EL SOBRE BLANCO
La casa de mi madre está a ocho minutos del River Inn.
No pensaba ir. Después de despedirme de mi padre conduzco hacia la salida de Bellwether con la intención de volver a mi departamento, pero al llegar al semáforo de Oak Street sigo derecho en lugar de doblar. Cuando reconozco la iglesia donde hice la primera comunión ya sé adónde estoy yendo.
Podría cambiar de dirección, pero no lo hago.
La casa aparece al final de la cuadra exactamente donde ha estado toda mi vida. Cambió el color de las paredes, desapareció el árbol del jardín delantero y las ventanas tienen marcos nuevos, pero todavía puedo señalar desde la calle cuál era la habitación de Sophie y cuál la mía.
Hay un auto de un canal de televisión estacionado a media cuadra. Eso termina de decidirme.
Entro al camino de grava y cierro el portón detrás de mí. Mi madre abre la puerta antes de que toque el timbre.
—Pensé que eras otro periodista.
—¿Ya vinieron?
—Dos. Y llamaron cinco veces.
Se aparta para dejarme pasar.
—Podrías haberme avisado que venías.
—No sabía que iba a venir.
—Eso suena a vos.
No es una crítica. O no completamente.
La casa huele a sopa, por supuesto. Mi madre tiene un plato cubierto sobre la mesa y una olla todavía sobre la cocina. Lleva el mismo pantalón oscuro de la mañana, pero se cambió la blusa y se recogió el pelo. Me mira la cara antes de preguntar:
—¿Comiste?
—Sí.
Es mentira y ella lo sabe, pero no dice nada.
En la cocina casi todo sigue en el mismo lugar. Las tazas están en el armario a la izquierda de la pileta; los cubiertos, en el segundo cajón. Hay otro refrigerador, otra cafetera y un microondas que no estaba cuando yo vivía acá, pero podría preparar una cena con los ojos cerrados.
Mi madre saca dos platos.
—Te dije que comí.
—Y yo no dije nada.
—Estás sacando un plato para mí.
—Lo estoy sacando por si cambiás de opinión.
Me siento a la mesa.
—Papá está en Bellwether.
Ella no deja caer el plato ni se queda inmóvil ni hace ninguna de las cosas que una parte de mí esperaba. Simplemente lo coloca delante de mí.
—Me imaginé que vendría.
—Lo vi.
Ahora sí me mira.
—¿Hoy?
—Hace un rato.
Mi madre se sienta frente a mí.
—¿Cómo está?
La pregunta me sorprende.
—Viejo.
Se le escapa una sonrisa.
—También debe pensar eso de mí.
—Probablemente.
Durante un instante somos dos personas hablando de alguien a quien conocieron hace mucho tiempo. Después recuerdo por qué Daniel está en Bellwether.
—Me contó que hablaba con Sophie.
La sonrisa desaparece.
—Sí.
No esperaba una respuesta tan sencilla.
—¿Lo sabías?
—Después de que desapareció, sí.
—Él dice que hablaban desde junio.
—Eso dijo a la policía.
—¿Y vos no lo sabías antes?
Mi madre mira hacia la ventana que da al patio.
—Sabía que había vuelto a comunicarse con él. No sabía cuánto.
—Sophie lo llamaba cada pocos días.
—Eso no lo sabía.
—Estaba pensando en irse a vivir con él.
Mi madre vuelve la vista hacia mí.
—Sophie quería irse de esta casa cada vez que discutíamos.
—Daniel dice que esta vez era más serio.
—Daniel no vivía acá.
No hay furia en su voz. Tampoco la antigua facilidad con la que podía convertir su nombre en un insulto.
—¿Eso significa que no era cierto?
—Significa que él conocía la versión que Sophie le contaba por teléfono. Yo conocía a la chica que vivía acá.
Me apoyo contra el respaldo.
—¿Y cuál era la diferencia?
Mi madre suspira.
—Tenía diecisiete años, Claire. Estaba enojada conmigo, con su padre, con el colegio, con Bellwether, con casi todo. Quería terminar el último año antes de empezarlo y convertirse en adulta antes de tener que pedir permiso para nada.
—Eso no responde.
—Porque no sé qué respuesta querés.
No suena defensiva. Suena cansada.
—Quiero saber si pensabas que podía irse.
Mi madre mira el plato vacío que colocó delante de mí.
—Antes de que desapareciera, no. Después pasé semanas deseando haberme equivocado.
Se levanta, sirve sopa para ella y deja el cucharón sobre un plato junto a la olla.
—Al principio quería creer que se había ido con tu padre —continúa—. O con una amiga. Con cualquiera. Cada vez que sonaba el teléfono pensaba que sería ella diciendo que había hecho una estupidez y que necesitaba que la buscáramos. Después empezaron a pasar los días.
Vuelve a sentarse.
—Y después hablaste del auto.
La frase no tiene un peso especial en su voz. Para ella es una parte de la historia que llevamos repitiendo desde siempre.
—Escuché mi entrevista esta mañana.
Mi madre deja la cuchara dentro del plato.
—¿Completa?
—Sí.
—¿Cómo fue?
No sé cómo responder.
—Distinta de como la recordaba.
—Tenías once años.
—Ya sé.
—No lo digo para quitarle importancia. Yo tampoco recuerdo muchas cosas de esos días de la manera en que pensaba.
Eso me interesa.
—¿Como qué?
Mi madre se encoge de hombros.
—Durante años juré que Watkins había venido a interrogarnos antes del amanecer.
Después leí el expediente y descubrí que entró en el caso a la mañana siguiente.
