BAJO TIERRA
La policía llama a las siete y doce de la mañana.
Estoy despierta, aunque llevo menos de tres horas durmiendo. La fotografía de Sophie está sobre la mesa de mi cocina, dentro de una bolsa transparente que mi madre encontró en uno de sus cajones. Antes de irme de su casa le pedí permiso para llevármela.
—Tenemos la identificación formal —dice Ortiz.
Me siento en la cama.
—¿Es ella?
Ya conozco la respuesta.
—Sí.
La comparación dental quedó confirmada durante la noche. El laboratorio todavía procesará el ADN como parte del expediente, pero la identificación ya se considera formal.
Sophie Bennett tenía diecisiete años cuando desapareció el 13 de septiembre de 1999. Veinticinco años después la encontraron a veinte kilómetros de su casa.
Ortiz me pregunta si puedo ir a la comisaría esa mañana. Hay resultados preliminares del examen de los restos que Harris y ella prefieren explicarme personalmente.
—¿Mi madre también tiene que ir?
—Vamos a llamarla. Puede venir si quiere.
—Voy sola.
Después de cortar me quedo sentada con el teléfono en la mano.
Durante veinticinco años Sophie fue una persona desaparecida. La expresión siempre me pareció transitoria, incluso cuando dejó de serlo. Una persona desaparecida todavía podía estar en alguna parte. Podía haber elegido otro nombre, otra ciudad, otra vida. Podía haber envejecido sin nosotros.
Ahora un informe había cerrado esa posibilidad. No sé qué día murió, pero murió.
Me visto, preparo café y no lo termino. Antes de salir guardo la fotografía en el bolso.
Harris y Ortiz me esperan en la misma sala de entrevistas. Esta vez no hay grabaciones sobre la mesa.
Harris empieza por lo que Ortiz ya me explicó por teléfono.
Los registros odontológicos aportados en 1999 coinciden con los restos encontrados.
Varias piezas dentales, restauraciones y características individuales permitieron establecer la identificación.
El ADN seguirá procesándose, pero ya no hay dudas de que pertenecen a Sophie.
—¿Cuándo podemos enterrarla? —pregunto.
La pregunta sale antes de que supiera que quería hacerla.
—Todavía no —dice Harris—. El médico forense necesita terminar el examen y quedan estudios pendientes. Después podremos darte una estimación mejor.
Asiento.
Ortiz tiene un informe delante, pero no lo lee.
—Hay algo más que necesitamos que sepas. Encontraron una lesión en el cráneo.
La palabra tarda un segundo en adquirir significado.
—¿Una lesión?
—Una fractura.
Miro a Harris.
—¿La mataron?
—No podemos decir eso.
—¿Dónde está?
Ortiz se lleva una mano a la parte posterior izquierda de la cabeza.
—En esta zona. Entre el parietal y el occipital.
Me toco el mismo lugar sin querer.
—¿Un golpe?
—Es una posibilidad. También una caída. Hay distintas formas en que puede producirse una fractura de ese tipo.
—¿Pero ocurrió cuando murió?
Harris interviene.
—El antropólogo forense cree que el hueso presenta características compatibles con una fractura producida cuando todavía conservaba elasticidad.
Eso puede situarla alrededor del momento de la muerte, pero después de veinticinco años enterrada hay límites importantes para precisar cuándo ocurrió exactamente.
—No entiendo.
Ortiz gira el informe hacia sí.
—Un hueso que se rompe mucho después de la muerte suele comportarse de una manera distinta a uno que se fractura cuando todavía está fresco.
Pero no siempre se puede distinguir con certeza una lesión sufrida poco antes de morir de ciertos daños producidos poco después.
Lo que sí podemos decir es que no parece una fractura antigua que hubiera sanado.
—Entonces pudo pasarle esa noche.
—Pudo.
—¿Y pudo matarla?
—También pudo —dice Harris—. Pero la fractura por sí sola no demuestra que haya sido la causa de muerte.
Me quedo mirando la mesa.
Durante años intenté imaginar qué había ocurrido después de ver a Sophie afuera. En la historia que terminé contando, el auto aparecía inmediatamente después: alguien se la llevaba, alguien conducía y en algún punto ocurría algo que impedía que regresara.
Nunca había tenido un dato físico que perteneciera al cuerpo de mi hermana. Ahora tengo una fractura cuyo significado todavía no conozco.
—¿Hay otras lesiones?
—Nada que podamos interpretar con la misma confianza —responde Ortiz—. Hay daños en distintos huesos, pero parte puede deberse al tiempo, al terreno y a la maquinaria que expuso los restos. El examen continúa.
—¿La maquinaria la dañó?
—Algunos huesos, sí. El operario detuvo el trabajo cuando comprendió lo que había encontrado, pero la pala ya había removido parte del terreno.
—¿Estaba enterrada?
Harris asiente.
—Sí.
La respuesta cambia la escena de una manera que la fractura no había conseguido. No encontraron a Sophie simplemente caída en una zona boscosa.
Alguien la cubrió.
—¿Qué tan profundo?
—No mucho. El terreno cambió bastante en veinticinco años, así que no podemos reconstruir la profundidad original con exactitud. Había suelo acumulado, raíces y alteraciones naturales. Pero todo indica que los restos fueron cubiertos deliberadamente.
—¿En una tumba?
—No en el sentido de una fosa bien hecha —dice Ortiz—. Parece haber sido una depresión o una excavación poco profunda.
