CAPÍTULO 83 (Naia)
El sábado llegué al campo diez minutos antes de que empezara el partido.
La grada era de hormigón y estaba fría incluso bajo el sol.
Aritz ya estaba allí, con una bufanda mal enrollada y un vaso de café entre las manos.
Dani ocupaba el asiento de al lado, balanceando una pierna y fingiendo que entendía las reglas mejor que el entrenador.
—Has venido —dijo Aritz.
—Lo prometí.
No nos abrazamos. Él apartó su mochila para hacerme sitio y yo me senté. A veces, eso era todo lo que podíamos ofrecernos sin convertirlo en una ceremonia.
Liam corría por el campo con la camiseta demasiado grande y las medias caídas.
Cada pocos segundos miraba hacia la grada para comprobar que seguíamos allí.
Cuando recibió el balón, lo pateó con una concentración feroz.
La pelota rebotó en la pierna de otro niño, cambió de dirección y entró en la portería casi por accidente.
Liam levantó los brazos y salió corriendo hacia la valla.
—¡Lo he metido! ¡Tengo hambre!
Dani soltó una carcajada.
—Un goleador con prioridades claras.
Aritz se puso de pie para aplaudir. Yo tardé un segundo en hacerlo, no porque no estuviera orgullosa, sino porque me sorprendió la facilidad con la que una alegría tan pequeña podía ocuparlo todo.
No había una conversación pendiente en aquel instante.
Solo un niño buscando a su familia entre una fila de adultos.
Después del partido fuimos a una hamburguesería de barrio. Liam pidió patatas, hamburguesa y una salsa concreta que explicó tres veces al camarero. Cuando llegó la bandeja, la salsa era otra.
—¡He dicho la roja! ¡Esta no es la roja!
La rabieta estalló con toda la lógica desproporcionada de los nueve años.
Liam cruzó los brazos, empujó el plato y anunció que no iba a comer nada.
Yo empecé a explicarle que no era para tanto, que podía pedir otra, que no había motivo para ponerse así.
Cuanto más hablaba, más se le fruncía la cara.
Aritz me tocó suavemente el antebrazo.
—Dale un minuto. Está enfadado, no está haciendo un juicio sobre tu capacidad para resolver problemas.
Me callé. Aritz pidió otra salsa; Dani rescató una patata que había quedado al borde de la mesa y la declaró «víctima colateral». Liam soltó una risa a pesar de sí mismo. Cuando llegó la salsa correcta, comió como si la crisis nunca hubiera existido.
No fue un momento perfecto. Hubo ketchup en la mesa, una discusión por quién se quedaba la última patata y una mancha de refresco en mi manga.
Aritz y yo no hablamos de los años perdidos ni de lo mucho que nos habíamos hecho daño.
Al despedirnos, él me preguntó si había encontrado a alguien para montar la estantería.
—Sí. Y he seguido las instrucciones.
—Eso sí que es evolución.
—No te acostumbres.
Nos sonreímos apenas. Aritz apartó una silla para que Liam pudiera sentarse y volvió a colocar las fotografías sobre la mesa.