La última vez que vi a Sophie NO ESA NOCHE
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NO ESA NOCHE

Ruth me llama poco después de las dos.

—Tu madre me dijo que querías hablar conmigo.

—Le pedí que no te dijera qué quería preguntarte.

—Y no me lo dijo. Sólo dijo que te llamara.

Su voz sigue siendo la misma que recuerdo: grave, rápida, incapaz de convertir una conversación sencilla en algo solemne.

Miro el reloj de la cocina.

—¿Estás con ella?

—No. Acabo de volver a casa.

—¿Puedo ir?

—Claire, me conocés desde que usabas zapatos con luces. No necesitás pedir permiso.

Veinte minutos después estaciono frente a una casa de ladrillo rojo en Maple Drive.

Ruth vive allí desde antes de que yo naciera.

Su marido murió hace ocho años y sus hijos se mudaron a otros estados, pero la casa parece haberse resistido a cualquier transformación importante.

Sigue teniendo las mismas macetas junto a la puerta, el mismo banco de madera en el porche y un llamador de bronce con forma de hoja que me dejaban golpear cuando era chica.

Ruth abre antes de que lo use.

—Dios mío.

Me abraza antes de que alcance a decidir si quiero hacerlo.

—Perdón —dice cuando me suelta—. Sé que la gente debe estar abrazándote demasiado.

—Hay cosas peores.

—Sí. Las hay.

Tiene sesenta y nueve años y lleva el pelo gris cortado por debajo de las orejas. Está más delgada, pero conserva esa forma de mirarte que hacía imposible mentirle sobre una ventana rota o una galleta robada.

Entramos.

—Café, té, agua, whisky.

—¿Whisky?

—Son las dos y media. Por eso lo puse último.

Elijo café y Ruth me lleva a la cocina en lugar de a la sala. Allí pasé muchas tardes de mi infancia mientras ella y mi madre hablaban durante horas. Recuerdo haber dibujado debajo de esta mesa. Sophie, en cambio, prefería sentarse con los adultos y opinar sobre cosas que nadie le había preguntado.

Ruth coloca dos tazas y se sienta frente a mí.

—La policía vino ayer. Antes de que preguntes.

—¿A hablar de Sophie?

—De Sophie, de tu madre, de tu padre, de 1999. De todo lo que creyeron que podía servirles.

—¿Qué les dijiste?

—La verdad, con todos los agujeros que tiene después de veinticinco años.

No necesito explicarle por qué eso me interesa.

—Quiero saber qué pasó el día después de que Sophie desapareció.

Ruth apoya los antebrazos sobre la mesa.

—Llegué después de la policía.

—¿A qué hora?

—Cerca del mediodía. Tal vez un poco antes. Eso sí puedo comprobarlo porque durante años pensé que había llegado esa misma noche y después vi mi primera declaración. Dice once cuarenta.

Coincide con lo que me contó mi madre.

—¿Cómo estaba?

—Como alguien cuya hija no había vuelto a casa.

—Eso no me ayuda mucho.

—Porque no hay una palabra especial para describirlo. Estaba hablando por teléfono, apuntando nombres, preguntando quién había llamado a quién. Hacía cosas. Tu madre siempre hace cosas cuando no puede controlar lo que está pasando.

La descripción me resulta tan familiar que casi puedo verla.

—¿Pensaba que Sophie se había escapado?

—Pensaba cinco cosas distintas cada diez minutos. Que estaba con una amiga, que había tomado un autobús, que tu padre sabía algo, que iba a entrar por esa puerta riéndose de todos. Después pensaba que alguien le había hecho daño.

Ruth bebe café.

—No estuvo sentada esperando a que la policía resolviera todo, si eso es lo que querés saber.

—No lo es.

—Bien.

—¿Y yo?

Su mirada no cambia, aunque se reclina contra la silla antes de responder.

