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EPÍLOGO

Semanas después, el pequeño local del barrio olía a pintura fresca, a cables calientes y al vino áspero que Aritz había comprado en la esquina.

Sobre las paredes blancas, mal alisadas y con alguna que otra imperfección en el yeso, las fotografías colgaban con una separación irregular, casi caprichosa, como si cada imagen necesitara decidir por sí misma cuánto espacio merecía ocupar en la habitación.

Había grano visible en los cielos nublados, encuadres ligeramente caídos y zonas de sombra tan densas que ni el revelado más cuidadoso había conseguido descifrar. No eran fotografías de postal. No buscaban la aprobación de nadie. Eran, sencillamente, honestas.

Naia llegó cuando la tarde empezaba a ceder ante la penumbra del otoño.

Fue sola. No había querido avisar a nadie; ni a su madre, ni a Maka, ni siquiera a su hermano.

Necesitaba cruzar esa puerta sin la coartada de una visita familiar ni la urgencia de cumplir con un protocolo.

El pómulo derecho ya había sanado del todo, aunque al girar el rostro hacia la luz de la calle aún quedaba una sombra tenue, color tostado, como un recordatorio invisible de que las caídas dejan huella.

Caminó despacio entre los marcos de madera barata.

Reconoció el asfalto mojado del polígono industrial, el reflejo distorsionado de una ventana rota, la mano firme de Dani sosteniendo una taza de loza blanca y, en una esquina apartada, un rincón del taller que antes le habría provocado un sutil rechazo por su desorden absoluto.

Ahora, sin embargo, miraba esos rincones con otra perspectiva.

Empezaba a comprender que Aritz siempre había desconfiado de las superficies demasiado limpias porque sabía que, bajo el brillo de la laca, las cosas solían pudrirse con más facilidad.

Se detuvo en seco frente a una fotografía que ocupaba el centro de la pared del fondo.

Era una imagen que no recordaba haber visto antes.

Al principio reconoció el encuadre a traición que Liam le había hecho a su padre en el estudio, pero Aritz había decidido ampliar el fondo, abriendo el plano más allá de lo previsto.

Y allí, en el reflejo traslúcido del cristal de la ventana, capturado a través de la cortina de agua de una tarde de lluvia, aparecía una silueta borrosa, de hombros encogidos y abrigo oscuro: ella, llegando por el callejón el día en que se atrevía a cruzar el umbral por primera vez.

Aritz apareció a su lado sin hacer ruido. Sostenía dos vasos de plástico desechables llenos hasta la mitad de un vino tinto de mesa, mediocre y un punto caliente. Le tendió uno en silencio.

—No está perfectamente encuadrada —dijo él, mirando fijamente la ampliación colgada en la pared.

Naia dio un trago pequeño al vaso de plástico, sintiendo el gusto áspero en el fondo de la lengua. Contempló el reflejo borroso de su propia llegada, aquella figura diminuta atrapada entre las sombras del cristal.

—Ya lo veo —respondió ella con suavidad, sin apartar los ojos de la imagen ni mirar siquiera el reloj de su muñeca—. Tiene demasiadas sombras.

Aritz giró el rostro para mirarla, con una calma antigua asentada por fin en el fondo de sus ojos oscuros.

—La realidad suele tenerlas —contestó con un hilo de voz apenas perceptible.

No hubo grandes abrazos de película, ni lágrimas liberadoras bajo los focos, ni la falsa promesa de que el dolor había desaparecido para siempre.

No se dijeron que recuperarían los diez años perdidos, porque los años no se rescatan; simplemente se aceptan.

Había cosas que todavía requerirían tiempo, silencios respetados y límites que aprender a no pisar.

Pero mientras brindaban con los vasos de plástico frente a la imperfección de aquella imagen, Naia comprendió que el amor verdadero no consistía en volver a ser los niños que un día se prometieron no cambiar, ni en mantener una fachada inquebrantable ante el mundo.

Consistía en esto: en pararse al borde del camino, aceptar las propias ruinas y atreverse a compartir, sin miedo y sin caretas, la última y más honesta versión de lo que quedaba de ellos.

UNA CARTA DE LA AUTORA

Escribí este libro desde la herida y, al mismo tiempo, desde el amor y el cariño.

Porque hay hermanos que lo son todo, tanto en la distancia como en la cercanía. A veces llegan los silencios, los desencuentros y hasta años en los que parece imposible reconocerse. Hay palabras que hacen daño, ausencias que pesan y heridas que no saben cerrarse a la primera.

Pero también creo que hay vínculos que, incluso después de mucho tiempo, siguen guardando un lugar al que volver.

No siempre regresamos siendo los mismos, ni encontramos la casa tal como la dejamos.

A veces tenemos que aprender a mirarnos de nuevo, a aceptar lo que ha cambiado y a construir otra forma de querernos.

Ojalá Naia y Aritz os hayan acompañado de alguna manera.

Y ojalá, cuando lleguéis a la última página, os apetezca dejar vuestra opinión.

Para una autora, saber qué os ha hecho sentir una historia —qué os llegó, qué os removió o qué se quedó con vosotros— es un regalo enorme.

Vuestras palabras ayudan a que este libro encuentre a otros lectores.

Gracias por leerme y por dedicar un pedacito de vuestro tiempo a esta historia.

Con cariño,J. Etxe