Me cuesta imaginar a una persona haciendo eso y todavía más imaginar a Sophie dentro.
—¿Cuánto tiempo habría llevado?
—No sabemos cómo era exactamente el lugar en 1999 ni qué tenía disponible quien la dejó ahí —responde Harris.
—¿Una sola persona podía hacerlo?
—Sí.
No necesita agregar nada.
—¿El terreno pertenecía a alguien que conocíamos?
—En 1999 formaba parte de una parcela privada mucho más grande —dice Ortiz—. Era una zona boscosa sin construcciones. Cambió de propietarios varias veces desde entonces y estamos reconstruyendo esa historia.
—¿Quién era el dueño?
Harris me da un apellido que no reconozco.
—Dawson. Thomas y Margaret Dawson. Habían heredado la propiedad, vivían fuera del condado y, por lo que sabemos hasta ahora, la utilizaban muy poco.
—¿Conocían a Sophie?
—No encontramos ninguna conexión.
—¿A mi madre?
—Tampoco.
—¿A mi padre?
—No.
El apellido no me da una persona a la que mirar. Sólo un lugar.
—¿Era difícil llegar?
Ortiz coloca un mapa impreso sobre la mesa.
El punto donde encontraron los restos está al norte de Bellwether, más allá de la antigua carretera estatal. En 1999 había caminos secundarios de tierra que daban acceso a varias parcelas de esa zona.
—No era un sitio al que alguien llegaría caminando por accidente desde la ciudad —explica—, pero tampoco era inaccesible. Tenemos referencias de cazadores, adolescentes y gente que iba a pescar por esos caminos.
—¿Se podía entrar con un auto?
—Hasta cierta parte, sí.
Miro el mapa y mi cabeza intenta completar la distancia con la imagen que ha utilizado durante veinticinco años: azul, cuatro puertas, una óptica trasera dañada.
La aparto antes de instalarla en un lugar donde todavía no pertenece.
—¿Encontraron algo más con ella?
Ortiz abre otra carpeta.
—Todavía estamos analizando lo recuperado en el área.
Me muestra primero la pulsera.
Está cubierta de tierra y el cordón rojo perdió casi todo el color, pero la pequeña luna metálica sigue ahí. En la fotografía ampliada se distingue la deformación junto al cierre.
Recuerdo a Sophie sentada en el piso de mi habitación intentando arreglarla con unas pinzas.
Ese recuerdo existía antes de esta semana. Necesito que algunas cosas puedan seguir siendo simplemente ciertas.
—Quiero mostrarles algo.
Saco la fotografía de mi bolso y la dejo sobre la mesa.
Ortiz la toma por los bordes.
—¿Cuándo es?
—Veintidós de agosto de 1999. Lo escribió mi madre atrás.
Le da vuelta, comprueba la fecha y vuelve a mirar la imagen.
—¿Qué estamos buscando?
Señalo los papeles junto a Sophie.
—El sobre.
Harris se acerca. Durante unos segundos los dos estudian la fotografía.
—¿Es el que recordás de la noche en que desapareció? —pregunta Ortiz.
—No sé.
Poder decirlo ya no me incomoda.
—Ayer tuve una imagen de Sophie ofreciéndome un sobre blanco. Pero no sé si estoy recordando algo o construyéndolo con lo que supe después. Entonces encontré esta foto.
Ortiz vuelve a observarla.
—La fotografía confirma que Sophie tenía papeles y un sobre blanco tres semanas antes.
—Nada más.
—Nada más.
—Puede ser otro.
—Sí.
—Una carta de la universidad, un formulario, cualquier cosa.
—Sí.
La respuesta debería decepcionarme. En cambio me tranquiliza. No quiero que otra posibilidad se convierta en un hecho sólo porque encaja bien.
—¿Pueden ampliarla?
—Podemos intentar mejorar lo que ya existe en la imagen —dice Harris—. Pero no esperes milagros. Si el original no contiene información suficiente, ningún programa puede recuperarla de la nada.
—Quédensela.
Ortiz coloca la fotografía dentro de una funda de evidencia y anota de dónde salió.
—¿Tu madre recuerda el sobre?
—No. Dijo que Sophie manejaba muchos papeles en esa época. Solicitudes universitarias, cartas, cosas de la escuela.
—Es razonable.
—Eso pensé.
Harris cierra la carpeta.
—Hay otra parte del expediente que queremos revisar con vos.
Siento que el cuerpo se me tensa, pero lo que saca no es otro informe médico. Es una lista.
—La investigación original intentó establecer qué cosas podían faltar de la habitación de Sophie. El problema es que no todos los elementos tienen el mismo grado de certeza.
Reconozco varias prendas: jeans, dos remeras, ropa interior, un suéter gris.
—¿Todo esto faltaba?
—No podemos decirlo de esa manera —responde Ortiz—. Algunas prendas fueron identificadas por la familia como posiblemente ausentes. Otras las agregó una amiga de Sophie porque recordaba verla usarlas con frecuencia.
—Yo tenía once años. No sé cómo pude identificar su ropa.
—Probablemente trabajaron con fotografías y con lo que ustedes creían recordar en ese momento.
Más abajo aparece la mochila negra.
—¿Ésta sí faltaba?
Ortiz consulta una anotación.
—No fue encontrada en la casa. Eso no demuestra que Sophie la llevara cuando salió, pero coincide con varias declaraciones que la situaban con ella durante esa noche.