LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 78 (Naia)
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CAPÍTULO 78 (Naia)

El miércoles, pasadas las ocho de la tarde, quedé con Maka en una pequeña tetería cerca de su despacho.

Tenía las luces tenues y olía a jengibre y madera vieja.

Maka llegó con el abrigo abierto y el maletín de cuero colgando del hombro con desgana, suspirando nada más sentarse en el banco de madera.

—Si vuelvo a escuchar la palabra "responsabilidad civil subsidiaria" antes de que termine la semana, juro que voy a tirar los códigos penales por la ventana —bufó ella, pidiendo directamente un té negro sin mirar la carta.

No pude evitar sonreír, observando la ojera sutil que le cruzaba debajo de los ojos.

—Te noto estresada, abogada. ¿O es que las vistas de penal ya no te divierten tanto?

Maka me miró fijamente, removiendo la bolsita de té con la cucharilla con más fuerza de la necesaria.

—No es el juzgado, Naia. Es el tatuador —soltó de repente, con una mezcla de fastidio y desconcierto que le pintaba las mejillas de un tono rosado muy poco habitual en ella—. Dani.

—¿Qué ha pasado con Dani? —pregunté, conteniendo la risa.

—Ayer apareció por el bufete con la excusa de entregar unos justificantes del peritaje de Aritz.

Se metió en mi despacho, se sentó en la silla de los clientes con total impunidad, sacó una baraja de cartas de magia de su bolsillo y me hizo un truco absurdo con un As de corazones en plena hora punta de socios directores —explicó Maka, negando con la cabeza aunque la comisura de sus labios se negaba a mantenerse seria—.

¿Te lo puedes creer? ¡En medio de un bufete de abogados de élite!

—Suena exactamente a algo que haría Dani —admití, tomando un sorbo de mi infusión.

—Lo peor no es eso —continuó Maka, bajando la voz y apoyando los codos sobre la mesa—.

Lo peor es que me hizo gracia. Y lo peor de todo es que, cuando se fue, mi despacho olía a tabaco de liar y a café malo, y me di cuenta de que llevaba media hora sin mirar el reloj ni acordarme de los plazos de presentación de los recursos.

Me recosté en el respaldo del banco, observando a mi amiga con una profunda ternura. Maka llevaba años blindando su vida sentimental con la misma precisión milimétrica con la que yo había construido mi matrimonio perfecto.

—Maka, las mejores cosas de la vida casi nunca vienen con un manual de instrucciones ni encajan en una hoja de Excel —le dije con suavidad—. Quizá lo que necesitas no es un plan perfecto, sino alguien que te despeine un poco los papeles.

Ella me sostuvo la mirada unos segundos, suspirando profundamente antes de rendirse a la evidencia con una media sonrisa.

—Eres insoportable, Naia. Ahora resulta que la jueza inflexible se ha convertido en coach sentimental.