El agente que estuvo acá esa primera noche era otro.
También recordaba a Ruth llegando esa misma noche, pero según ella vino al día siguiente. Esos días se mezclaron.
No esperaba que me ofreciera un ejemplo de su propia memoria equivocada.
—En la entrevista preliminar del catorce no pude describir el auto —digo—. Dije que había visto un vehículo estacionado, nada más. Dos días después dije que era azul y que tenía cuatro puertas.
Mi madre frunce ligeramente el ceño.
—Yo recuerdo el azul.
—Yo también.
—¿Entonces?
—No sé.
Ella asiente como si esa respuesta bastara por ahora y prueba la sopa.
—¿Daniel te dijo por qué Sophie quería irse?
—Dijo que estaba teniendo problemas con vos.
Mi madre resopla, pero no con sorpresa.
—Eso no es precisamente información nueva.
—Decía que revisabas sus cosas. Que querías saber dónde estaba y con quién hablaba.
—Era su madre.
—Lo sé.
—Y tenía diecisiete años.
—También lo sé.
Me observa unos segundos.
—¿Querés preguntarme si era una madre controladora?
La franqueza me toma desprevenida.
—No iba a usar esas palabras.
—Tu padre probablemente sí.
—En realidad no.
Eso parece sorprenderla más que cualquier otra cosa que haya dicho. Mi madre prueba otra cucharada.
—Entonces habrá envejecido.
No puedo evitar sonreír. Ella también. La sensación dura poco, pero existe.
—Sophie estaba preocupada por mí —digo.
Esta vez mi madre no responde inmediatamente.
—¿Eso te dijo Daniel?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sabía exactamente. Sophie pensaba que yo creía todo lo que vos me decías sobre papá.
—Tenías once años.
—Eso mismo le dijo él.
Mi madre baja la mirada hacia la sopa.
—Sophie llevaba meses intentando protegerte de cosas de las que no necesitabas protección.
—¿Como qué?
—Nuestras discusiones. El divorcio. Cualquier cosa que considerara injusta esa semana.
—Daniel dice que quería que yo entendiera algunas cosas antes de decidir qué hacer.
Mi madre deja de comer.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Él tampoco.
—Entonces no entiendo.
—Sophie había encontrado algo. Algo relacionado con papá, las cartas o las veces que había intentado vernos. Daniel dice que después de eso empezó a creer que algunas cosas que nos habían contado no eran del todo ciertas.
Algo cambia en la expresión de mi madre. Es tan breve que no sé qué hacer con ello.
—Daniel siempre tuvo su versión —dice.
—No estoy hablando de su versión. Estoy hablando de Sophie.
—Y Sophie tenía diecisiete años.
—Seguís diciendo eso como si la volviera incapaz de descubrir algo.
—No dije eso.
—¿Entonces qué?
Mi madre apoya la cuchara.
—Que cuando una familia se rompe, cada persona termina recordando una parte distinta. Tu padre recuerda las veces que intentó verlas. Yo recuerdo las veces que prometió venir y no vino. Sophie, con diecisiete años, encontró piezas que le hicieron pensar que una de esas versiones era mentira.
—¿Lo era?
Mi madre me sostiene la mirada.
—Daniel las decepcionó muchas veces.
No es una respuesta y ella sabe que no lo es.
—No te pregunté eso.
—Ya sé.
Durante unos segundos pienso en seguir, pero no lo hago.
Hace unas horas estaba sentada frente a Daniel preguntándole si podía recordar palabras exactas de conversaciones ocurridas hace veinticinco años.
No puedo exigirle precisión a él y después decidir que cualquier pausa de mi madre demuestra algo.
—Sophie quería hablar conmigo —digo.
—Sophie hablaba con vos todos los días.
—No me refiero a eso. Daniel escribió en su declaración que antes de irse tenía que conseguir que yo entendiera.
Mi madre tarda un momento en responder.
—No recuerdo haber leído esa frase.
—Estaba en su declaración.
—Había cientos de páginas en el expediente, Claire. No leí todo.
Eso es posible. También es posible que no quiera hablar de ello. Todavía no sé distinguir una cosa de la otra.
La imagen del sobre aparece otra vez. Esta vez intento no aferrarme a ella.
—¿Te acordás de un sobre blanco?
Mi madre niega con la cabeza.
—¿Qué sobre?
—No sé.
—Entonces no entiendo.
—Creo que Sophie tenía uno esa noche.
La observo mientras responde. No porque espere atraparla, sino porque desde que escuché la grabación me descubro prestando atención a cosas que antes habría ignorado.
Mi madre parece pensar.
—Podría haber tenido veinte sobres. Estaba mandando solicitudes para universidades, recibía cartas, guardaba papeles por todos lados.
—No creo que fuera eso.
—¿Por qué?
Abro la boca y vuelvo a cerrarla. No tengo una razón.
—En la entrevista la policía me preguntó si Sophie me había dicho algo después de la discusión —explico—. Yo dije que no.
—Bueno.
—Dos veces.
—¿Y?
—Ahora tengo una imagen de ella con un sobre en la mano.
Mi madre me mira con una paciencia que me irritaría en cualquier otro momento.
—Claire, ayer no sabías que tu padre y Sophie hablaban. Hoy lo sabés y estás pensando en una noche de hace veinticinco años buscando cosas que encajen con esa información.
—Eso no significa que la imagen sea falsa.
—No dije que lo fuera.
—Pero lo pensás.
—Pienso que estás haciendo exactamente lo que cualquiera haría.
La respuesta me deja sin una pelea.