CAPÍTULO 77 (Naia)
Fui a la cafetería a recoger el extracto del seguro que Mikel me había dejado. Me había escrito un mensaje breve, con la misma precisión con la que organizaba cualquier trámite: el documento estaría en un sobre, junto a la caja registradora. Nada más.
Lo encontré sentado al fondo, con una taza de café delante y las llaves del buzón entre los dedos. Al verme, se levantó.
—Se me olvidó que tenía que recoger estas llaves —dijo, señalándolas—. No esperaba encontrarte aquí.
—Venía por el extracto.
Me entregó el sobre. El gesto fue sencillo, sin reproches ni esa cortesía afilada que yo había temido. Entonces reparó en mi pómulo, donde el golpe del atraco se había vuelto amarillento, y la expresión se le ablandó.
—¿Te duele todavía?
—Un poco.
Mikel levantó una mano, despacio, como si quisiera apartarme un mechón de la cara. Se detuvo antes de tocarme. Entre sus dedos y mi piel quedó un espacio mínimo, pero lo noté como una distancia entera.
—Te lo advertí, Naia. Despeinarte la vida solo te iba a traer esto. Ojalá encuentres lo que buscas, pero yo no puedo vivir en vilo.
No parecía satisfecho. Se frotó el pulgar contra el borde de las llaves antes de guardarlas.
Quise explicarle que el atraco no tenía que ver con Aritz ni con haber dejado el matrimonio. También quise decirle que nuestro orden no nos había salvado de convertirnos en dos desconocidos. No encontré una forma de decirlo sin que sonara a defensa.
—Lo sé —respondí. La voz me salió más baja de lo que esperaba—. Siento haberte hecho creer que tenías que vigilarme para quererme.
Mikel asintió una sola vez. Guardó las llaves en el bolsillo, cogió su abrigo y se marchó sin volver la cabeza.
Me senté junto a la ventana. El café que pedí llegó demasiado caliente y lo dejé enfriar entre las manos.
Durante meses me había repetido que abandonaba una vida correcta por fuera y muerta por dentro.
Era una explicación cómoda para seguir adelante.
Mikel no había sido una cáscara: me había cuidado a su manera, había sostenido conmigo una casa y unas rutinas.
Yo ya no podía prometerle el futuro que esperaba.
La pérdida seguía allí, aunque no cambiara mi decisión.
Abrí el sobre y comprobé que el extracto estaba completo. Después bebí el café sola, sin revisar el móvil.