LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 80 (Naia)
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CAPÍTULO 80 (Naia)

La tarde del viernes lloviznaba con esa pereza mansa que invitaba a no salir de casa. El pequeño apartamento de Naia, con su suelo de tarima un poco gastada y las paredes pintadas de un tono gris perla, olía a canela y a café de puchero.

Aritz llamó a la puerta puntual a las seis, cargando con una caja de cartón bajo el brazo y una llave inglesa asomándole por el bolsillo de la cazadora.

—Vengo a inspeccionar los desperfectos —dijo en cuanto Naia abrió, con una sonrisa ligera en los labios—. Me dijeron que la grifería de este piso tiene vida propia y que las baldas de la cocina amenazan con venirse abajo en cualquier momento.

Naia se hizo a un lado, dejándole pasar con una expresión relajada, vestida con unos cómodos pantalones de lana y un jersey ancho.

—Pasa, perito oficial de averías domésticas —respondió ella con sorna, cerrando la puerta tras él—. El grifo del baño gotea desde el martes, y prefiero que lo arregles tú antes de llamar a un fontanero que me cobre media nómina por apretar una tuerca.

Durante la hora siguiente, el estudio de la casa se llenó de ruidos cotidianos: el metal de la llave inglesa contra las tuberías, las bromas de Aritz sobre la pésima instalación del casero y las risas contenidas de Naia mientras le sostenía la linterna del móvil.

No había urgencias judiciales, ni llamadas del centro de adicciones, ni reproches acumulados durante una década.

Era una escena vulgar, corriente, profundamente ordinaria. Y precisamente por eso, maravillosa.

Cuando terminaron, se sentaron en el suelo de la cocina con dos tazas de café humeante entre las manos, apoyando la espalda contra los muebles bajos.

—¿Cómo vas con las terapias en el centro? —preguntó Naia en voz baja, mirando el líquido oscuro de su taza con sinceridad, sin miedo a tocar el tema.

Aritz dio un sorbo largo antes de responder, con la mirada fija en el frente.

—Bien. Duro, pero bien —admitió él con honestidad—. Marta me ha hecho ver que el verdadero peligro no es la tentación de un día, sino creer que ya está todo ganado. Pero esta semana, por primera vez en meses, el ruido en la cabeza se ha callado un buen rato.

Naia estiró el brazo y le dio un apretón suave en el hombro.

—Me alegro, Aritz. De verdad —susurró ella—. Sé que te he exigido mucho, y que durante años fui incapaz de ver lo que te costaba mantenerte en pie.

—Tú también estabas intentando sobrevivir a tu manera, Naia —le contestó él, volviéndose para mirarla con una franqueza limpia—. Cuidando de que tu propio mundo no se desmoronara. Ya no nos debemos nada del pasado. Estamos en tablas.

Naia sonrió y apoyó la cabeza un segundo contra el hombro de su hermano. En el salón, Liam pidió que alguien le pasara el mando de la televisión.