CAPÍTULO 74 (Aritz)
En el estudio, la tarde transcurría en un silencio espeso. Había pasado un par de horas limpiando los objetivos de las cámaras, intentando canalizar la mala leche y la impotencia que se me habían quedado pegadas al cuerpo tras ver a Naia con la cara marcada.
Dani entró por la puerta trasera pasadas las cinco. Traía un sobre de papel con unos diseños de tatuajes para el día siguiente, pero en cuanto me vio la cara de pocos amigos y el botiquín aún medio abierto sobre la mesa de trabajo, se detuvo en seco.
—¿Qué pasa, Etxeberria? —preguntó, tirando las llaves sobre el mostrador—. Tienes cara de haber estado peleándote con un miura.
—Le han robado a Naia anoche —dije sin rodeos, sin levantar la vista del visor de la cámara—. Un malnacido en el callejón de su oficina. Le dio una bofetada y le dejó el pómulo reventado. Me llamó desde un bar a las doce de la noche.
Dani soltó un juramento entre dientes y se acercó a la mesa, apoyando los puños contra la madera.
—¿Cómo está?
—Asustada. Con la cara hecha un cromo, pero entera —respondí—. Pasó la noche aquí en el estudio. Estuvo en comisaría esta mañana.
Dani se pasó la mano por la nuca, negando con la cabeza.
—Madre mía... La abogada de hierro encajando un golpe de la calle. Con lo que le cuesta a esa mujer enseñar una sola grieta.
Iba a contestarle cuando el timbre de la puerta principal sonó con tres golpes secos y decididos.
Era Maka. Llevaba su abrigo oscuro de siempre, pero traía el pelo un poco revuelto por la lluvia y una bufanda de lana envuelta al cuello. Se detuvo en el umbral, mirando a Dani y luego a mí.
—Aritz —dijo, avanzando un par de pasos—. Vengo de estar con tu hermana. Ha comido algo y la he dejado descansando en su piso. Mañana la acompaño yo a la mutua del trabajo.
—Gracias, Maka —dije, levantándome de la silla—. De verdad.
Maka agitó la mano letrada restándole importancia, pero al girar la cabeza se cruzó con la mirada de Dani, que la observaba desde el fondo con los brazos cruzados y una chispa inusual en los ojos.
—Vaya, la abogada defensora haciendo rondas de seguimiento —soltó Dani con esa voz rasgada suya, aunque esta vez sin el tono cortante de otras veces—. Pareces una trabajadora social preocupada por la parroquia.
Maka levantó la barbilla, entornando los ojos pero sin esconder una pequeña sonrisa de desafío.
—Y tú pareces un guardia de seguridad fuera de servicio, tatuador. ¿No tienes nada mejor que hacer que estar ahí de pie juzgando a los demás?
—Estaba preocupado por tu amiga, letrada —respondió Dani, dando un par de pasos hacia ella y rompiendo la distancia de la mesa—. Y por ver si tenías tiempo de cumplir esa promesa que hiciste el otro día.
Maka parpadeó, descolocada por un segundo.
—¿Qué promesa?
—La de discutir sobre leyes con un café de por medio —dijo Dani, guiñándole un ojo con absoluta serenidad—. El bar de enfrente sigue abierto y a mí me vendría bien escuchar a alguien que hable con propiedad para variar.
Maka se le quedó mirando durante dos segundos eternos, midiendo la audacia de Dani con su habitual mente de fiscal, hasta que dejó escapar una risa corta, limpia y franca que le suavizó la cara por completo.
—Eres insoportable, Dani —respondió ella, ajustándose la bufanda—. Pero resulta que me vendría bien un café amargo. Tienes diez minutos antes de que tenga que volver al despacho a revisar dos demandas.
—Suficiente para ganarte la primera moción —dijo Dani, cogiendo su cazadora del perchero y mirando a Aritz con una sonrisa cínica—. Te dejo solo un rato, perito. No rompas nada.
Los vi salir juntos a la calle bajo la lluvia fina. Maka caminaba erguida, hablando deprisa; Dani la escuchaba con las manos en los bolsillos. Cuando doblaron la esquina, volví a mi mesa.