CAPÍTULO 75 (Naia)
El apartamento era gris perla, tal como lo había elegido: paredes limpias, suelo claro y una cocina donde cada objeto parecía esperar una instrucción.
Las cajas ocupaban el salón en filas que yo había ordenado por habitaciones.
Sobre una de ellas descansaba la estantería que había comprado para los libros de auditoría y las novelas que llevaba meses prometiéndome leer.
No necesitaba ayuda. Esa era la idea. No necesitaba las instrucciones de Mikel, ni el caos de Aritz, ni la mirada paciente de nadie esperando a que reconociera que no sabía hacerlo todo.
Extendí las piezas sobre el suelo, abrí la bolsa de tornillos y estudié el dibujo del manual. A los veinte minutos había montado dos laterales al revés. A los treinta, la balda superior no encajaba. A los cuarenta, intenté corregir el ángulo apoyando el mueble contra la pared.
La estantería se venció con un crujido seco. Una de las baldas golpeó la caja de vajilla que aún no había desempaquetado. El jarrón azul que mis padres nos regalaron a Mikel y a mí por nuestro aniversario cayó al suelo y se partió en tres pedazos grandes y una lluvia de fragmentos pequeños.
Me quedé de rodillas, con polvo en los dedos y un tornillo clavado en la palma. No lloré por el jarrón. Me quedé allí, entre los fragmentos, hasta que el dolor de la mano me obligó a levantarme.
Cogí el teléfono. No marqué a un montador ni busqué un tutorial.
Abrí el contacto de Aritz y me repetí que solo necesitaba ayuda con el mueble.
Que no tenía nada que ver con las ganas de pasar la tarde en el estudio, con escucharle hablar de cámaras o con comprobar que todavía quedaba un sitio para mí en su vida.
Contestó al cuarto tono.
—Hola. Estoy montando unas cosas en el piso y... la estantería se me ha resistido. Pensaba que quizá podrías venir un rato. No hace falta que te quedes mucho.
—¿Naia?
Hubo una pausa. Al fondo escuché una puerta y el ruido de una voz infantil.
—No puedo, Naia. Hoy tengo sesión doble en el centro con Marta y luego me quedo con Liam. Llama a un montador.
—Ah. Claro. Sí. No pasa nada.
—No es que no quiera ayudarte nunca. Hoy no puedo.
Pero la llamada terminó antes de que encontrara una respuesta que no sonara herida. Me quedé mirando la pantalla apagada. Había dado por hecho que vendría, y me molestó haberlo dado por hecho.
Recogí los trozos del jarrón con cuidado, envolví los fragmentos en papel de periódico y anoté el teléfono de un montador en el margen de la caja. La estantería seguiría desmontada esa noche. Anoté el teléfono del montador en el margen de la caja.
Me senté entre las cajas. El apartamento seguía siendo mío. Miré el teléfono, pero no volví a llamarlo.