La última vez que vi a Sophie EL SOBRE BLANCO #2
13%

EL SOBRE BLANCO #2

Miro hacia el pasillo. Desde donde estoy puedo ver el comienzo de la escalera. Subí esos escalones miles de veces. La habitación de Sophie estaba al final del corredor, a la izquierda. La mía, enfrente del baño.

—Quiero subir.

Mi madre sigue mi mirada.

—¿A tu habitación?

—A las dos.

No pregunta para qué.

—Claro.

La primera habitación es la de Sophie.

Ahora es un cuarto de invitados. Mi madre cambió los muebles años después de que me fui de Bellwether.

Lo sabía, pero nunca había entrado desde entonces.

Hay una cama doble donde antes estaba la de Sophie, un armario nuevo y una cómoda pequeña con fotografías familiares.

Las paredes son de un gris claro que ella jamás habría elegido.

Durante unos segundos me cuesta superponer ambos espacios. Después empiezo a reconocer dónde estaba cada cosa: la cama de Sophie contra la pared de la ventana, el escritorio junto al armario, las fotografías pegadas alrededor del espejo y una lámpara torcida que nunca funcionaba bien.

Camino hasta el lugar donde recuerdo haber visto la mochila negra. No hay nada especial allí.

—¿La policía se llevó muchas cosas? —pregunto.

Mi madre está apoyada contra el marco de la puerta.

—Al principio, sí. Después devolvieron casi todo.

—La mochila no estaba.

—¿Cuál?

—La negra. La que usaba para el colegio.

Mi madre piensa.

—Si no estaba en su habitación, supongo que se la llevó.

Eso coincide con mi recuerdo. O mi recuerdo coincide con eso. Cada vez me cuesta más saber cuál de las dos frases describe lo que ocurre.

Miro el armario.

—Recuerdo estar acá con ella.

—Estabas acá todo el tiempo.

—Esa noche.

Mi madre no contesta de inmediato.

—Yo recuerdo que subiste detrás de Sophie después de la cena.

La miro.

—¿Estás segura?

—No —responde casi de inmediato—. Lo recuerdo, pero después de lo que me acabás de contar no pienso decirte que estoy segura de nada de esa semana.

Casi me río.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

Me acerco a la ventana. Desde acá se ve la calle, pero no es la ventana desde la que yo decía haber visto el auto. Esa estaba en mi habitación, al otro lado del pasillo.

—¿Sophie salió de esta habitación con la mochila?

—No la vi.

—¿La viste salir de la casa?

Mi madre niega con la cabeza.

—No. Recuerdo haber escuchado una puerta más tarde.

Yo también creo recordar un ruido de puerta, aunque ya no sé si pertenece a esa noche o a las veces que escuché contar la historia después.

Ninguna de las dos vio a Sophie salir. La conclusión llega sin necesidad de decirla en voz alta.

Salgo al pasillo.

Mi antigua habitación es ahora el cuarto donde mi madre guarda una máquina de coser, cajas con ropa de invierno y una bicicleta fija que parece no haber sido utilizada jamás.

Conservó el armario original y, debajo de la ventana, sigue estando el radiador contra el que me quemé una pierna cuando tenía nueve años.

Me siento en el borde de una caja y miro hacia la puerta. Intento recuperar la imagen que apareció en el restaurante: Sophie entrando, la mochila en un hombro, el sobre extendido hacia mí.

No ocurre nada.

Cierro los ojos. Tampoco.

—¿Qué hacés? —pregunta mi madre desde la puerta.

—Intento acordarme.

—No te esfuerces tanto.

Abro los ojos.

—¿Por qué?

—Porque cuando eras chica, si insistían demasiado con una pregunta, a veces empezabas a dudar de tu primera respuesta.

La frase me deja quieta. Mi madre parece darse cuenta de cómo ha sonado.

—No hablo de Sophie. Hablo de todo. La escuela, las peleas con tu hermana, cuando rompías algo. Querías responder bien.

—¿Siempre fui así?

—Eras una nena que quería hacer las cosas bien.

No hay nada siniestro en la respuesta. Es incluso cariñosa. Y, sin embargo, recuerdo a Watkins preguntando por una luz rota o un golpe antes de que yo mencionara la óptica trasera.

—¿Vos hablaste conmigo sobre el auto antes de la entrevista del dieciséis?

Mi madre frunce el ceño.

—Claro que hablamos. Todo el mundo hablaba con vos sobre lo que habías visto.

—¿Qué me preguntaste?

—Claire, no puedo recordar una conversación exacta de hace veinticinco años.

—Intentá.

No me gusta cómo suena la palabra en mi boca.

Mi madre entra en la habitación y se sienta sobre la bicicleta fija.

—Supongo que te pregunté qué habías visto. La policía nos preguntaba todo el tiempo. Los vecinos preguntaban. Ruth preguntaba. Todo el mundo quería saber algo.

—¿Te acordás de haberme preguntado de qué color era?

—No.

—¿De haber dicho azul?

—No.

La respuesta no llega ni demasiado rápido ni demasiado despacio. No me ofrece nada que interpretar.

Mi madre observa el cuarto.

—Yo también intenté reconstruir esa noche durante años. Al principio pensaba que, si repasaba cada hora, iba a encontrar el momento en que había hecho algo mal. Después entendí que podía pasarme la vida haciendo eso.

—¿Y dejaste de hacerlo?

—No.

Sonríe sin humor.

—Sólo dejé de creer que iba a encontrar la respuesta.

Cuando bajamos, finalmente acepto la sopa.

Mi madre conserva las fotografías en un armario del comedor. No se lo pido. Es ella quien saca una caja después de comer y la coloca sobre la mesa.

—Si vas a seguir buscando cosas, por lo menos no uses sólo esos diarios horribles de internet.

La caja contiene años enteros mezclados sin orden: cumpleaños, vacaciones, Navidades, actos escolares. Sophie aparece en casi todas las fotografías de mi infancia, a veces sonriendo y otras tapándose la cara porque odiaba que mamá sacara fotos.

Encontramos una de las dos juntas en la playa. Sophie tiene catorce y yo ocho. Me lleva sobre los hombros. Otra es de mi décimo cumpleaños, con crema de torta en la nariz. Hay una frente al árbol de Navidad del año anterior a su desaparición.

No busco nada concreto hasta que encuentro una fotografía tomada durante aquel último verano.

Sophie está sentada en los escalones del porche. Lleva shorts, una remera blanca y la pulsera roja con la luna de metal alrededor de la muñeca.

La misma que encontraron junto a sus restos.

Mi madre deja de pasar fotografías.

—Siempre la llevaba.

—Sí.

Le doy vuelta a la foto. En el reverso, con la letra de mi madre, hay una fecha.

22 de agosto de 1999.

Tres semanas antes de que Sophie desapareciera.

Vuelvo a mirar la imagen. No hay una pista escondida ni un rostro al fondo ni nada que cambie lo que sé. Sólo mi hermana, viva, fastidiada porque alguien le está sacando una foto.

Estoy por devolverla a la caja cuando reparo en lo que tiene junto a la pierna. Hay un montón de papeles. No se distinguen bien; podrían ser folletos, cartas o formularios de la escuela.

Encima de todos hay un sobre blanco.

Mi madre sigue mirando la pulsera.

Yo miro el sobre.

Esta vez no intento recordar nada.