NO ESA NOCHE #2
—Eso tampoco responde.
Ruth seca una taza.
—Sophie te adoraba. Y vos podías volverla loca en menos de treinta segundos.
—¿Nos peleábamos?
—Por el baño, por su ropa, por entrar sin tocar, por usar sus casetes. Por cualquier cosa.
—¿La semana que desapareció?
Ruth deja la taza en el armario.
—No recuerdo ninguna pelea especial. Pero estaba distinta con vos.
—¿Cómo?
—Más pendiente.
—¿Desde cuándo?
—Ese verano.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pensé que era porque estaba por terminar la escuela. Vos tenías once y ella empezaba a hacer planes para irse. A veces, cuando alguien está pensando en dejar una casa, empieza a mirar de otra manera a los que van a quedarse.
Daniel había dicho que Sophie quería que yo entendiera ciertas cosas antes de decidir qué hacer.
Su declaración decía que, antes de irse, necesitaba conseguir que yo entendiera.
Ruth sólo había visto a una hermana mayor prestándome más atención.
Las versiones podían estar describiendo la misma preocupación sin explicar todavía qué significaba.
Mi teléfono vibra. Es un número de Ohio.
Ruth mira la pantalla.
—Debe ser Megan.
Atiendo.
—¿Hola?
Una mujer dice mi nombre.
—Claire.
No es una pregunta.
—Sí.
Durante un segundo escucho tráfico al otro lado.
—Soy Megan.
—Gracias por devolverme la llamada.
—La policía me dijo que habían encontrado a Sophie.
Su voz se quiebra apenas en el nombre.
—Sí.
—Lo siento.
Nunca sé qué responder a eso.
—¿Tenés unos minutos?
—Todos los que necesites.
Salgo al porche de Ruth y me siento en el banco de madera.
—Quiero preguntarte por los días antes de que desapareciera.
—Está bien.
—¿Sabías que hablaba con mi padre?
—Sí.
Ya son varias las personas que lo sabían antes que yo.
—¿Sabías que estaba pensando en irse a vivir con él?
—Sí.
—¿Te dijo cuándo?
Megan responde sin dudar.
—No esa noche.
Aprieto el teléfono contra la oreja.
—¿Qué?
—La policía me preguntó lo mismo. Sophie estaba preparando cosas, sí. Quería irse. Pero no pensaba hacerlo el lunes.
—¿Cómo lo sabés?
—Porque hablé con ella esa tarde.
Me levanto del banco.
—¿El trece de septiembre?
—Sí. Después de clases.
—¿A qué hora?
—Alrededor de las cuatro. Yo entraba a trabajar a las cinco en la farmacia. Caminamos juntas hasta Main y Jefferson y ahí nos separamos.
—¿Qué te dijo?
—Que había hablado otra vez con Daniel unos días antes. Estaba enojada porque él le había pedido que esperara.
Recuerdo la conversación con mi padre: una semana.
—¿Cuánto?
—Hasta el fin de semana. Eso recuerdo.
—¿Iba a esperar?
—Sí. O por lo menos eso dijo. Sophie podía cambiar de opinión, pero esa tarde estaba convencida de que todavía no podía irse.
—¿Por qué?
Megan tarda apenas un instante.
—Por vos.
No respondo.
—Me dijo que primero tenía que hablar con vos.
Miro la puerta de Ruth detrás de mí.
—¿Qué tenía que decirme?
—Nunca me lo contó.
La respuesta ya no me sorprende.
—¿Usó esas palabras?
—No exactamente. Dijo: «Primero tengo que arreglar lo de Claire». Eso sí lo recuerdo porque le pregunté qué habías hecho.
—¿Y qué respondió?
—Que nada.
Cierro los ojos.
—¿Le preguntaste qué significaba?
—Sí. Me dijo que no era asunto mío.
Eso suena a Sophie. Mucho más que cualquiera de las frases perfectas que llevo días intentando colocar en su boca.
—¿Se lo contaste a la policía en 1999?
—Sí. Hice una declaración formal y me entrevistaron otra vez después. Les dije que estaba juntando ropa; por eso pude ayudar a identificar algunas cosas que creíamos que faltaban. También les dije que había prometido esperar.
La información no estuvo escondida durante veinticinco años. La policía la tenía.
—¿Qué pensaste cuando no volvió esa noche?
—Al principio, que había cambiado de idea.
—¿Y después?
Megan respira al otro lado de la línea.
—Después apareció el auto.
No sigo por ahí.
—¿Sophie estaba asustada esa tarde?
—No.
—¿Enojada?
—Sí.
—¿Con mi madre?
—Con todos, creo. Con Daniel por hacerla esperar. Con Evelyn porque no quería seguir viviendo ahí. Conmigo porque le dije que irse a seiscientos kilómetros no iba a arreglar mágicamente su vida.
—¿Y conmigo?
—No.
La respuesta llega rápido.
—Por lo menos no parecía enojada con vos.
Miro la calle.
—¿La viste después de las cuatro?
—No.
—¿Hablaron por teléfono?
—No.
—¿Tenían algún plan para el día siguiente?
—Sí.
—¿Cuál?
—Nada importante. Íbamos a almorzar juntas en la escuela. Yo había dejado un libro en su casillero y ella tenía que devolvérmelo.
Un libro, un almuerzo, el martes. Es un detalle tan ordinario que me afecta más que cualquier otra cosa.
—¿Recordás qué libro?
Megan se ríe muy bajo.
—No. Eso sí que se perdió.
Seguimos hablando unos minutos. Le pregunto por compañeros, amigos y personas con las que Sophie pasaba tiempo.
Megan recuerda varios nombres, pero ninguno aporta algo que la investigación de 1999 no hubiera revisado.
Tampoco recuerda que Sophie le hubiera hablado de alguien nuevo que fuera a buscarla esa noche ni de otro plan para marcharse.
Antes de cortar le pregunto por el sobre blanco.
—¿Te suena?
—No especialmente.
—¿Nunca viste uno entre sus cosas?
—Seguro que sí. Teníamos diecisiete años, Claire. La gente todavía se mandaba cartas.
—Claro.
—Si recuerdo algo más, te llamo.
—Gracias.
—Claire.
—¿Sí?
—Sophie hablaba mucho de vos.
Espero.
—No de una manera rara. Sólo... le importaba cómo ibas a entender lo que estaba haciendo. Incluso cuando hablaba de irse.
No sé qué decir.
Megan se despide y corta.
Me quedo en el porche con el teléfono entre las manos. Ruth abre la puerta unos centímetros.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Querés volver a entrar?
Niego con la cabeza.
—Tengo que ir a la policía.
—¿Encontraste algo?
Miro la hora. Son las tres y cuarenta y seis. Veinticinco años antes, a esa altura de la tarde, Sophie todavía estaba atravesando un lunes que esperaba continuar el martes.
—Habló con Megan después de clases —digo—. Le dijo que iba a esperar hasta el fin de semana para irse.
Ruth apoya una mano en el marco de la puerta.
—¿La policía lo sabía?
—Sí.
Guardo el teléfono.
A las cuatro de la tarde del 13 de septiembre de 1999, Sophie tenía planes de dejar Bellwether. Pero, cuando habló con Megan esa tarde, no pensaba hacerlo esa noche.
Antes quería hablar conmigo.