CAPÍTULO 83 (Naia)
El estudio estaba en completo silencio. Fuera, la lluvia de medianoche golpeaba con insistencia los cristales del escaparate, difuminando las luces de la calle en manchas alargadas y grises.
La lámpara del escritorio dejaba una franja de luz sobre la mesa.
Me fijé en las manos entrelazadas de Aritz y en las cicatrices recientes de sus nudillos.
No había nada que ordenar ni que resolver en ese instante; solo tenía que quedarme allí, sin buscar una explicación que pudiera ponerlo todo en su sitio.
Naia miraba fijamente la madera gastada del escritorio, tragándose un nudo que llevaba diez años atorado en la garganta.
—Cuando te fuiste de casa de nuestros padres aquella última vez, después de aquella bronca... —comenzó Naia, con la voz quebrada, sin atreverse a levantar la vista—, recuerdo que cerré la puerta de mi habitación y sentí una mezcla horrible de alivio y pánico.
Aritz no la interrumpió. Se limitó a escuchar, apoyando los codos sobre las rodillas, con la mirada fija en el perfil de su hermana.
—Pensaste que era una cobarde —añadió ella, un susurro apenas perceptible.
—Pensé que te importaba una mierda lo que me pasara —corrigió él sin acritud, con una franqueza sorda—. Pensé que para ti yo ya era un daño colateral que habías decidido recortar de tu vida perfecta para que no te salpicara el barro.
Naia negó con la cabeza lentamente, y una lágrima, libre ya de cualquier intento de control, resbaló por su mejilla y cayó sobre sus manos.
—No era barro, Aritz. Era un abismo. Y yo tenía un vértigo insoportable —la voz de Naia se quebró por completo, dejando asomar todo el terror que había blindado durante una década—.
Cada vez que sonaba el teléfono a medianoche, mi cuerpo se contracturaba entero.
Cada vez que te veía llegar con los ojos perdidos, intentando sostenerte en pie, sentía que me ahogaba contigo.
No me alejé porque te odiara... me alejé porque te quería tanto que me estaba consumiendo por dentro.
Aritz sintió que un golpe sordo le apretaba el pecho. Miró a su hermana, a esa mujer que siempre había necesitado tenerlo todo milimétricamente organizado, y por primera vez comprendió el tamaño de la herida que su propia destrucción había dejado en ella.
—Así que construiste el búnker —dijo él en voz baja, con una media sonrisa triste—. Una vida donde nadie grita, donde los muebles se montan siguiendo las instrucciones exactas, donde nunca pasa nada grave porque te prohibiste a ti misma sentir cualquier cosa que se saliera del guion.
—Una vida insoportable —admitió Naia, soltando una risa amarga y corta—. Una mentira muy bien decorada.
Aritz estiró la mano y, con una lentitud cargada de respeto, rozó con los dedos el dorso de la mano de Naia. La piel de ambos estaba fría, pero el contacto disolvió la última barrera de hielo que quedaba entre los dos.
—Yo también lo hice a mi manera, Naia —confesó él, mirando hacia las estanterías oscuras del taller—.
Me inventé que el mundo entero me debías una explicación por no haberme salvado.
Me refugié en la culpa, en la rabia y en el alcohol porque creía que, si me destrozaba lo suficiente, alguien vendría a rescatarme.
Es muy fácil ser el rebelde de la familia; te exime de la responsabilidad de madurar.
Naia apretó los dedos de su hermano, buscando refugio en esa verdad descarnada.
—Ya no tenemos que salvarnos el uno al otro, ¿verdad? —preguntó ella, mirándole por fin a los ojos.
—No —respondió Aritz con una firmeza tranquila, apretándole la mano de vuelta—. Solo tenemos que aprender a estar en la misma habitación cuando las cosas se pongan feas, sin salir huyendo y sin poner notas en los exámenes de los demás.
El silencio volvió a instalarse en el estudio. Desde la calle llegó una sirena y, unos segundos después, el ruido de un coche al pasar sobre el asfalto mojado.