—Vos estabas en la cocina casi todo el tiempo que yo estuve ahí. Te habíamos puesto una película en la sala y volviste porque querías estar cerca del teléfono.

Puedo verme haciéndolo sin recordar la escena.

—¿Hablaba?

—Poco.

—¿Sobre el auto?

Ruth niega con la cabeza.

—No conmigo.

—¿Recordás cuándo escuchaste por primera vez que era azul?

—No. Recuerdo el auto azul. Recuerdo que durante la búsqueda todo el mundo hablaba de él. Pero no puedo decirte quién me lo dijo primero.

—Está bien.

—¿No querés que invente algo?

—Preferiría que no.

—Eso nos ahorra tiempo.

Sonrío. Con Ruth la conversación no se parece a las que he tenido con mi padre. No tengo que arrancarle frases ni esperar a que decida cuánto contarme. Si sabe algo, lo dice. Si no, también.

—¿Sabías que Sophie hablaba con papá?

—Sí.

Eso me sorprende.

—¿Antes de que desapareciera?

—Sí.

—Mamá dice que sólo sabía que habían retomado contacto.

—Tu madre sabía menos de lo que creía.

Ruth levanta una mano antes de que pueda reaccionar.

—No hagas demasiado con esa frase. Sophie usó mi teléfono una vez para llamarlo.

—¿Cuándo?

—En julio. Tal vez a principios de agosto. Habría que mirar mi declaración.

—¿Por qué desde acá?

—Porque no quería hacerlo desde su casa.

—¿Te dijo por qué?

—No quería que Evelyn viera el número.

En 1999 todavía conservábamos las facturas detalladas del teléfono fijo en un cajón de la cocina. Mi madre las revisaba porque decía que las compañías siempre cobraban llamadas que nadie había hecho.

—¿La dejaste?

—Tenía diecisiete años, Claire. No estaba comprando drogas. Quería llamar a su padre.

—¿Escuchaste la conversación?

—No.

—¿Le preguntaste después?

—Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí.

—¿Y eso se lo contaste a la policía?

—El primer día que me entrevistaron.

Eso explica por qué las llamadas de Daniel se investigaron tan rápido.

—¿Mamá se enteró?

—Después de que Sophie desapareció, sí.

—¿Se enojó con vos?

Ruth se ríe una vez.

—Muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque pensaba que había ayudado a Daniel a hablar con Sophie a sus espaldas.

—¿Habías hecho eso?

—Le había prestado un teléfono a una adolescente.

—No es exactamente lo mismo.

—Eso le dije.

No hay resentimiento cuando habla de mi madre. Ni siquiera parece disfrutar contándome una discusión en la que Evelyn queda mal.

—¿Seguían siendo amigas después?

—Claire, tu madre y yo nos hemos peleado por cosas bastante peores que una llamada telefónica.

—¿Como qué?

—No vas a desviarme tan fácil.

Toma la cafetera y vuelve a llenar nuestras tazas.

—Querés saber si tu madre impidió que tu padre las viera.

La precisión me incomoda.

—¿Lo hizo?

Ruth deja la cafetera.

—A veces.

—Daniel dice lo mismo.

—Entonces en algo estamos de acuerdo.

—¿Y él dejó de venir otras veces porque quiso?

—Sí.

—¿También dejó de llamar?

—Durante períodos, sí.

—Mamá decía que había dejado de interesarle.

Ruth me observa.

—Tu padre podía ser un hombre muy fácil de decepcionar y tu madre podía ser una mujer muy difícil de perdonar. No sé cuál de los dos ganó esa guerra, pero ustedes dos la perdieron.

No respondo.

—Daniel faltó a cumpleaños —continúa—. Llegó tarde.

Canceló visitas. Se mudó demasiado lejos y durante un tiempo pareció creer que una llamada el domingo era suficiente para seguir siendo padre.

Eso pasó. También pasó que Evelyn no siempre le dio los mensajes, que cambió planes a último momento y que convirtió algunos de sus errores en una prueba de que iba a cometer todos los demás.

