CAPÍTULO 73 (Naia)
Maka llegó a mi piso apenas una hora después de que Aritz me dejara en la puerta tras salir de comisaría.
Ni siquiera esperó a que le abriera del todo; empujó la puerta con el hombro, cargando con dos bolsas de comida para llevar y esa expresión entre la indignación profesional y la preocupación feroz que ponía cada vez que alguien rozaba a su gente.
Cuando me vio la cara —el pómulo hinchado, la marca rojiza y violácea todavía muy visible y el labio ligeramente inflamado—, se detuvo en seco en mitad del pasillo.
Soltó las bolsas sobre la mesa con un golpe sordo y se me acercó, tomándome la barbilla con delicadeza pero con los ojos echando chispas.
—Me cago en todo lo que se menea, Naia... —susurró, rozando el aire alrededor de mi cara—. Menudo salvaje. Dime que en la comisaría se han tomado la denuncia en serio o bajo ahora mismo a cantarles las cuarenta a los de la oficina de denuncias.
—Tranquila, Maka —sonreí con dificultad, sintiendo el tirón en la piel—. Aritz me acompañó. Se aseguró de que el agente rellenara hasta la última casilla del parte de lesiones.
Maka me miró en silencio unos segundos, parpadeando despacio, y luego dejó caer los hombros con un suspiro profundo. Se dejó caer en la silla de la cocina y me señaló la de enfrente.
—Si me llegan a decir hace seis meses que ibas a llamar a tu hermano para que te salvara de un atraco a medianoche, habría dicho que me estaban tomando el pelo —admitió, sirviéndome un vaso de agua—.
Pero me alegro, Naia. Me alegro de que tu primera reacción no fuera guardártelo en el pecho y pretender que aquí no ha pasado nada.
—Yo también, Maka —confesé, mirándome las manos sobre la mesa—. Durante años me había negado a pedir ayuda. Anoche, tirada en el asfalto, no tuve otra opción. Y quizá eso era lo que más me costaba admitir.
Maka sonrió con esa calidez sincera que reservaba solo para las distancias cortas, apartando su tono de abogada de pleitos.
—Bueno, pues bienvenida al club de las personas normales —dijo, abriendo uno de los recipientes de comida—. Ahora cómete esto, que tenemos que tener la cara en condiciones para cuando tengamos que ir a apretarle las tuercas al socio director de tu bufete por no tener el aparcamiento bien iluminado.