qué era mentira, Claire?

No respondo.

—¿Lo que decía el papel?

—Sí.

—¿Sabés qué decía?

—No.

—Entonces ¿cómo sabías que era mentira?

Mi voz sube.

—Porque sí.

—¿Sophie te dijo qué decía?

—No quiero hablar.

Watkins espera.

—No estás en problemas.

—Ya sé.

—¿Sophie estaba enojada porque no quisiste leerlo?

—Sí.

—¿Vos estabas enojada con ella?

—Sí.

—¿Se gritaron?

—Sí.

—¿Sophie te lastimó?

—No.

—¿Vos la lastimaste a ella?

Hay un ruido en la cinta, quizá una silla. Después mi voz.

—No.

Watkins no repite la pregunta.

—¿Qué pasó después?

—Se fue.

—¿De tu habitación?

—Sí.

—¿Adónde?

—A la suya.

—¿La viste afuera después?

—Sí.

—¿Desde tu ventana?

—Sí.

Ortiz deja correr unos segundos más. Watkins pregunta por la mochila. Digo que Sophie la tenía cuando entró en mi habitación.

—¿Estaba llena?

—No sé.

—¿Llevaba algo más?

—El papel.

Por unos segundos apenas escucho lo que sigue.

El papel ya estaba en mi relato cuatro días después de la desaparición. No apareció esta semana porque Daniel mencionó que Sophie había encontrado algo. Tampoco nació de la fotografía del porche.

A los once años dije que Sophie había ido a mi habitación con la mochila y un papel y que quería que yo lo leyera.

—Quiero volver a escuchar esa parte.

Ortiz retrocede.

Escuchamos otra vez.

—¿Qué quería que hicieras?

—Leer.

—¿Era un papel?

—Sí.

—¿Te lo dio Sophie?

—No quería.

—¿No querías qué?

—Leerlo.

Y después:

—Porque era mentira.

Ortiz detiene la grabación.

—El dieciséis dije que Sophie no me había contado nada.

—Sí.

—El catorce admití que habíamos hablado otra vez y no quise explicar de qué.

—Sí.

—Y el diecisiete dije esto.

Las tres fechas están delante de nosotras.

—¿Qué hizo la policía con las diferencias?

Ortiz abre una carpeta digital.

—Watkins dejó una nota. Tus respuestas variaban cuando aparecían los conflictos familiares y recomendó evitar entrevistas repetidas salvo que surgiera información concreta.

—¿Pensaba que estaba mintiendo?

—No dice eso.

—¿Qué dice?

Ortiz lee:

—«La menor parece fatigada por las entrevistas y muestra resistencia a responder preguntas relacionadas con conflictos entre la hermana desaparecida y otros miembros de la familia. No es posible establecer si las variaciones responden a confusión, formulación de las preguntas o reticencia».

Nada más.

Un policía dejó constancia de que una niña sometida a entrevistas repetidas no respondía exactamente igual cada vez. No decidió por qué.

—¿Y el papel? ¿Lo buscaron?

Ortiz consulta otra entrada del expediente.

—Sí. Revisaron los documentos y objetos recogidos de la habitación de Sophie. También preguntaron a familiares y amigas si podían identificar algún papel que ella hubiera querido mostrarte. No consiguieron relacionar ningún documento concreto con tu declaración.

—¿Ni siquiera supieron qué era?

—No.

El límite queda claro: el papel existía en mi relato; su identidad, no.

—Seguí.

Quedan diecisiete minutos.

Mi madre entra alrededor del minuto veintinueve. Se escucha abrirse una puerta.

—¿Cómo está? —pregunta.

Watkins responde que están casi terminando. Mi madre se acerca.

—¿Querés agua, cariño?

—No.

—¿Estás cansada?

—Sí.

Nada cambia de manera perceptible en mi voz cuando entra.

Watkins hace algunas preguntas generales. Mi madre responde una sola vez, cuando él pregunta a qué hora había cenado la familia; después se disculpa y deja que yo conteste.

No menciona el papel, la pelea ni el auto.

La cinta termina con Watkins diciéndome que puedo irme.

Me quito los auriculares.

—¿Harris escuchó esto?

—Sí.

—¿Y qué van a hacer?

—Buscar cualquier documento que todavía pueda ayudarnos a identificar el papel. Material recogido en 1999, fotografías, declaraciones, correspondencia. También vamos a volver a hablar con Daniel y Evelyn.

—La fotografía del veintidós de agosto.

—La están examinando.

—¿Pueden saber si el sobre de la foto tiene algo que ver con el papel?

—Probablemente no.

—Pero ahora sabemos que había un papel esa noche.

Ortiz asiente.

—Sabemos que el diecisiete dijiste que Sophie llevó un papel a tu habitación y quiso que lo leyeras.

Esa precisión ya no me irrita.

Me levanto.

—Quiero una copia del audio cuando puedan darme una.

—La vas a tener.

Estoy llegando a la puerta cuando recuerdo otra parte.

—Watkins me preguntó si yo había lastimado a Sophie.

—Era una pregunta razonable después de que dijiste que habían discutido.

—Ya sé.

—Claire.

Me doy vuelta.

—Que te haya hecho una pregunta no significa que conociera la respuesta.

Asiento.

No voy al River Inn. Tampoco llamo a mi madre. Conduzco hasta casa y extiendo otra vez las tres entrevistas sobre la mesa.

14 de septiembre.

16 de septiembre.

17 de septiembre.

El catorce dije que Sophie quería que le creyera sobre cosas relacionadas con nuestro padre, dije que mamá mentía y admití que habíamos hablado una segunda vez. Cuando me preguntaron de qué, me negué a responder.

El dieciséis describí el auto y, cuando me preguntaron si Sophie me había contado algo después, dije que no.

El diecisiete expliqué que Sophie había ido a mi habitación con la mochila y un papel, que quería que lo leyera y que yo me había negado porque creía que lo que decía era mentira.

Las declaraciones no cuentan exactamente la misma historia, pero tampoco se anulan entre sí.

En la primera me negué a contar una parte de la conversación; en la segunda dije que Sophie no me había contado nada; en la tercera conté más.

Puede haber reticencia, confusión o diferencias en la forma en que entendí las preguntas.

No tengo que decidir cuál de esas cosas explica cada respuesta.

Hay algo que sí permanece cuando vuelvo a las cintas: el auto no desaparece. Vi un vehículo y también vi a Sophie afuera, pero nunca dije que Sophie hubiera subido a ese vehículo. Durante años convertí dos cosas presentes en la misma escena en una sola acción.

La cinta acaba de separarlas.

Me quedo sentada junto a la mesa. Hay otra cosa que no aparece en las transcripciones que tengo delante: una frase que llevo años asociando a aquella noche sin haber sabido nunca dónde colocarla.

Preguntale vos.

No sé en qué momento de la conversación la dijo Sophie. Tampoco sé si apareció antes de mostrarme el papel o después de que yo me negara a leerlo. Ni siquiera puedo demostrar todavía que esas palabras hayan sobrevivido intactas durante veinticinco años.

Pero sé a quién me hacen pensar.

Tomo el teléfono y busco el nombre de mi padre.

Escribo:

Necesito saber algo. ¿Sophie te preguntó alguna vez si me habías escrito a mí?

La respuesta tarda menos de un minuto.

Sí.

Aparecen los tres puntos.

Después llega otro mensaje.

La última vez que hablamos.