—¿Por qué nunca me dijiste eso?

—¿Cuándo? ¿Cuando tenías once años y tu hermana había desaparecido? ¿Cuando tenías catorce y no querías escuchar el nombre de tu padre? ¿Cuando te fuiste de Bellwether y llamabas dos veces al año?

No hay dureza en su voz, y eso hace que la respuesta funcione mejor.

—Podrías haberlo intentado.

—Podría haber hecho muchas cosas mejor. Pero no era mi matrimonio y vos no eras mi hija.

Miro hacia el refrigerador. Ruth todavía pega fotografías con imanes y reconozco a sus nietos aunque nunca los conocí. Cerca de una esquina hay una foto vieja en la que aparece Sophie.

Me levanto.

—¿Puedo?

—Claro.

La fotografía tiene los bordes amarillentos. Sophie debe tener quince o dieciséis años. Está en este mismo patio con Ruth y otras dos chicas. Una de ellas me resulta conocida.

—¿Quién es?

—Megan Price.

El nombre aparece antes que el rostro.

—La mejor amiga de Sophie.

—Durante los últimos dos años, sí.

—Ella ayudó a identificar la ropa que podía faltar.

Ruth me mira.

—Veo que estuviste leyendo.

—La policía me mostró el inventario.

Devuelvo la fotografía al refrigerador.

—¿Seguís hablando con ella?

—Una tarjeta de Navidad, algún mensaje. Vive en Ohio.

—¿La policía la contactó?

—Supongo que sí. Era una de las personas más entrevistadas después de que Sophie desapareció.

—¿Sabía que Sophie pensaba irse?

—Más que yo, seguro.

Vuelvo a sentarme.

—¿Por qué nunca pensé en ella?

—Porque eras una nena. Megan tenía diecisiete. Para vos era una de esas personas enormes que podían conducir y comprar sus propias hamburguesas.

Me río. Es exactamente lo que significaba tener diecisiete años cuando yo tenía once.

—¿Ella venía mucho a casa?

—Casi todos los días ese verano.

—¿Estuvo ahí el trece?

—No que yo sepa.

—¿Y al día siguiente?

—Sí. Llegó por la tarde.

Ruth mira la fotografía del refrigerador.

—Ésa fue la primera vez que pensé que podía haber ocurrido algo realmente malo.

—¿Por Megan?

—Por su cara. Los adultos todavía estábamos diciendo que Sophie aparecería. Megan no.

—¿Por qué?

—No me lo dijo entonces.

—¿Después?

—Me dijo que Sophie tenía planes. Y que desaparecer sin avisarle no era uno de ellos.

Me enderezo.

—¿Qué planes?

—Eso tenés que preguntárselo a Megan.

No lo dice para crear misterio. Ya está buscando el teléfono.

—Tengo su número.

Megan no atiende. Le dejo un mensaje.

—Hola, Megan. Soy Claire Bennett, la hermana de Sophie. Ruth me dio tu número. Sé que la policía probablemente ya habló con vos. Si podés llamarme, me gustaría hacerte algunas preguntas.

Cuando termino, Ruth tiene los brazos cruzados.

—«La hermana de Sophie».

—¿Qué?

—Así te presentaste.

—Es quien soy para ella.

—También sos Claire.

Guardo el teléfono.

—¿Eso era una lección?

—No. Me estoy poniendo vieja. A veces digo cosas que parecen más profundas de lo que son.

Se levanta para llevar las tazas a la pileta.

—Sólo no conviertas esto en una competencia entre versiones. Tu padre pudo decirte cosas que tu madre no te dijo, y eso no vuelve automáticamente verdadero todo lo demás.

—No estoy haciendo eso.

—Bien.

La ayudo con las tazas. Antes de irme le pregunto una última cosa.

—¿Sophie y yo nos llevábamos bien ese verano?

—Sí.

—¿Siempre?

—Eran hermanas.