BAJO TIERRA #2
Pienso en la cama de Sophie y en la mochila abierta.
—Yo la recuerdo.
—Lo sabemos.
Al final de la lista aparece otro objeto.
Billetera marrón.
—¿No encontraron su billetera?
—No en la casa.
—¿Estaba con los restos?
—No fue recuperada.
—¿Dinero?
—Tampoco.
—Entonces alguien pudo sacárselo.
—Pudo —dice Ortiz—. Sophie también pudo haber gastado el dinero, perdido la billetera o haberla dejado en un lugar que nunca fue recuperado. Después de veinticinco años tampoco podemos saber qué materiales se degradaron o quedaron fuera del área excavada.
Sigo leyendo.
Sophie no tenía teléfono celular en 1999. Tampoco una tarjeta bancaria propia que permitiera reconstruir movimientos. Usaba casi siempre efectivo.
La lista no contiene nada que diga adónde pensaba ir.
—Si realmente faltaban algunas prendas, la mochila y la billetera, pudo haberse estado preparando para irse.
—Sí —dice Ortiz—. Ésa fue una de las interpretaciones importantes en 1999.
—Pero no llegó con mi padre.
—No.
—Y no compró un pasaje.
—No encontraron ninguno a su nombre. La policía revisó autobuses, trenes y vuelos disponibles entonces. También distribuyó su fotografía en terminales.
Eso ya lo sabía por el expediente, pero escucharlo ahora cambia el alcance de la teoría.
Sophie pudo haber querido abandonar la casa. Incluso pudo haber salido voluntariamente aquella noche. Ninguna de esas cosas explica por qué terminó enterrada al norte de Bellwether.
—¿Qué creen que pasó?
Harris apoya los antebrazos sobre la mesa.
—Todavía tenemos varias posibilidades.
—Pero alguna debe parecerles más probable.
—Todavía es demasiado pronto para elegir una sola.
Sophie pudo haber salido voluntariamente y haberse encontrado con alguien.
Pudo haber aceptado que la llevaran. Pudo haber cambiado de plan o haber discutido con una persona que conocía.
También es posible que parte de la secuencia que durante años dimos por sentada sea incorrecta.
—¿Incluido el auto?
—Incluido el papel que le asignamos al auto.
La formulación me obliga a mirarlo.
—¿Y que Sophie saliera de la casa?
Esta vez Harris mira a Ortiz antes de responder.
—Tenemos razones para creer que estuvo afuera esa noche —dice ella—. Lo que no tenemos es un testigo adulto que la haya visto atravesar la puerta ni una observación continua de cómo llegó desde el interior hasta el lugar donde vos la viste.
—Yo dije que la vi afuera.
—Sí.
Esa formulación ya no me suena igual que hace tres días.
—Y mamá declaró que oyó una puerta.
—Sí. Pero escuchar una puerta no identifica quién la usó ni establece por sí solo una hora exacta.
Miro nuevamente el mapa. El lugar donde encontraron a Sophie cabe debajo de la yema de mi dedo.
—Entonces todavía no saben cómo salió.
—No con la precisión que necesitamos.
Tardo unos segundos en hacer la siguiente pregunta.
—¿Van a registrar la casa de mi madre?
—No en este momento —dice Harris.
Levanto la vista.
—¿Por qué «en este momento»?
—Porque estamos revisando una muerte potencialmente criminal de hace veinticinco años. Vamos a volver a examinar lugares, declaraciones y personas. Eso no significa que tengamos una sospecha concreta contra tu madre.
—No dije que la tuvieran.
—No.
No necesito que termine la frase.
Ortiz aparta el mapa.
—Encontrar los restos cambia la investigación, Claire. Antes había que averiguar dónde estaba Sophie. Ahora sabemos algo que entonces no sabían: terminó en ese terreno. La tarea es descubrir cómo llegó.
—Con una fractura en el cráneo.
—Sí.
Corrige cada palabra que intento convertir en certeza. Hace dos días me habría resultado desesperante. Ahora empiezo a entender para qué sirve.
Salgo de la comisaría poco antes del mediodía. Mi madre me ha llamado dos veces y no devuelvo la llamada hasta estar dentro del auto.
—¿Te contaron? —pregunta apenas atiende.
—Sí.
—A mí también.
Su voz suena distinta.
—¿Estás sola?
—Sí.
—¿Querés que vaya?
—No. Ruth viene en un rato.
Ruth es amiga de mi madre desde antes de que yo naciera. Durante la búsqueda prácticamente vivió con nosotros y después siguió apareciendo en cumpleaños y Navidades hasta que yo me fui de Bellwether.
—Está bien.
Hay una pausa.
—Te dijeron lo de la cabeza —dice mi madre.
—Sí.
—No dejo de pensar si alguna vez se había golpeado antes.
—Dicen que no parece una lesión antigua.
—Ya sé. Me lo explicaron.
La oigo mover algo al otro lado de la línea.
—Claire.
—¿Qué?
—No quiero que estés sola hoy.
—Estoy bien.
—No te pregunté eso.
Miro el edificio de la policía a través del parabrisas.
—Voy a volver a casa.
—Podés venir acá.
—Lo sé.
—No voy a preguntarte por tu padre.
—Gracias.
—Y tampoco voy a hacer sopa.
—Eso sí que no te lo creo.
Se ríe y yo también. Durante unos segundos la conversación podría pertenecer a cualquier otro día.
Antes de cortar le pregunto por Ruth.
—¿Ella estuvo esa noche en casa?
—No. Llegó al día siguiente.
—¿Estás segura?
Mi madre entiende enseguida por qué lo pregunto.
—Según el expediente, sí.
La elección de palabras me hace sonreír apenas.
—Quiero hablar con ella. Sobre esos días. Sobre mí también.
—Podés preguntarle vos misma. Le digo que te llame.
—Preferiría que no le digas qué quiero preguntarle.
Hay un silencio breve.
—Está bien.
No pregunta por qué.
Antes de salir del estacionamiento miro en el teléfono la fotografía que tomé antes de entregar el original a Ortiz. Sophie está sentada en el porche tres semanas antes de desaparecer, con la pulsera roja en la muñeca y los papeles junto a la pierna.
Encima está el sobre blanco.
Amplío la imagen hasta que los píxeles empiezan a deshacerse. No hay nombre ni dirección, nada que permita saber si tiene relación con lo que creo recordar de aquella noche.
Podría seguir ampliando hasta convertir cada mancha en algo que necesite explicar.
Guardo el teléfono y arranco.