CAPÍTULO 72 (Naia)
A la mañana siguiente desperté en el pequeño catre que Aritz había improvisado en la trastienda del estudio. Me había prestado una camiseta suya de algodón grueso que me quedaba enorme y una manta limpia.
La luz gris de las ocho de la mañana se filtraba perezosamente a través de la claraboya del techo. Me dolía todo el cuerpo: las rodillas raspadas por el asfalto, los músculos entumecidos y, sobre todo, el pómulo derecho, que ahora latía con un dolor sordo y pesado cada vez que intentaba gesticular.
Me levanté despacio y salí a la zona principal del estudio.
Aritz estaba sentado en su mesa de trabajo, con una taza de café humeante entre las manos, revisando en la pantalla del ordenador las ampliaciones de un encargo.
En cuanto me oyó caminar sobre el suelo de cemento, levantó la vista de inmediato, como si hubiera estado pendiente de cada uno de mis movimientos.
—¿Cómo estás? —me preguntó levantándose con rapidez y acercándose con otra taza humeante—. No te muevas bruscamente, debes de tener el cuello contracturado del susto.
—He dormido... mejor de lo que pensaba —admití con una sonrisa floja, aceptando la taza caliente entre mis manos—. Gracias por anoche, Aritz. De verdad. No sé qué habría hecho si no te hubiera llamado.
Él se encogió de hombros, apoyando las manos en el borde de su mesa.
—Habrías encontrado la forma de salir adelante, Naia. Eres la persona más terca que conozco —dijo con una media sonrisa sincera—. Pero me alegro de que esta vez me tocara a mí tirar de ti.
Miré mi reflejo en la pantalla apagada de una de las cámaras que descansaban sobre el banco. El pómulo estaba más hinchado y la marca, ahora de un tono rojizo violáceo, resultaba imposible de disimular. Me dolía al mover la cara; sabía que tardaría días en desaparecer.
—Tengo que ir a comisaría a poner la denuncia por el robo —dije suspirando, sintiendo el peso de los trámites burocráticos que me esperaban—. Y tengo que llamar a la oficina para avisar de que no iré en toda la mañana.
—Te acompaño a la comisaría en cuanto te termines el café —sentenció Aritz sin admitir réplica—. Y respecto a la oficina... que esperen. Tu cara importa bastante más que los balances del socio director.
No respondí. Asentí despacio y bebí el café, que ya empezaba a enfriarse.