LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 79 (Naia)
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CAPÍTULO 79 (Naia)

Maka me había citado en la tetería de la esquina, pero cuando llegué ya estaba sentada junto a la ventana, con dos códigos abiertos y una taza intacta. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y el abrigo doblado sobre el respaldo. No era propio de ella llegar antes que la preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al sentarme.

—El empresario ha presentado una querella por difamación. No busca ganar; busca que me pase los próximos meses defendiéndome a mí misma en lugar de avanzar con el caso.

Intentó sonreír, pero no le salió. Me explicó que la junta del bufete había pedido revisar su estrategia y que dos socios, hasta entonces muy satisfechos con su trabajo, habían empezado a hablar de prudencia y exposición reputacional.

—No es solo el caso —dijo—. Es que, si me equivoco aquí, van a utilizarlo como prueba de que llevo años confundiendo obstinación con criterio.

Quise tranquilizarla. Estuve a punto de decirle que era la mejor abogada que conocía, que todo saldría bien, que nadie podía discutir su capacidad. Las frases se me quedaron atascadas. Sonaban demasiado parecidas a las respuestas automáticas que yo misma había utilizado para no escuchar a nadie.

—¿Has dormido? —pregunté.

—No me hagas eso, Naia. No necesito que me audites el estado de ánimo.

—No te estoy auditando. Te estoy preguntando.

Maka cerró el código con más fuerza de la necesaria.

—Pues no. No he dormido. Y tú llevas toda la semana distraída con tu drama familiar en lugar de revisar las cuentas del caso. No podemos permitirnos que esto se convierta en una cuestión sentimental.

La frase me dolió, pero no por injusta. Porque reconocí en ella mi propia voz, la que utilizaba cuando el miedo me hacía confundir la vulnerabilidad con una falta de rigor.

—No vuelvas a hablarme como si mi vida fuera una interferencia que hay que apartar de la mesa —dije, sin elevar el tono—. Puedo estar preocupada por Aritz y seguir haciendo mi trabajo. Igual que tú puedes tener miedo y seguir siendo una buena abogada.

Maka bajó los ojos. El código penal resbaló de sus manos y cayó al suelo. Al agacharse para recogerlo, se le quebró la respiración. No lloró de inmediato; primero apretó los labios, furiosa consigo misma por no poder controlar el gesto.

—Tengo miedo de perderlo todo —confesó—. Mi reputación, el puesto, la confianza de la gente. Me he pasado media vida siendo la persona que sabe qué hacer. No sé qué queda de mí si no tengo una respuesta.

Me levanté, recogí el código y lo dejé a un lado. No intenté devolvérselo enseguida.

—Queda la persona que está sentada aquí conmigo —dije—. La que puede equivocarse, pedir ayuda y seguir siendo Maka.

Ella soltó una risa breve, empapada de cansancio.

—Dani me hizo un truco de cartas y me quedé sin saber qué decir. ¿Te puedes creer que eso me descolocó más que una sala llena de abogados? Hace años que nadie me mira sin esperar que yo gane una discusión.

—Quizá no tienes que ganar todas las conversaciones.

—No empieces a darme consejos de vida.

—No pensaba hacerlo. Estoy intentando aprender a escuchar sin convertirlo todo en una solución.

Maka se limpió una lágrima con el pulgar y, por fin, tomó la taza. El té estaba frío. Hizo una mueca y bebió igualmente.

Nos quedamos un rato sin hablar del expediente.

Después abrimos los documentos y repartimos el trabajo: ella revisaría la respuesta a la querella; yo comprobaría de nuevo las cuentas y la trazabilidad de los registros.

No la salvé de su problema. Me senté a su lado mientras lo afrontaba.

Aquella diferencia, que antes me habría parecido insignificante, empezó a parecerme una forma concreta de amistad.